Arquitectura

Esta casa en La Araucanía convierte el bosque nativo en parte del interior

En medio de un bosque nativo, los arquitectos Eugenio Simonetti y Bastián San Martín diseñaron una casa elevada que combina un volumen metálico negro con un primer piso completamente vidriado. El proyecto busca vivir inmerso entre coihues, ulmos y arrayanes sin renunciar al necesidades térmicas que exige el sur de Chile.

Desde afuera, esta casa no parece una casa. Parece un volumen oscuro, cerrado, casi silencioso. Un galpón metálico suspendido entre los árboles del sur. Pero apenas uno entra, todo cambia: el bosque aparece de golpe, completo, atravesándola de lado a lado.

KW House, diseñada por Eugenio Simonetti y Bastián San Martín en la Región de La Araucanía, parte de una contradicción que no muchos proyectos aprovechan: una arquitectura capaz de protegerse del clima extremo del sur —lluvia, frío, humedad constante— sin perder la sensación de estar viviendo literalmente dentro del bosque.

Pero este no es cualquier bosque: coihues, ulmos y arrayanes se agrupan en un orden antojadizo determinado por la naturaleza frente al cordón montañoso de El Cerduo. A diferencia de otras casas del sector, en vez de abrir grandes vistas lejanas al volcán cercano, la decisión acá fue quedarse adentro de esa postal verde, completamente nativa, y convertirla en parte de la experiencia diaria.

El primer piso funciona casi como un mirador transparente. Living, comedor, cocina y salita aparecen contenidos por enormes paños de vidrio que eliminan el límite entre interior y exterior. Aunque afuera haga frío o esté lloviendo, en estos espacios la sensación de estar sentado entre los árboles es tan inmersiva que parece real.

La proyección de este piso no siempre fue así. Originalmente, todo el primer nivel estaba pensado en una sola cota. Hasta que en una visita al terreno los arquitectos se dieron cuenta de que el living quedaba demasiado expuesto visualmente respecto al bosque. Entonces hundieron el espacio un metro completo.

El cambio transformó la experiencia interior. Con los sillones más bajos, la vista hacia el exterior se limpia por completo y nada interrumpe la relación directa con los árboles.

Arriba, en cambio, todo se vuelve más contenido. El segundo nivel se pensó como una serie de refugios independientes revestidos completamente en lenga: piso, muros y cielos. Pequeños espacios privados conectados por escaleras interiores que permiten distintos grados de cercanía entre familia e invitados. Más que dormitorios tradicionales, funcionan como pequeñas cápsulas cálidas suspendidas sobre el bosque.

La imagen exterior de la casa nace desde una lógica muy simple: un volumen metálico negro capaz de resistir el clima de montaña flotando sobre una base completamente vidriada. Un contraste radical entre peso y liviandad, opacidad y transparencia.

La materialidad sigue la misma lógica de contraste. Afuera, metal oscuro y vidrio de alto desempeño térmico. Adentro, solamente madera de lenga. Todo el mobiliario fue diseñado especialmente para el proyecto junto a Maya Hanisch, manteniendo la misma atmósfera cálida y contenida que atraviesa toda la casa.

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Y aunque el living hundido suele quedarse con las miradas, hay otro espacio que terminó dominando la vida cotidiana: el comedor central. Ahí convergen el bosque, la terraza y la cocina. Ahí se junta la gente cuando llueve. O cuando deja de llover. Que, en el sur, casi siempre son las dos cosas al mismo tiempo.

 

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