Movidos por la necesidad de estar más en contacto con la naturaleza y de sumarle espacio y tranquilidad a sus hijos, este matrimonio decidió aventurarse y colonizar un amplio terreno a orillas del río Mapocho, en una quebrada de El Arrayán.

Esta casa brilla, la naturaleza la inunda y la luz también. Aquí la precordillera de Los Andes se siente, se huele y se escucha, y sus dueños no han hecho más que potenciarlo a través de su estilo de vida y la espontánea forma de ir armando los espacios. Pía Cummins y Rodolfo Guerrero decidieron alejarse un poco de la ciudad para que tanto ellos como sus hijos, Beltrán y Mateo, de 6 y 4 años, pudieran tener una vida un poco más desconectada del ajetreo urbano y, sobre todo, más en contacto con la naturaleza y los cerros.

El arquitecto a cargo de interpretar la idea que esta pareja tenía en mente fue Sebastián Bravo. Como explica Pía, ellos querían todos los espacios públicos abiertos e integrados, una salita de estar para los niños al lado de la cocina y todo el sector de las piezas en un ala aparte y privada. “Pero el trabajo de Sebastián fue mucho más allá, porque además de conseguir con creces nuestra idea principal, logró sacarle un partido increíble a la casa, con un gran talento para enmarcar las vistas hacia los cerros y una elevación muy linda y proporcionada”, agrega.

Blanca, simple y muy acogedora, ellos mismos aseguran que aquí no hay decoración, “sino más bien un conjunto de cosas que hemos ido reuniendo con el tiempo y que se hicieron su espacio”. El piso es de porcelanato sin excepciones, los cielos están enchapados de pino con una sutil aguada blanca, las ventanas que rodean las paredes por todo lo alto son un cuadro con la mejor vista hacia los cerros y muchos de los muebles fueron hechos en obra y diseñados por el arquitecto. “Esta es una casa que no requiere de grandes cuidados, fue pensada para vivirla, para que los niños y nosotros la disfrutáramos, así que es muy práctica, poco estirada”, comenta Pía.

En total cuentan con un terreno de casi dos mil metros, sin embargo, ellos han colonizado la mitad. Gran parte de la quebrada que da hacia el río está reservada para proyectos futuros, aunque por el momento está destinada a un gallinero en construcción y a los mejores picnics y campamentos en familia. “Ir al río es el panorama favorito de los niños. Bajamos con chales, sillas, comida rica y nos instalamos las tardes de verano a la sombra de los árboles. Este lugar es un verdadero privilegio”, comentan.

Pero el que tienen conquistado también. Con la ayuda de su amiga, la paisajista Rebeca Emmons, Pía armó el jardín, el que está dividido en tres partes: el sector de la entrada, donde predominan los lirios, las spireas y anémonas; el espacio de pasto, donde Beltrán y Mateo juegan fútbol y finalmente, el quincho, el que poco a poco y con sus propias manos, el dueño de casa ha ido construyendo. De hecho, el horno de barro y el ahumador son obra suya. “Y no sólo eso, además hizo el camarote de los niños, un par de mesas, el sector de lavadero y ahora está terminando el gallinero”, comenta orgullosa su señora.