Todo con nada

Todo con nada, Arquitectura Revista ED

Hace rato que queríamos entrevistar a Gonzalo Mardones. Sobre todo desde que fue reconocido en septiembre por la Unión Internacional de Arquitectos como uno de los 100 mejores de 2012 (y el único chileno). Aprovechamos este número dedicado al descanso para que este arquitecto, reconocido por sus casas proyectadas frente al mar, nos hablara de su obra.

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A Gonzalo Mardones le cuesta dar entrevistas. Son pocas las apariciones que hace en los medios, y menos las ocasiones en que habla sobre su obra. Le incomoda ser autorrefente. Como arquitecto cree más en el estilo bajo perfil del español Alberto Campos Baeza, uno de sus referentes, más que en el star system o en las obras hechas para la foto. Lo de él es la arquitectura para la gente y defiende firmemente que el fin mas importante del arquitecto es hacer feliz. “Conmover a quien habite cada obra”, dice. Y quizás es precisamente eso lo que lo ha llevado a recibir más de una veintena de premios internacionales: uno de los últimos fue haber sido reconocido dentro de los 100 mejores arquitectos del mundo durante 2012 por la Unión Internacional de Arquitectos; ha aparecido en múltiples publicaciones (sobre su escritorio hay un libro que le acaba de llegar, Highlights Architecture, en el que aparecen tres obras suyas junto a proyectos como el Sky Park de Nueva York y a construcciones de Alberto Campo Baeza y de Toyo Ito); y es frecuentemente invitado a dar charlas a universidades de alrededor del mundo. Viene llegando de Buenos Aires, donde fue orador de la conferencia Buildgreen y ahora parte a Sevilla a un seminario a exponer el proyecto de la AIS, “45 Capillas de Emergencia”, que desarrolló tras el terremoto de 2010.

Gonzalo Mardones tiene mérito de sobra para creerse el cuento, pero cuando uno lo conoce aparece primero el buen amigo, el papá de cinco hijos y abuelo de cinco nietos, el fanático de Pearl Jam, el gozador y mucho, mucho después, el arquitecto que ha hecho embajadas fuera de Chile, hoteles, museos y edificios.

En su oficina en un edificio en la Ciudad Empresarial, con hormigón blanco a la vista e inundada de luz, trabaja junto a un grupo de arquitectos, incluidos sus hijos Gonzalo y María Jesús, proyectando tanto las más exclusivas casas particulares, como también, lo que pocos saben, varios proyectos de beneficencia. De hecho, casi un 40 por ciento del trabajo de Gonzalo Mardones es para obras sociales como capillas para colegios de escasos recursos, estaciones de bomberos, un centro para una fundación de personas con discapacidad en Recoleta, o el Pabellón Cultural de Lo Barnechea, abierto a la gente más vulnerable de la comuna, que se acaba de inaugurar. Esta beneficencia no se limita sólo a los planos, sino que además él mismo ayuda a buscar los financiamientos, muchas veces entre sus clientes. Sus proyectos sociales reciben tantos premios como esos en los que el presupuesto es mayor. Ya sea el edificio para la exclusiva marca Miele o un oratorio en el parque Bicentenario, los principios son los mismos: una arquitectura bien pensada que ocupe lo justo.

 

¿Cuáles son los conceptos sobre los que desarrolla cada obra?

Hay algunas ideas fundamentales que intentamos lograr en nuestras propuestas arquitectónicas. Uso siempre un solo material en cada obra. Intento no combinar, ya que cada material tiene sus propias leyes. Considero que el subsuelo y la cubierta son una quinta y sexta fachada que hay que aprovechar. Creo que la arquitectura es una fiesta espacial, no hacemos tortas de novias, ningún piso es igual al otro, siempre hay una sorpresa. ¿Por qué la arquitectura tiene que ser repetitiva si la capacidad de crear es ilimitada? A eso le llamo el intercalo espacial. Otro principio es que las construcciones tengan algo más que su propia función para que puedan ser más sostenibles. Por ejemplo, en el Museo de Carabineros hay, además, un teatro, o el edificio Miele tiene oficina, salas de venta y un lugar para el encuentro. Y por último, el uso de la luz como elemento principal.

 

¿Cómo se enfrenta a proyectos con clientes y encargos tan diferentes?

Sin importar el presupuesto intento trabajar siempre con lo esencial. Si un cliente quiere lujuria, hay otros que lo hacen mejor que nosotros. Considero firmemente que la arquitectura siempre tiene que ser de lujo y jamás de lujuria. En el lujo está la belleza, lo austero, el arte, lo bueno de la vida, la poesía y la elegancia. Todos conceptos que nuestro país ha perdido en las últimas décadas. En la lujuria está el exceso, el derroche, la sobredosis. La arquitectura tiene que poner ese límite, enfocarse en que la gente pueda gozar y ser más feliz.

 

¿Cómo se logra eso?
La obligación del arquitecto es pensar, tener ideas buenas y fundadas. Debe darle vueltas mil veces a cada tema con detención. No se puede llegar y abrir una misma ventana para un dormitorio, para un escritorio y para un baño. No se puede repetir y repetir. Ese es el concepto del lujo en la arquitectura: que con lo necesario te sientas bien en el espacio.

 

Ha hecho muchas casas de veraneo, ¿se puede innovar en la manera en que la gente se relaciona con el ocio?
En Chile el descanso está asociado a la naturaleza maravillosa que tenemos. A mí lo que me interesa es poder establecer una conectividad entre arquitectura y paisaje de la forma más plena posible. Eso depende de cómo cada lugar te inspira y de cómo esa familia quiere relacionarse con el lago, el mar, la montaña, el bosque, el desierto… Hay que saber oír al cliente e intentar trabajar como el viejo médico que luego de observar detenidamente a su paciente, acierta con su diagnóstico.

 

Hay algunos arquitectos que dicen que el cliente es un mal necesario…
Creo que no. Yo no tengo tantas ideas, la gente está llena de ideas, y muchas veces tiene más claro que el arquitecto cómo quiere relacionarse con el lugar. Parte de nuestra tarea consiste en transformar esas ideas en belleza, en arquitectura. A mí me interesa mucho lo que piensan las personas: si hago un hospital, me importa saber lo que los doctores, enfermeras y pacientes opinan; o si es una casa, ésta viene llena de ilusiones y sueños que es muy importante saber interpretar.

 

¿Y cómo entra acá la arquitectura más escultórica?
La arquitectura tiene que ser para la gente, no para las publicaciones. Tiene que ser de luz, de espacios, que conmueva, si no te hace más feliz, no sirve. Dime, ¿qué sentido tiene una torre retorcida en Shangai que termina en nada? ¿Cómo te acoge algo tan inútil, tan tonto? La arquitectura tiene que bordear los límites permisibles con la escultura, pero no puede transformarse en eso, y menos en Chile donde hay un 15 por ciento de pobres.

 

Siempre ha sido muy crítico de los edificios de Santiago y su urbanismo…
Todos coincidimos que el 95 por ciento de las obras construídas no tienen articidad ni arquitectura. Lo que sostengo es que cuando la arquitectura no tiene ideas que la fundamenten son sólo malas o buenas construcciones, pero no permiten a las personas ser felices.

 

¿Cómo se puede tener una mejor arquitectura en Santiago?
La ciudad se puede mejorar ahora y con muy poco. No hay que hacer grandes carreteras urbanas ni edificios de cien pisos. Hay que preocuparse del transporte público y preguntarse cuál es la ciudad que queremos, pensar en chico. Intervengamos cosas puntales. Hagamos acupuntura. Cuando se hace una obra que vale la pena, una pequeña intervención en una calle o barrio sin gracia, ese lugar se activa. Se puede hacer todo con nada. Hay demasiados arquitectos buenos y tienen que salir a proponer, está lleno de cosas por hacer. Pueden ser un gran aporte y con eso te aseguro que se abrirán caminos nuevos para un Chile que pierde su dignidad urbana y arquitectónica, un Chile con tanto mal gusto, con tan pocos espacios públicos, tanta farandulería, tan poca profundidad y tan poca preocupación por lo que realmente importa.