¡Qué aburrida es la perfección!

¿No se les recoge a ustedes un poco el corazón cuando ven en los grandes carteles inmobiliarios unos renders “perfectos”, con la planta perfecta en el lugar perfecto, con un sillón perfectamente blanco (imposible para quien tiene niños y/o animales que manchan)?

¿No dejan de querer comprar esa crema cuando ven una cara sin poros en la gigantografía de la farmacia?

¿No les da ansiedad esa nueva y deseada perfección de filtros de Instagram que se cuelan por aquí y por allá en historias de influencers y hasta familiares?

Nuestra sociedad hoy está avanzando a paso lento a la par de una tecnología que aprende cada vez más rápido a generar el eslabón más bajo de la cadena de diseño: la estética y la respuesta técnica. La inteligencia artificial hace años que ya es capaz de modelar “la cara perfecta”, utilizando miles de datos cruzados de preferencias regionales y mundiales. Probablemente ya es capaz de diseñar muchas de las soluciones que hoy estamos haciendo “a mano” también; porque la rapidez de pensamiento es su fuerte: combinar grandes cantidades de datos con procesamiento rápido e iterativo y usar algoritmos que permiten descubrir patrones y soluciones a una velocidad impactante.

¿Cuánto demorará en hacer “la silla perfecta”? O quizás ya la hizo al menos en aspectos ergonómicos… y pronto las veremos en cada casa, como en todas tenemos la misma olla de cocina pero con distinto logo y precio.

Claro, podemos reaccionar a aquello como hicieron hace 100 años los grandes artistas que defendieron las artesanías y la belleza imperfecta, esa que vemos en las caras sin maquillaje de las producciones cinematográficas para las nuevas generaciones: poros y granos al aire, ropa vieja (horror de los tempranos 00s). Podemos volver a fundar un nuevo movimiento humanista de diseño, que me parece es lo que está pasando con todos nuestros jóvenes ilustradores que están entrando en hordas a las escuelas de diseño, dibujando y proyectando desde el trazo, buscando (pienso) una conexión humana con la representación del mundo.

Y claro, siempre vamos a necesitar eso. Yo NECESITO ver arte hecho a mano, irregular, a veces difícil de enfrentar. Mi cerebro descansa y procesa distinto el mundo con las obras de artistas como José Pedro Godoy, Voluspa Jarpa o Alejandra Acosta, igual que cuando leo un buen libro, que me presta por un rato los lentes con los que ve el mundo alguien más. Pero el diseño no es arte, y tampoco es ciencia.

El diseño ornamental es también necesario y sostiene gran parte de nuestro deseo humano de belleza. La belleza y la perfección es algo que hemos perseguido como humanidad por milenios. Pero esa perfección que imaginamos como humanidad luego de las guerras del siglo pasado: esa perfección pulcra, controlada, lisa y perfecta hoy nos envuelve como una maldición en cada punto de contacto publicitario y proyectual que sale de nuestros computadores… ¿es diseño?

¿Qué es diseñar?

Hace más de 20 años que vengo escuchando esta pregunta en las escuelas y en los medios donde se reflexiona sobre el diseño. Y en estos 20 años he cambiado de opinión incontables veces respecto de la respuesta.

Hoy, en vista de lo que veo que está pasando en nuestra sociedad hiperconectada, hiperpublicitada, pornográfica en el sentido más puro respecto a despertar mediante gráfica, precio o estatus nuestra necesidad voraz de poseer, estoy convencida que diseñar es alejarse de eso y volver a escuchar.

El deber ser del diseño es visibilizar lo que no vemos: los dolores, los problemas y también las soluciones. Es usar los datos pero también reaccionar creativa, abierta y flexiblemente a nuestras necesidades humanas.

Nuestro llamado al futuro como diseñadores es encontrar los canales, las conexiones necesarias y creativas para mejorar nuestra sociedad. No la felicidad individual sino de una sociedad sana y donde la empatía sea entendida como un punto de partida válido y sobre todo irreemplazable para tomar decisiones.

Hoy el diseño debe asumir una rama que viene creciendo hace décadas, metodologizando el entendimiento del otro, de un otro no comparable, no intercambiable y menos reductible a un “perfil usuario”. No buscar la perfección sino el nicho, el prototipo y el aprendizaje. 

Si empezamos a poder aplicar en nuestra sociedad (llena de necesidades de mejora en salud, educación, transporte, ambiente y otros) metodologías y respuestas empáticas: ¡¡¡ahí es!!! Ahí no hay inteligencia artificial que nos supere. Ahí es donde los nichos no acaban así como no acaba la necesidad humana, animal y ambiental de mejorar.

Creo que el diseño debe poder encontrar su camino de vuelta a la mejora de nuestra sociedad, como lo buscaron nuestros colegas hace décadas, cuando decidieron hacer el diseño imperfecto, open source y prototipable, como el gran Enzo Mari y su Proposta per un’autoprogettazione.