Verano perfecto

La filosofía del decorador estadounidense Eric Egan es escribir una historia entre la casa y sus dueños. Después de un año de remodelación esta rustica casona italiana del siglo XVII ubicada en Umbría, al lado de La Toscana, se transformo en una exquisita casa de veraneo que transmite el sentido de mundo de sus dueños.

 

«Llegamos el 30 de julio con toda la familia a nuestra nueva casa de verano”, fue el encargo y el plazo que los dueños de casa le impusieron al decorador Eric Egan cuando le encomendaron la misión de remodelar los 800 metros cuadrados en tan solo un año. La recientemente renovada casa de campo estuvo a cargo del arquitecto Benedikt Bolza, quien logró levantar del suelo una edificación del 1600. Tarea nada de fácil, ya que estaba casi destruida, ni siquiera tenía techo. Como el arquitecto decidió mantener toda la fachada exterior (clásica del campo italiano de esta región, con piedra y altura), debió reforzar todos los muros. Las puertas, ventanas y la cava, se mantuvieron de la construcción original, pero el resto se hizo de cero. Los dueños de casa, que viven entre Asia y Europa y tienen cuatro niños, estaban ansiosos por repetir el verano de 2011, cuando descubrieron por primera vez el encanto de Umbría. Casi sin turistas, rodeada de campo, en el centro de Italia y al lado de La Toscana, esta región cumplía con todos sus requisitos. Además tenían un terreno de 25 hectáreas, donde podrían cultivar viñedos. Así lo hicieron y este año tendrán por primera vez su propio vino.

Egan, nacido en Estados Unidos, ya lleva casi 30 años viviendo entre Milán y Buenos Aires y ha decorado hoteles como el Príncipe di Savoia en Milán y el Gritti Palace en Venecia. Por lo que está acostumbrado a trabajar con plazos exigentes y en este caso tuvo mucha ayuda de los dueños de casa. Ella es apasionada por las antigüedades, por eso fue su mejor acompañante a la hora de ir a los remates. Para la mayoría de los muebles, Egan y la dueña de casa fueron a subastas en Asia, Estados Unidos y Europa: “Hay que escribir una historia entre la casa y sus dueños”, dice Egan. Empezaron en Londres con la hacienda de Duarte Pinto Coelho, decorador portugués que llegó a ser uno de los más grandes de su tiempo. Compraron las sillas del living, el espejo español de plata dorada del baño principal y el sol de madera del living: “Como ellos viajan por todo el mundo querían una casa internacional, cómoda y clásica, pero fresca. No querían la típica casa de campo de la Toscana, sino que se distinguiera un poco y tuviera su sello propio”. En esos viajes encontraron tesoros como el escritorio negro del living: es del siglo XVIII y perteneció al diseñador Hubert de Givenchy. Egan quiso ubicarlo estratégicamente en una esquina para darle protagonismo: “En cada habitación hay que tener algo que le entregue peso. En el caso del living, es sin lugar a dudas ese escritorio”.

Querían muebles y objetos cosmopolitas pero que no se desconectaran con el lugar. Por eso, Eric decidió apoyarse en los artistas de la zona. El papel mural del biombo de la pieza principal fue pintado a mano durante seis semanas por una artesana de Florencia. La misma barnizó un baño de visita con un acrílico de chocolate café y pintó pájaros en los arcos sobre la piscina. El diseñador también se preocupó de detalles como los cuchillos de la cocina de G. Lorenzi y los té de Peck. Mandó a hacer tres sets de ropa de cama de Loretta Caponi a la medida para cada una de las ocho piezas y doce mountain bikes para explorar las colinas. ¿Si las bicicletas no alcanzan para todos los invitados de la familia? Están los caballos. Aquí es imposible aburrirse.