Sempiterno nace desde una experiencia íntima y compartida. En 2024, Francisca Armstrong perdió su primer embarazo a las seis semanas y, en medio del duelo, se enfrentó a una ausencia difícil de nombrar: no existía un objeto que representara de forma tangible a ese hijo y a ese vínculo invisible, pero profundamente real. De esa necesidad surgió una idea simple y poderosa: crear joyería como una forma de llevar a esos hijos cerca, de sentirse mamá, incluso cuando la maternidad no logró materializarse como se esperaba.


Buscando a alguien que la ayudara a dar forma a las primeras piezas, apareció Anita Simonetti, quien también había vivido la pérdida de una guagua. El encuentro fue inmediato y natural. Pronto se hizo evidente que no se trataba solo de colaborar en un diseño, sino de seguir trabajando juntas. Y a pesar de hacerlo durante más de un año separadas por 8.000 kilómetros – entre Chile y Nueva York -, las ideas comenzaron a multiplicarse, impulsadas por una intensidad compartida y una sensibilidad común.
A los pocos meses, ambas quedaron embarazadas, y así, entre náuseas, miedos, antojos y reuniones eternas, fueron construyendo cada detalle de este proyecto con una dedicación profunda y amorosa. Sempiterno terminó de tomar forma al mismo tiempo que nacían sus hijas, Lucía y Simona. Un timing perfecto, imposible de planear.


Cada símbolo está diseñado con intención y propósito, pensado para acompañar, sostener y recordarle a quien lo lleva que su historia importa y merece un lugar tangible. El propósito de Sempiterno se resume en una frase: “Estoy contigo.” Una declaración sencilla que condensa el origen del proyecto y su razón de ser. «Las personas necesitamos rituales y símbolos físicos para sostener los vínculos con quienes partieron demasiado pronto. Las joyas se transforman aquí en una manera tangible, delicada y positiva de dar cuerpo a un lazo que sigue existiendo, aunque no esté en este mundo», explica Anita.
Más que una marca, Sempiterno busca construir comunidad: un espacio donde el duelo sea validado, donde la empatía sea la norma y donde recordar – hablar, resignificar – haga el camino un poco más liviano.


