Retro: Viaje a lo remoto

Viaje a lo remoto Revista ED

Los hoteles Explora fueron los primeros en instalar en Chile la idea de que el lujo es posible incluso en los lugares más extremos. Un concepto al que ya nos hemos acostumbrado, pero que fue completamente revolucionario hace veinte años, cuando planteó que la aventura, el clima extremo, la naturaleza virgen y las excursiones pueden ir de la mano de comodidades sencillas.

A principios de los 90, los más aventureros debían contentarse con una buena carpa o rústicas cabañitas para explorar los lugares extremos de nuestro territorio. Pasar hambre y frío era forma y parte de estas excursiones. Un esfuerzo que no todos estaban dispuestos a hacer y que, como consecuencia, impedía que muchos conocieran lugares fascinantes y valiosos de este fin de mundo. Esto le inquietaba al empresario Pedro Ibáñez, hombre culto y viajero que junto a familiares y amigos se tomaba un mes para navegar entre Aysén y Puerto Montt, y que a lomo de caballo o a pie recorrió más de una vez y sin apuro desde el norte hasta el sur de nuestro país.

Ante la incredulidad de muchos, decidió hacer algo al respecto, pero a su modo. Es decir, tratando de replicar esos viajes largos y libres donde el mayor lujo era el contacto con la naturaleza, la comida rica y un sueño reparador. Una idea que él bautizó como “el lujo de lo esencial”.

Teniendo en cuenta que Chile es un país alejado de los centros y de los lugares con mayor tradición de visitantes, sobre todo en esos años, Pedro Ibáñez tenía muy claro que había que ofrecer algo distinto. “No nos hacía sentido que la gente viniera a Chile a hacer lo mismo que en el Caribe o en los grandes centros históricos mundiales. Había que ofrecer lo más chileno, lo más local, lo con más carácter. Además, en nuestro país no hay ni muchas catedrales, ni monumentos, ni reliquias propias del turismo. Eso también fue definiendo el carácter de nuestro proyecto”, recuerda.

Fue entonces cuando se armó un equipo de gente muy valiosa que comenzó a darle forma a Explora. Además de Pedro estaba Carlos Aldunate, director del Museo Precolombino; Luis Osvaldo de Castro, entonces director del Teatro Municipal; el arquitecto Germán del Sol; Jorge Schmidt, destacado fruticultor, y Alejandro Tardel, ingeniero, buzo y gran viajero. Este heterogéneo grupo estuvo durante meses recorriendo Chile, comprando terrenos (que en esa época eran poco demandados) y buscando el lugar adecuado para levantar lo que denominaron como el primer “campamento base”.

Patagonia

La belleza, su espectacular relieve y, cómo no, las enormes torres y el lago Grey fueron suficientes para convencer al equipo de que Torres del Paine era el lugar preciso para asentar su programa de viaje. Naturaleza virgen y fauna nativa en abundancia, un escenario ideal para las caminatas y los paseos a caballo, la lejanía perfecta para tomar distancia y perspectiva… Fue cuando entró en escena el diseñador Guillermo Tejeda, quien había sido el encargado de la dirección artística de la Expo Sevilla de 1992. “La idea era crear algo alejado de los cliché, algo nuevo y que tuviese una identidad propia, muy chilena y auténtica, donde primara la idea de que la calidad debía estar en todo, desde unas buenas monturas hasta que el arriero fuera simpático”. Su labor incluyó una larga lista de responsabilidades, entre las cuales estuvo dar con el nombre del hotel, de una terna que superaba las 200 alternativas. “Tenía que evocar entorno, hedonismo, placer, Chile y aventura”, recuerda.

Así surgió “Explora”. También entonces cobraron protagonismo los arquitectos José Cruz y Germán del Sol, quienes proyectaron el Hotel Salto Chico. Según Del Sol, buscaban crear un lugar de recogimiento, un refugio que protegiera del clima fuerte, desgastante, ventoso y frío de la Patagonia. Una arquitectura abstracta, que acogiera a los viajeros luego de sus excursiones.
Inaugurado en 1993, este hotel encabeza hasta hoy los rankings mundiales en cuanto a arquitectura, diseño y servicio. Incluso fue catalogado por la revista inglesa Condé Nast Traveller como uno de los mejores del mundo. Y si hoy sorprende, hace 20 años dejaba a sus pasajeros con la boca abierta. Ser recibidos personalmente y saludados por el nombre, como si estuvieran llegando a una casa, que toda la papelería de la habitación estuviese en el idioma nativo del visitante y que sorprendieran cada noche con algún detalle (las pantuflas puestas al pie de la cama, la cama abierta, un chocolate…) marcaron la pauta de un servicio nuevo y revolucionario en nuestro país y el mundo.

Y es que el trato íntimo y acogedor era otro gran tema para Pedro Ibáñez. La idea era replicar el funcionamiento de una gran casa, donde el lujo estuviese en el silencio (no se concibe encender una aspiradora si hay algún pasajero en su pieza), en ricas camas con las mejores sábanas, en una buena chimenea, en abundante agua. En lo esencial, que, considerando la lejanía, resulta verdaderamente un privilegio.

La encargada de tamaño reto fue Marcela Sigall que, sin más experiencia que haber llevado una casa con muchos hijos y movimiento, partió en marzo de 1995 al fin del mundo con un hacha en mano (regalo de sus hijos en honor a la película El Resplandor, protagonizada por Jack Nicholson) y con el desafío de ser la anfitriona y mandamás de sesenta personas. “La verdad es que fue como la Creación, porque nadie tenía muy claro qué hacer. Sabíamos que queríamos un tipo de atención diferente y mi propuesta fue hacer sentir a las personas como en su casa”. Y agrega: “Mi labor, como digo yo, era la de ser una inspectora de atmósfera y una gran mamá tanto para los pasajeros como para los trabajadores y guías del hotel”.

Ahí estuvo Marcela, durante 16 años, a las seis de la mañana con un café calentito para despedir a algún pasajero, arreglando personalmente algún zapato roto, cosiendo un botón, haciendo hasta de doctor de los pasajeros enfermos. “La verdad es que los tenía a todos engañados, porque estaban convencidos de que podíamos resolver cualquier problema. Obviamente no era así, pero el desafío era hacérselos creer”.

Atacama, Isla de Pascua y más

El hotel Larache en San Pedro de Atacama fue inaugurado en 1998 siguiendo la misma filosofía Explora, pero en medio de volcanes, salares, lagunas, quebradas y del desierto más seco del mundo. Diseñado también por Germán del Sol, fue premiado con el Primer Lugar en la Categoría Arquitectura de Servicios de Viaje en la XII Bienal de Arquitectura de Santiago.

Tal como en Patagonia, las excursiones son el propósito final de este programa de viaje y la libertad es la premisa número uno. Cada pasajero puede ir a su ritmo, aunque siempre en grupo. “La idea es sociabilizar, que se produzcan interacciones entre las personas y se hagan nuevas amistades”, recalca Ibáñez.

La Posada de Mike Rapu en Rapa Nui es otro “viaje con hotel base” fue inaugurado en diciembre de 2007. Y así como en sus hoteles hermanos, aquí la comida cumple un rol fundamental. Pedro Ibáñez asegura que una inspiración importante para la gastronomía Explora fue su amigo Jaime García, gran cocinero quien hace muchos años era el encargado de armar los picnics cuando realizaban excursiones a caballo alrededor del lago Peñuelas: comida sencilla, que busca realzar los sabores originales de los ingredientes evitando los excesos. O sea, ingredientes puros y saludables, sobre todo pensando en los excursionistas. Y es aquí donde más se lucen, porque montan verdaderos escenarios, nada de un sanguchito a la pasada. Aquí la cosa es en serio: aperitivos y almuerzos deliciosos en las locaciones más lindas del mundo.

Futuro

En Explora Patagonia saben que hay dos semanas durante el verano que deben reservar una mesa y un caballo específico porque son de Robert, un norteamericano que hace veinte años no perdona sus vacaciones en el lugar. Y así como él, hay muchos viajeros de todos los rincones del mundo que alucinan con lo que ofrecen los tres hoteles en Chile.

Prontos a construir otro campamento base en Perú, en el Valle Sagrado, probablemente tendremos Explora para rato. El desafío, según ellos, es mantener vivo el espíritu que lo concibió. Claramente Pedro Ibáñez no se equivocó. El tiempo y los números le dieron la razón: Explora es una operación rentable que factura entre 25 y 30 millones de dólares al año. No cabe duda, nuestro Chile da para mucho, su potencial es infinito y viajeros de todo el mundo están dispuestos a recorrerlo. Finalmente, nuestra lejanía es un plus, tal como lo escribió Germán del Sol: “Lo remoto es el lugar donde se cumple lo esperado del viaje y se agota la nostalgia de ir todavía más lejos. Lo remoto es el lugar donde el viaje como alejamiento de la vida cotidiana llega a una plenitud tal que cada uno es devuelto suavemente hacia su origen”.