Hay encuentros que abren posibilidades. Esta nueva serie de Totoy Zamudio y Francisca Roura nace justamente desde ahí: del cruce entre dos formas de mirar que, al juntarse, generan algo que no existía antes.
Francisca trabaja desde la fotografía, desde ese momento preciso en que decide encuadrar y detener el tiempo. Sus imágenes tienen algo contenido, medido, donde cada elemento ocupa un lugar claro dentro del plano.
Totoy, en cambio, viene desde la pintura. Su trabajo se desarrolla en la superficie, en la materia y en el color como estructura. Donde la fotografía fija una escena, la pintura introduce otra lectura posible.


En esta serie, las fotografías de Roura funcionan como base. No como obra cerrada, sino como punto de partida. Sobre ellas, Totoy incorpora capas pictóricas que alteran la atmósfera original. Algunas intervenciones subrayan zonas específicas; otras desplazan el centro de atención; en ciertos casos, el color cambia por completo la temperatura emocional de la imagen.
Lo interesante no es solo la superposición técnica, sino lo que ocurre en la percepción. El espectador reconoce primero la escena fotografiada —un espacio, un cuerpo, un fragmento de realidad— y luego descubre cómo la pintura modifica esa primera impresión. La obra queda suspendida entre dos estados: lo que fue capturado y lo que fue transformado después.
La fotografía aporta precisión. La pintura introduce ambigüedad. Juntas construyen una tercera instancia que no pertenece del todo a ninguna disciplina. Más que una mezcla de técnicas, esta colaboración funciona como un ejercicio de desplazamiento: mover una imagen desde su condición inicial hacia otra posibilidad. Invita a mirar con tiempo y a aceptar que lo que parecía estable puede cambiar.
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