Cerca del Parque Nacional Malalcahuello, rodeada de un bosque de ñires y con vista directa a las cumbres nevadas de la cordillera, hay una casa que no se parece a una cabaña tradicional. Es angosta, curva, está cubierta en zinc y se levanta sobre pilotes, como si flotara un poco por encima del bosque. Se llama Casa Vagón y es uno de tres refugios que Juan José Mena de Studio TO, con Melinka Bier como arquitecta asociada, construyeron al mismo tiempo en el mismo terreno.
Su forma no es casualidad, y responde a un problema clave: cómo construir algo cómodo y bonito en un lugar donde nieva mucho, el viento es fuerte y solo hay un par de meses al año para trabajar en obra.
El terreno donde se construyó es plano, sin pendientes ni desniveles, pero en vez de apoyar la casa directamente en el suelo, los arquitectos decidieron levantarla sobre pilotes, como una mesa alta. Así el bosque queda libre por debajo y la casa «se asoma» por encima de los árboles, ganando vista hacia las montañas. Esa decisión —levantar la casa en vez de apoyarla— terminó ordenando todo lo demás: la forma del techo, los materiales, incluso cómo se distribuyen los espacios adentro.
Algo curioso de Casa Vagón es que no tiene un living como uno se imagina normalmente. En su lugar, hay un solo espacio donde se junta la cocina, el comedor y el lugar de estar, todo alrededor de una cocina a leña. Un sofá en obra que rodea ese rincón del fuego.
Esta idea no es antojadiza: en el sur de Chile, en muchas casas de campo o de montaña, la cocina a leña es históricamente el lugar donde la familia se junta, conversa y se calienta. Studio TO tomó esa costumbre y la puso en el centro del diseño, en lugar de separar la cocina del estar como se hace en una casa de ciudad.
Además, siendo una casa pequeña, cada uno de sus 80 m² tenía que rendir al máximo. Sacar el living tradicional y concentrar todo alrededor del fuego permitió ganar espacio sin que se sintiera apretado.


Y quizás una de las cosas más interesantes de Casa Vagón es que no se construyó «a mano» en el terreno, como una casa normal. Se diseñó primero en un computador, pieza por pieza, y luego se cortó y armó en un taller, lejos de la montaña. Recién cuando todas las piezas estaban listas, las subieron al cerro y las ensamblaron, como si fuera un mueble grande.
Se trabajó así porque en Malalcahuello el invierno es muy largo y muy duro, dejando solo una ventana corta de buen clima para construir. Si algo se mide mal o falta una pieza, no hay tiempo para arreglarlo en terreno. Por eso, todo —desde la forma curva del techo hasta cada viga de madera— se diseñó y se probó digitalmente antes de fabricar nada. Y acá radicó uno de los desafíos del proyecto: ese año, el mal tiempo llegó un mes antes de lo esperado. Con todas las piezas ya prefabricadas y listas, lograron acelerar el montaje en terreno sin tener que rediseñar nada ni bajar la calidad.
La estructura de madera fue hecha con máquinas de corte computarizado (lo que en construcción se conoce como CNC), que cortan la madera con mucha precisión, siguiendo exactamente el diseño hecho en pantalla. El techo curvo, por su parte, se armó con 28 piezas de madera con forma de arco, llamadas cerchas, cada una cortada a medida, que le dan a esta casa esa forma redondeada tan característica.
Para cubrir ese techo curvo, usaron planchas de zinc que vienen ya curvadas desde la fábrica y que se van encajando unas con otras, como si fueran piezas de un rompecabezas que se traban entre sí. Esto permite cubrir toda la casa sin dejar espacios donde se filtre agua o nieve, sin necesidad de soldarlas ni de usar selladores que después se puedan despegar con el frío.
Se eligió zinc porque es liviano (fácil de subir hasta un terreno de difícil acceso), aguanta bien la nieve y el viento, y se puede curvar sin perder resistencia.
La casa tiene tres «pisos», aunque no son pisos en el sentido tradicional. Abajo, bajo los pilotes, hay un estacionamiento techado, un estar exterior protegido del viento y la entrada a la casa. En el medio está el espacio principal —cocina, comedor y estar unidos— junto con dos dormitorios, uno mirando hacia un lado y otro hacia el lado contrario, que comparten baños. Arriba hay dos piezas más, conectadas por un puente interior que las une de un lado a otro de la casa, con grandes ventanas curvas que dejan ver el paisaje desde ambos extremos.
Cuando diseñaron el puente que conecta los dos dormitorios de arriba, los arquitectos pensaban en él solo como un lugar de paso, para caminar de una pieza a la otra. Pero una vez que la familia empezó a vivir en la casa, ese puente se transformó en el lugar preferido: queda suspendido entre las dos piezas, con ventanas a ambos lados, dando la sensación de estar parado en el aire, rodeado de bosque y montaña. Terminó siendo el mejor mirador de toda la casa, algo que nadie había anticipado del todo en los planos.


Casa Vagón se usa como segunda vivienda —para ir a descansar a la montaña—, pero está completamente equipada como para quedarse a vivir ahí por temporadas largas. El mismo estudio se encargó de diseñar los muebles hechos a medida, la cocina, la iluminación y los detalles del interior, usando la madera como hilo conductor: en los muros, el techo interior, la escalera y la cocina, todo comparte la misma madera, lo que le da a la casa una sensación de unidad de principio a fin.





