Lugar de paz

En 2001 la decoración de esta casa en Cachagua y la actitud estética de su dueño fueron destacadas en las paginas de ED por el arquitecto Cristián Boza, debido a su desinhibición y eclecticismo. Hoy, sigue sorprendiendo por su audacia y por el equilibrio entre lo clásico y lo moderno.

Fue amor a primera vista. El dueño de esta casa en Cachagua, que apareció en las páginas de ED en el verano de 2001, compró el terreno hace 20 años porque se enamoró de su ubicación, en un condominio tranquilo y con una vista privilegiada. Desde ese momento decidió que quería desarrollar algo especial, con carácter, que saliera de los “canones de uniformidad cementera que ya se estaban desarrollando en la zona”, dice.

Muy seguro de su gusto y conocido por ser un decorador innato, no pidió ayuda y, aunque al principio pensó en una casa blanca y limpia, eso duró poco y se impuso su personalidad. El resultado fue un éxito, aquí nada pasa desapercibido, los colores y los objetos fueron especialmente escogidos para el lugar y las obras de arte son fundamentales.

En 2001 la decoración de esta casa fue destacada en la revista por el arquitecto Cristián Boza debido a la genialidad de la conjugación de elementos disímiles en su interiorismo. Hoy, 16 años después, esas palabras todavía funcionan para describir sus espacios y rincones. Y, aunque en ese entonces sobresalía con mayor fuerza debido a que se mostraba ajena a la tendencia minimal que se vivía en la época, actualmente podría decirse lo mismo.

Es que la casa transporta a sus visitantes a diferentes lugares del mundo, no sólo por sus terrazas con vista al mar, sino también por su luz y porque cada espacio tiene una ambientación muy diferente al otro, con muebles de ratán, que el dueño colecciona hace años, otros traídos de Nueva York, Barcelona e, incluso, una alacena peruana de 200 años de antigüedad, que fue comprada en un remate a Gonzalo Santa Cruz Errázuriz y perteneció a su abuelo ex embajador de Chile en Lima. Una mezcla equilibrada entre lo clásico y lo moderno.
Otra cosa que ayuda en ese balance son los cuadros. El arte en esta casa, tanto las pinturas de artistas como Mario Murúa, Francisco Smythe, Israel Roa, Gonzalo Ilabaca, como algunas esculturas, le dan un toque de color a los espacios. También los tapices. Además, hay elementos que sorprenden: el dueño de casa se define como un “acumulador compulsivo” y en su casa podemos encontrar una gran colección de platos franceses de mayólicas de Sarreguemines, que está en el comedor y que ha ido comprando en los últimos 15 años.
Pero, desde 2001 la casa no sólo ha vivido cambios en su decoración, sino que también en su arquitectura. En la ampliación que le hicieron, después de ser publicada, fueron agregados tres dormitorios y, también, instalaron un cactario en el techo, que ha provocado la curiosidad y admiración de quienes pasan por ahí. “Se me ha dado genial y para mí el gusto más grande es cuando me encuentro con turistas retratándolo desde la carretera”, cuenta.

El paisajismo también llama mucho la atención. El dueño de casa lee muchos libros sobre jardín y sacó algunas ideas de ellos como inspiración. Para él, los espacios de agua son fundamentales y dan paz con sólo verlos, por eso, al final de la piscina agregó una laguneta de nenúfares rojos, al igual que en otros lugares del jardín. Además, se pueden ver diferentes clases de plantas, esculturas y rincones que invitan a sentarse o a disfrutar de la vista.

Con el paso del tiempo, la casa que estaba llena de invitados se ha convertido en un lugar de paz y meditación, donde el dueño de casa aprovecha de leer y pensar mirando al mar. Especialmente en abril, cuando ya no hay tanta gente.

Comentarios (1)

Fantastica, relajada,se nota que se vive en ella.

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