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Arte joven en Santiago: galerías, talleres y nombres que hay que mirar

Antes de que un artista pueda ocupar las salas de un museo o contar con una exposición individual en algún centro cultural o galería importante, sus obras se mueven por la escena independiente; por espacios jóvenes —y a veces no tanto— que los ven nacer y formarse.

Esa escena es versátil y está llena de relieves. El caso de Galería Metropolitana, en la comuna de Pedro Aguirre Cerda, es una maravillosa anomalía. “Galmet”, como también se le dice con cariño, inició sus actividades en 1998 y lleva en el cuerpo más de 500 exposiciones, eventos y encuentros. Sagrada Mercancía e Instituto Telearte, más al centro de la ciudad, tienen alrededor de diez años de historia y son dirigidos, como en la mayoría de los casos, por artistas que aprendieron sobre gestión, curaduría y finanzas sobre la marcha.

En 2024, abrió un espacio que sacudió a la escena santiaguina: Galería Cripta, alojada a su vez en Centro Perdido, un centro cultural en una ex fábrica de Recoleta con talleres de artistas, salas de ensayo y espacios expositivos. Uno de ellos —una galería en el subsuelo y sin luz natural— da origen a su nombre. Cripta se trata de un proyecto de una generación más joven; una brisa fresca en una escena que echaba en falta esas voces del futuro. Casi al mismo tiempo que Cripta, nace un proyecto aún más joven: Galería Animita, en barrio Franklin, que se une al circuito de otros espacios artísticos del sector, como Factoría Santa Rosa y Galería 314.

El paseo turístico-cultural de la calle Lastarria ofrece también una serie de paradas. Una pequeña, pero imperdible, es Galería Flach, dedicada a la fotografía, que contempla un espacio permanente para libros, fotolibros, libros de artista y fanzines —todos especializados en el ejercicio fotográfico—. Y dos timbres más arriba, en el mismo edificio —ubicado en la calle Villavicencio—, se encuentra El Living: un proyecto que es, literalmente, el living del departamento de arriba, donde también se puede ver arte.

Son múltiples los lugares que hacen del ejercicio artístico un ejercicio social, sociable y colectivo, y son estos espacios —y muchos más de los que aquí se nombran— los que suelen dar las primeras oportunidades a ese arte joven que aún se está dando a conocer.

La artista Fabiola Morcillo, por ejemplo, cuenta hoy con su primera exposición individual, montada en Galería CIMA, un espacio instalado en el onceavo piso de un edificio sobre Plaza Italia, con una terraza que permite una vista panorámica de la capital.

Fabiola Morcillo, Enter to the exit. Foto: Felipe Ugalde

Morcillo es artista y arquitecta, y su práctica nace justamente de ese cruce, donde luego la tecnología deviene en una tercera arista fundamental. Su obra, creada principalmente en AutoCAD, abarca video mapping y animación digital, y ha sido expuesta en Santiago y París. Sobre su exposición, «Enter to the Exit», el curador Daniel Aguayo destaca la dimensión simbólica que se asoma en la obra de la artista, tensionando conceptos cruciales del presente, como interfaz, sistema, identidad y conciencia.

Galería CIMA ya tiene su agenda 2026 llena. Luego de esta exposición, se viene una colectiva —a propósito de los diez años que cumple el proyecto— y después otras tres individuales: Pedro Lomboy, artista de Osorno radicado en Valparaíso que propone una vuelta a la abstracción; Lourdes Salgado, quien ha llevado el oficio de la cerámica a los espacios del arte contemporáneo; y Paula Valenzuela Antúnez, artista chilena que estuvo doce años fuera del país, trabajando incansablemente en su pintura.

Obra de Pedro Lomboy. Foto: Raúl Goycoolea

Obra de Paula Valenzuela. Foto: Nicolás Foong

También en el campo de la pintura, un artista joven de brocha potente: Ignacio San Martín Godoy, quien participó en Feria Ch.ACO con Galería Animita y expuso también en Galería Metropolitana. El artista explora la cerámica, la fotografía y la performance, pero su medio principal es la pintura, donde retrata escenas que parecen estar en construcción o, por el contrario, desvaneciéndose, invitando a quien observa a completar aquellas piezas que faltan. Impresiona, sin duda, la madurez de su trazo.

Una artista que sí llegó tempranamente a desplegarse en las salas del museo es Macarena Cuevas, luego de haber obtenido el primer lugar en el premio MAVI UC LarrainVial. En su trabajo, el metal, las superficies reflectantes y el negro absoluto activan la percepción de quien recorre el espacio. Las obras están quietas, pero parecen haber sido concebidas en movimiento.

Obra de Macarena Cuevas. Foto: Sebastián Mejía

El ecosistema de artistas se ve profundamente dinamizado cuando llega alguien de afuera. Y ya son varios los años que lleva Wiki Pirela viviendo en el país, pero el eco que ha generado su trabajo es más reciente, y sigue expandiéndose. Pirela —Venezuela, 1992— trabaja con conceptos humanos arquetípicos —la casa, el viaje, el calor de la madre— desde una mirada contemporánea. Desde una maleta comenzó desplegando obras de gran formato; la artista relata cómo sintió la necesidad de crear piezas que pudiesen contenerla, buscando la sensación de hogar.

Wiki Pirela, Embarcación de territorio. Foto: cortesía de la artista

El primer espacio expositivo que conquistó en Chile fue la calle; luego recorrió parte de la escena independiente —Taller Bloc, Departamento Jota y Galería Espora—, y algunos años más tarde el Museo Nacional de Bellas Artes adquiriría una de sus obras para su colección.

Otra artista que ha sabido apropiarse del espacio público es Constanza Hermosilla —originalmente de Concepción, radicada en Santiago—. Su trabajo depende del otro: necesita de múltiples cuerpos que porten estos trajes-esculturas que se activan con el paso del metro e invitan a detenerse y a recorrerlas también desde dentro. La artista se consolidó el 2025 con una exposición individual en Galería Gabriela Mistral.

Por otro lado, Amanda Urrejola, Augusta Lecaros y Agustina Margotta no solo fueron fundadoras y directoras de Galería Cripta, sino que también han desarrollado y proyectado sus propias carreras como artistas. Amanda Urrejola comenzó el año exponiendo en una colectiva en Galería Concreta —Centro Cultural Matucana 100—, mientras que Lecaros y Margotta recibieron recientemente menciones y premios: Lecaros obtuvo el premio del público en el concurso MAVI UC LarrainVial y luego el premio de adquisición de Fundación Mecenas en Feria Aparte. Agustina Margotta también sería reconocida más tarde con el premio de adquisición de Fundación Mecenas en Feria Ch.ACO, este 2026.

Obra de Amanda Urrejola. Foto: cortesía de la artista

Diego Mora pertenece a esa misma generación, y su trabajo se ha estado moviendo intensamente: se le ha visto en Ksa8 —un espacio nuevo en barrio Yungay— y también en espacios institucionales como Sala de Arte CCU. Mora se formó no solo en la UDP, sino también en Balmaceda Arte Joven, espacio que durante años ha estimulado la escena artística juvenil a través de talleres, residencias y concursos. Allí estudió fotografía, maquillaje y confección de máscaras, oficios que luego despliega en sus performances e instalaciones.

Obra de Diego Mora. Foto: Marcelo Cruzat

Claudio Valdés Mujica le lleva algunos años de ventaja a Mora. Se trata de un artista que ya ha tenido exposiciones individuales en la escena local, pero su muestra más reciente, «Matar con cuchillo ajeno», es sin duda lo más potente que se le ha visto, así como el proyecto más arriesgado de Barco Galería, ubicada en el llamado “edificio barco”, frente al cerro Santa Lucía.

Obra de Claudio Valdés. Foto: Mauricio Duarte

Valdés estudió Derecho, pero asistió como oyente a clases de arte con la convicción de dedicarse a ello, pero con la necesidad de terminar su carrera. Hoy ejerce ambas prácticas. La exposición está compuesta por una serie de piezas de madera atravesadas por pantallas comerciales que tensionan ambos materiales: lo carpintero y lo digital, lo manual y lo mercantil.

A pesar de que el ejercicio artístico suele ser solitario, hay quienes encuentran en la colaboración una forma creativa ideal. Uno de los colectivos más potentes del momento es Las Honorarias, conformado por Roery Herrera y Loreto Muñoz. Su trabajo se mueve entre la instalación, la performance, la intervención callejera y lo audiovisual. Con una estética basada en cartón y material reciclado, su quehacer —con dejos de retrofuturismo— resulta hipnótico.

Las Honorarias, acción en Plaza de Armas. Foto: Diego Mora

No todos los artistas de las nuevas generaciones están atravesados por pantallas y luces LED; en ese sentido, artistas como Catalina Zarzar, con sus esculturas de barro negro, y Claudia Gutiérrez, con su insistencia en el tejido, resultan igualmente ineludibles.

Obra de Catalina Zarzar. Foto: cortesía de la artista

Obra de Claudia Gutiérrez. Foto: cortesía Galería AFA

Lejos de constituir un mapa cerrado, esta escena se comporta más bien como un organismo vivo: crece en los márgenes, se repliega, se expande. Entre subsuelos sin luz natural, livings domésticos, talleres improvisados y terrazas en altura, el arte joven en Santiago encuentra sus propias formas de aparecer. Y es en ese aparecer —a veces precario, a veces luminoso— en que se ensayan las formas que definirán el arte de nuestra escena futura.

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