Es tal vez la región menos francesa de Francia. La influencia celta se siente fuerte y el orgullo bretón aún más. Pueblos medievales, agradables playas, elegantes balnearios y ciudades que son un ícono de la Belle Epoque, son parte de la variada oferta de esta zona. Acompañada de costumbres galas, una lengua propia y una gastronomía que se jacta de sus crepes y productos del mar, la Bretaña tiene mil maneras de sorprender.

El día antes de partir al exclusivo balneario de Saint Briac Sur Mer en la Bretaña, Paul, un amigo francés que eligió ese destino para celebrar su matrimonio, llama para advertirnos que llevemos paraguas, parca, traje de baño, y hawaianas. Es que en la Costa Esmeralda, al oeste de Francia, el tiempo es tan sorprendente como su gente, sus paisajes y sus pueblos. En el trayecto de 40 kilómetros que lleva desde la estación de trenes de Saint Maló a Saint Briac, desfilan ciudades amuralladas, balnearios con mansiones de la Belle Epoque, bosques, playas solitarias, islas con fuertes, y centenarias iglesias de piedra. Es fácil imaginarse a Asterix y Obelix, quizás lo más conocidos bretones, caminando por estos paisajes.

La vista desde el puente que cruza a Saint Briac parece un cuadro surrealista: cientos de yates varados en la arena y extensas playas sin que se vea el mar, como si el agua se hubiese retirado en la antesala de un tsunami. Sin embargo este fenómeno no tiene que ver con maremotos, sino que con los cambios de mareas. En esta zona existe la marea más cambiante del mundo, con una oscilación que puede llegar a los 25 kilómetros entre la más alta y la más baja cada seis horas. Es tan fuerte este cambio que los habitantes se abastecen de plantas de electricidad que aprovechan la energía de los movimientos de las mareas.

Saint Briac, la joya de la Costa Esmeralda, es un balneario burgués tradicional, con generaciones de familias que vienen a veranear desde 1900. Es un lugar donde todos se conocen, la gente va a la playa, juega golf y navega en sus yates, porque acá todos tienen velero. La tradición marinera de Bretaña se remonta a muchos siglos atrás y ha sido el semillero de los mejores marinos de Francia. En este pueblo costero, la influencia de estos navegantes se nota fuerte –antes del Canal de Panamá, pasar por el estrecho de Magallanes era un hito en la bitácora de cualquier marino– y las referencias a esos pasos por el sur de Chile son frecuentes, ya sea en forma de una añosa araucaria en el antejardín de una casona, un pasaje que se llama Cabo de Hornos o una casa con un letrero que dice Valparaíso.

El centro del balneario está construido en torno a una iglesia del siglo XVII, es la parte más antigua del lugar y donde confluyen las estrechas y laberínticas callecitas con sus casas de piedra. A pocos metros del campanario hay una plaza rodeada de cafés, una pastelería y una tienda de vinos, que está siempre abierta con su propietario que no duda en pasar una copa de vino apenas uno entra a la tienda, no importa la hora…

Las casas de veraneo se ubican hacia la costa distribuidas entre los acantilados y siete playas de arena. Ahí veranean familias adineradas como los Forbes. Es precisamente la mansión de esta acaudalada familia la que eligieron Paul y Sue para celebrar su matrimonio. Cuando no la ocupan sus dueños, la casa se cierra para eventos privados que pueden durar entre uno y cuatro días. Para los invitados se trata de una oportunidad única de conocer los paisajes de la Bretaña y su cultura.

 

De la Edad Media a la Belle Epoque

A pocos kilómetros de Saint Briac se encuentra el lugar más visitado de Francia después de París: el Mont de Saint Michel. Esta abadía –construida a 80 metros de altura en una rocosa isla– si bien hoy es parte de la Normandía, por siglos perteneció a la Bretaña, hasta que el río Crousnon, límite natural entre estas dos regiones, cambió repentinamente de curso. Saint Michel, declarado patrimonio de la humanidad, fue construido en el siglo VIII después de que el obispo de Avranches recibiera tres veces la visita del arcángel Miguel pidiéndole que levantara un oratorio en su honor en lo alto del monte. Por siglos los peregrinos que llegaban a purificar sus almas al templo debían cruzar kilómetros caminando durante la marea baja y sortear peligros como arenas movedizas. La primera comunidad religiosa en asentarse fueron los Benedictinos en 966. Durante la revolución francesa la abadía fue saqueada y convertida en cárcel para prisioneros políticos durante 70 años. A mediados del siglo XX se transformó en una atracción turística a nivel mundial y su pueblo medieval se llenó de restoranes (donde un omelette cuesta 40 euros), tiendas de souvenires y hoy alberga más de 20 hoteles. A pesar de los miles de turistas que lo visitan diariamente, el lugar vibra lleno de historia, y perderse por las calles peatonales del pueblo se traduce en un viaje directo a la Edad Media, con su muro protegiendo la ciudad y sus casas pareadas de piedra, tejas y persianas de madera.

Hoy no es necesario esperar que baje la marea para dejar el lugar, gracias a una pasarela de 760 metros que fue inaugurada el año pasado. Caminando sobre ella salimos de Mont Saint Michel para seguir rumbo a Dinard. Este balneario conoció su auge a mediados del siglo XIX cuando, atraídos por su paisaje, los aristócratas americanos e ingleses lo hicieron su lugar de veraneo construyendo impresionantes villas sobre los acantilados. Durante la Belle Epoque fue uno de los destinos más codiciados de Europa y según se cuenta, lo frecuentaron personajes de la altura de Eduardo VII, Víctor Hugo, Lawrence de Arabia, Winston Churchill, Pablo Picasso y Alfred Hitchcok (de quien se dice usó una de la mansiones del lugar como referencia de la casa Bates en la película Psicosis). Un paseo que recorre el borde costero rodea parte de las 407 mansiones perfectamente conservadas y protegidas por el gobierno, construidas sobre acantilados y que se elevan sobre cuatros playas.

Sobre la costanera peatonal al lado del casino Barrière de Dinard hay dos restoranes y nos sentamos para disfrutar del entorno: veleros que se pasean por el mar, una isla con un fuerte, el Grand Hotel, un hito de la Belle Epoque, la ciudad de Saint Malo al otro lado del mar, y a la derecha, recibiendo a los peatones que bajan a la playa, una estatua de Hitchcock. Gracias a su festival de cine, galerías de arte y a que uno revive el esplendor de principios del siglo pasado, sigue siendo un destino chic y cotizado, y lo que más se agradece, hay muy pocos turistas.

Como en toda Francia, si uno habla algo de francés las puertas se abren, y así terminamos conversando con una elegante pareja vestida de lino que nos recomendó ir a comer a Intramuros, la ciudad amurallada de Saint Malo, a 15 minutos en auto. Un fuerte de casi 2 kilómetros rodea esta zona donde se mezclan antiquísimas calles de piedra, tabernas de madera, un castillo y edificios de granito, con tiendas de moda, restoranes, y tiendas para comprar souvenires, casi todos con motivos de piratas. Es que Intramuros no solo tuvo que defenderse de los ataques de corsarios, sino que también de los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, que la destruyeron casi por completo. Hoy está totalmente restaurada como en su mejor época. Si se quiere tener una vista global de la ciudad, un paseo por su muro es buena manera de descubrir tesoros arquitectónicos como su centenaria iglesia o su castillo, así como las playas que la rodean. Después de una rosada puesta de sol elegimos uno de los cientos de restoranes (se dice que esta zona cuenta con la mayor concentración de restoranes de mariscos de Europa) para probar alguna delicia local. Entre los aportes de esta región a la cocina francesa están los crepes, los choritos al vapor, las ostras y la sidra.

 

El gran final

Como broche de oro, llega el día de celebrar un matrimonio a la francesa. Ese día amanece un sol radiante e invitados de distintas regiones de Francia repletan la mansión Forbes. Entre las mujeres mayores la prenda obligada es el sombrero.

La celebración parte en una antigua construcción de piedra, sede de la municipalidad, donde el alcalde casa a los novios. Una vez terminada la ceremonia los novios salen a la calle para saludar a los parientes y amigos mientras una banda de cuerda toca música medieval. Los invitados luego caminamos un kilómetro hasta la casa de los Forbes. En el enorme jardín, con unas de las mejores vistas al Canal de la Mancha, se despliega un abundante cóctel de ostras, camarones, todo tipo de quesos y las más exquisitas preparaciones francesas, como galettes o boeuf bourguinon. El aperitivo transcurre mientras el sol baja en el mar.

Antes de pasar a la carpa, algunos invitados se cambian de tenida por una más formal. El menú va a tono con la elegancia de la decoración: una variedad de platos como ostiones con salsa de queso, navarin de cordero y lenguado asado hacen honor a la fama de la cocina francesa. Cierra la noche una prendida fiesta donde abunda la champaña y el vino. Después de casi 24 horas de celebraciones se acaba nuestra estadía, y no queremos irnos. Antes de dejar la casa que nos ha hospedado durante cuatro días, Claire, la amable mujer que cuida el lugar, nos pide que firmemos el libro de visita. Después de tratar de resumir en un párrafo todas las experiencias vividas en una región que nos ha sorprendido de mil maneras terminamos el escrito con dos palabras: A bientôt.