Lámparas, cestos, esculturas textiles y piezas hechas a medida para casas, hoteles y restaurantes. Todo sale de un mismo material: la manila (Phormium tenax), una fibra vegetal que durante años fue parte del paisaje cotidiano de huertas y jardines, pero que Blanca Errázuriz decidió mirar desde otro lugar. A través de Blanca.Manila, desarrolla objetos tejidos completamente a mano y también realiza talleres donde enseña a trabajar con fibras vegetales desde cero. Las clases se realizan en distintas ciudades —entre ellas Santiago, Pucón, Rancagua, Puerto Varas y Maitencillo— y suelen reunir a personas que llegan por curiosidad, sin mucha idea de lo que van a encontrar.


Antes de crear su marca, Blanca trabajaba como paisajista y pasaba buena parte de sus días en la huerta. La manila siempre estuvo ahí. «Curiosamente, era una planta con la que ya me cruzaba constantemente por mi trabajo como jardinera, pero durante mucho tiempo pasó desapercibida para mí. Todo cambió cuando descubrí que sus hojas contenían una fibra increíblemente resistente, noble y hermosa. Ahí me obsesioné un poco. Empecé a investigar, a aprender de distintos maestros, artesanas y amigos que generosamente compartieron sus conocimientos. Probé diferentes formas de cosecharla, desfibrarla, secarla y tejerla, hasta empezar a comprender todo el potencial que tenía entre las manos», cuenta.
Pero un viaje a Chiloé fue decisivo. Estuvo un mes completo allá, aprendiendo técnicas y también una nueva manera de relacionarse con los materiales. Una donde el tiempo no se acelera y donde cada fibra tiene su propio ritmo. Desde entonces, sigue experimentando con distintos procesos, investigando nuevas especies vegetales y buscando maneras de llevar estos materiales al diseño contemporáneo sin perder lo que los hace únicos.
Las piezas se trabajan por encargo y se pueden ver en su Instagram @blanca.manila.



