Zapachagua

Estratégicamente bien ubicada, justo a mitad de camino entre Zapallar y Cachagua, esta linda casa de veraneo fue bautizada con un nombre tan original como su dueño, el arquitecto Federico Sánchez.

No se puede negar: es excéntrico, extrovertido y bien excepcional. Federico Sánchez llama la atención adonde vaya y la gente no resiste la tentación de saludarlo. Pero más que un personaje de televisión y de radio, este hombre es un talentoso arquitecto y el actual decano del Campus Creativo de la Universidad Andrés Bello. Además de su ropa, sus llamativos anteojos, un inseparable bastón y Laucha, una perrita salchicha que lo acompaña a donde sea, Federico sobresale por su personalidad, su profundo análisis sobre la edificación de las ciudades y por sus interesantes reflexiones.

Casado con Ximena Torres hace más de 20 años, esta mujer se ha transformado en parte esencial de su vida. Complementaria en todo el sentido de la palabra, es su cable a tierra, la compañera perfecta y mamá de sus dos hijos.

Tal como nos contaron, empezaron a veranear en Zapallar hace unos 15 años. “De chicos los dos íbamos a Las Cruces, de hecho ahí nos conocimos. Pero llegó un minuto en que ese lugar dejó de ser lo que era y quedamos huérfanos de balneario. Fue ahí que mirando alternativas llegamos al sector de Zapallar. Nos gustó la combinación de ‘pavimentado versus camino de tierra’ que se da entre Zapallar y Cachagua. Y también eso que Zapallar es una excelente playa en el invierno y Cachagua en el verano”.

En un principio arrendaron una casa por el verano y les encantó. Luego volvieron para las vacaciones de invierno, después los fines de semana largo hasta que decidieron arrendar algo por un año de corrido. Así encontraron esta casa, aunque la verdad es que dicen que ella los encontró primero. “Nos encantó incluso antes de entrar, ya con el lugar en el que está emplazada estábamos fascinados. Ni siquiera tuvimos que verla por dentro para saber que era la elegida. Y después de arrendarla por muchos años decidimos comprarla y la transformamos en nuestro lugar en el paraíso”.

Ubicada en El Pangue, en el camino entre Zapallar y Cachagua y en medio de una quebrada de flora nativa con enormes árboles autóctonos, esta casa fue levantada hace más de 40 años por el arquitecto Juan Echenique. Construida con los materiales que sobraron de una casa vecina –que pertenecía a este mismo arquitecto– la llamaron Zapachagua porque, tal como dicen, tiene lo mejor de los dos balnearios.

“Para nosotros este lugar es la máxima expresión del lujo, pero de un lujo distinto al que muchos creerían. Totalmente contraria a las enormes construcciones que se han hecho en los alrededores en el último tiempo, esta casa es un espécimen en extinción, una rareza que brilla por su contrapunto, un lugar honesto sin pretensiones, un refugio en el más estricto sentido de la palabra que trasciende el interior gracias al espacio en el que está emplazada”.

Con la distribución justa, tres dormitorios, living y comedor juntos y una cocina chiquitita pero muy eficiente, una de las grandes ventajas de este espacio son sus muchas terrazas ubicadas en diferentes planos. “Aquí todo pasa afuera y eso es en invierno y verano. Las terrazas están en diferentes alturas y se van descubriendo a medida que uno avanza. Les hemos puesto nombres a cada una y su uso depende de su condición lumínica. Por ejemplo, está la terraza del sol –que es donde tomamos desayuno–, la de la sombra, otra de conchuela y así…”.

Abierta a todo el que quiera llegar, siempre hay invitados extra que sin aviso se quedan a disfrutar del lugar y de alguna exquisita comida preparada por Ximena con frutas y verduras de una huerta que tienen ahí mismo. “Hay amigos que llegan a tomar desayuno con nosotros, otros que se suman a la hora almuerzo luego de habernos topado en la playa o que pasan en la noche, porque saben que siempre aquí van a encontrar champaña helada, un fogón prendido en alguna de las terrazas, mantas de La Ligua para abrigarse y una buena conversación mirando las estrellas”, cuenta Federico.

A la hora de la decoración este matrimonio la ha ido armando con recuerdos y objetos que los representan en un cien por ciento. La mayoría de los muebles son reciclados, otros regalos de amigos y muchas cosas de la tienda de Mauricio Cortés en Zapallar, que es también vecino. “Lo que aquí hay no son cosas, sino citas alusivas a nuestros amigos. No las tenemos por decorativas, sino por ser conmemorativas y porque honran nuestra amistad”. Entre los objetos se cuentan unas figuras de pingüinos tallados en madera que les regaló Mauricio Cortés, un cartel de fierro que dice Keep calm and carry on que se los dio Christopher Carpentier, además de lámparas, mesas y unas mantas que compraron en Estados Unidos, una colección de taguas –piedras encontradas a la orilla del mar– que han ido juntando con el tiempo en sus caminatas por el sector y una lamparita con forma de chancho que se le ilumina la cola y que, su diseñador Ariel Rojo llamó “cerdo ahorrador”. “La decoración fue una negociación permanente entre los dos y juntos elegimos hasta la cortina del baño. Propuse que la casa fuera totalmente blanca por dentro –incluido los muebles– y el piso negro, tal como está pintada por fuera, y aunque a la Ximena no le tincó mucho en un principio, quedó cien por ciento convencida con el resultado”, dice Federico.

Si bien no tienen planes de futuras ampliaciones o arreglos, saben que en el corto o largo plazo se irán a vivir ahí definitivamente. “Cada vez se nos hace más difícil volver a Santiago y siempre estamos inventando excusas para estar aquí. Nuestra idea es instalarnos a tiempo completo apenas podamos, sólo estamos esperando que nuestros hijos entren a la universidad y así poder cumplir este sueño”.