Diseño

Hernán Garfias, el evangelizador del diseño chileno

Primer diseñador en encabezar una facultad de diseño en Chile, y fundador de la revista que marcó una era, Garfias habla del libro que escribió junto a Alejandra Amenábar, del museo que aún no logra inaugurar y de por qué ni la IA ni la ansiedad de sus alumnos van a reemplazar el criterio humano.

Hernán Garfias Arze (72) es un referente en la profesionalización del diseño en Chile, cuyo aporte abarca desde la divulgación, la política y el patrimonio, hasta la academia. En 1994 fundó la Facultad de Arquitectura, Arte y Diseño de la Universidad Diego Portales (UDP), convirtiéndose en el primer diseñador en la historia del país en asumir el decanato de una facultad. Ha sido también director de arte en la emblemática campaña de Patricio Aylwin y en el diario El Mercurio. En 1989 fundó la histórica revista Diseño, medio que dirigió por más de una década, y más tarde presidió la Asociación de Empresas de Diseño (QVID).

Distinguido con el Sello de Excelencia en Diseño de Chile y como Cavaliere de la Orden de la Estrella de Italia, Garfias ha liderado importantes curadurías de rescate patrimonial —como las dedicadas a la influencia de la Bauhaus en el país o la geografía nacional en el Centro Cultural La Moneda— e impulsado proyectos educativos en AIEP y la UDD. Su hito más reciente es la coautoría del libro Trazar huella en el mundo, donde junto a Alejandra Amenábar, arquitecta y decana de la Facultad de Diseño de la UDD, registra el proceso de internacionalización del diseño chileno en plataformas globales.

Acabas de lanzar Trazar huella en el mundo, libro que muestra cómo la geografía y la materialidad chilena abrieron puertas en vitrinas en Milán o Londres. Hoy, en un contexto donde la Inteligencia Artificial puede generar imágenes y formas estandarizadas a un clic, ¿cómo se defiende la verdadera identidad del diseño chileno?

Para competir con potencias del diseño que nos llevan siglos de ventaja, entendí que nuestra verdadera diferenciación está en el territorio. Un viajero no cruza el mundo para quedarse en la ciudad; viene por la inmensidad de nuestro paisaje: el desierto, los volcanes, las olas del Pacífico o los fiordos de la Patagonia. Esa diversidad geográfica y material es nuestra mayor fuente de inspiración, y sobre ella hemos construido una narrativa propia que abarca desde los pueblos originarios hasta el diseño contemporáneo. La inteligencia artificial y la robótica no deben asustarnos; son solo herramientas que debemos domesticar, tal como en su momento lo hicimos cuando pasamos de lo análogo a lo digital. La IA carece de sentimiento y el diseño requiere sensibilidad humana, por lo que el equilibrio terminará imponiéndose.

Hoy esa identidad chilena dialoga con el mundo desde dos frentes fascinantes. Por un lado, tenemos a GT2P trabajando con alta tecnología y diseño paramétrico, pero utilizando lava volcánica; y por otro, a Rodrigo Bravo dignificando materiales locales como la madera de lenga o la piedra Combarbalá junto a artesanos tradicionales, logrando que sus piezas lleguen a tiendas de museos globales. No es casualidad que ambos hayan sido destacados por la editorial Phaidon entre los mejores del planeta. Esa proyección internacional se incubó en vitrinas como Milán o Londres y demuestra que cuando el diseño chileno se conecta con su geografía y su gente, logra trazar una huella imborrable.

En una época marcada por la producción masiva y lo efímero, tu trabajo siempre ha puesto en valor el territorio. ¿Cómo se defienden los oficios tradicionales? ¿Es posible hablar de un «lujo local»?

El nuevo lujo no pasa por la producción masiva, sino por el valor de la pieza única, numerada y de colección. Vemos casos como el de Sebastián Errázuriz en el circuito internacional, cuyas creaciones en mármol o materiales nobles se exhiben en galerías de arte y diseño de Nueva York, alcanzando a un público dispuesto a invertir en objetos excepcionales de tirajes extremadamente reducidos. Ese es un mercado de vanguardia donde la manufactura y la visión autoral adquieren la misma categoría y estatus patrimonial que una obra de arte visual o un proyecto de arquitectura de firma.

Por otro lado, la defensa de la manufactura local también pasa por entender que el diseño es un dinamizador económico insustituible. Tras décadas educando al mercado, hoy la industria comprende que, aunque un producto sea excelente —como un vino premium—, si no está bien vestido, estructurado y comunicado, fracasa. Los oficios encuentran su valor cuando se alían con un diseño estratégico de excelencia. De hecho, estudios de universidades como Oxford sobre el futuro del trabajo coinciden en que las disciplinas que requieren creatividad, empatía y criterio conceptual —como el diseño— están entre las menos propensas a ser reemplazadas por la robótica o la inteligencia artificial.

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Junto a Alejandra Amenábar, coautora de Trazar huella en el mundo

Has liderado importantes curadurías sobre la historia del diseño en Chile y eres un ferviente promotor de la creación de un Museo del Diseño y la Arquitectura. ¿Por qué nos ha costado tanto entender el diseño cotidiano como patrimonio cultural y de qué manera un museo transformaría esa visión?

El proyecto de un Museo del Diseño y la Arquitectura estuvo muy avanzado, pero el estallido y la pandemia obligaron a pausarlo. Hoy lo estamos retomando a través del interés de algunos family offices que entienden que esto no es un lujo costoso, sino una urgencia cultural. Nos ha costado entender el diseño cotidiano como patrimonio porque muchas veces lo asumimos como algo desechable, y lo que no se resguarda, se pierde. ¿Qué está pasando con la memoria de industrias históricas del mueble como Muebles Sur, Fernando Mayer o CIC? ¿Dónde están los afiches, el packaging y las revistas que construyeron la identidad gráfica de Chile? Existen colecciones maravillosas y archivos de arquitectura donados a universidades, pero permanecen guardados en cajas, accesibles solo para unos pocos investigadores.

Un museo pondría el diseño al alcance de la gente, conectando la historia nacional con los grandes hitos internacionales, como las cincuenta sillas que revolucionaron el mundo. Su misión es democratizar esa memoria y mostrar que las cosas con las que convivimos a diario son parte de nuestro patrimonio cultural.

Fundaste y dirigiste durante más de diez años la revista Diseño, un hito impreso clave en nuestra historia visual. Hoy, en plena era del algoritmo, ¿qué rol juega el papel y el contenido editorial?

El objeto impreso tiene una mística irremplazable; tocar el papel, pasar la página o sentir el olor a tinta es una experiencia sensorial que la pantalla jamás podrá igualar. Aunque el formato digital funciona perfectamente para la inmediatez de las noticias, cansa y se vuelve plano cuando se trata de profundizar. Paradójicamente, hoy veo en las nuevas generaciones una enorme curiosidad por lo análogo: mis estudiantes universitarios buscan revistas antiguas en el Persa Biobío, las coleccionan y redescubren el libro en papel. El impreso ya no es masivo, pero se ha transformado en un objeto de deseo, en un espacio de pausa y en un registro de colección.

En Chile vivimos un fenómeno atípico. Vas a Milán, Buenos Aires o São Paulo y los kioscos siguen vivos, llenos de publicaciones especializadas de arquitectura, interiorismo o diseño, mientras que acá el mercado se contrajo drásticamente. Por eso, lo que hace hoy una revista como ED —apostar por una edición física de gran factura, con peso, volumen y rigor gráfico— es un acto de resistencia cultural y de enorme valor. El rol del periodismo editorial hoy es precisamente ese: dejar de competir con la velocidad del algoritmo para dedicarse a curar contenidos, reflexionar sobre la sociedad y construir la memoria visual que quedará para las futuras generaciones.

Siempre has estado ligado a la enseñanza. ¿Cómo han cambiado las inquietudes y la sensibilidad de los estudiantes de diseño desde tus inicios en la academia hasta los alumnos de hoy?

Ha habido cambios radicales, con luces y sombras. Lo positivo es la inmediatez sin fronteras: si les nombro un referente en clase o hay una conferencia en línea desde Milán, en segundos están conectados navegando en su obra. Tienen el universo de la información en el bolsillo. Sin embargo, la contracara es la falta de pensamiento crítico y una bajísima tolerancia a la frustración. El proceso de aprendizaje en diseño siempre ha requerido equivocarse, recibir críticas duras sobre un proyecto y volver a empezar. Hoy la sensibilidad está a flor de piel y cuesta más prepararlos para un mundo profesional que es exigente y no perdona.

La ansiedad es el gran desafío que enfrentamos hoy en las aulas. Competir contra la pantalla del celular durante una clase exige casi un rol actoral para mantenerlos enfocados, al punto de que ya se debate seriamente dejar los dispositivos fuera del taller. Enseñar diseño hoy implica no solo traspasar conocimientos técnicos o conceptuales, sino también ayudarlos a domesticar esa inmediatez, a desacelerar y a entender que el buen diseño toma tiempo, reflexión y resiliencia.

A propósito de Trazar huella en el mundo. Mirando tu propia trayectoria como diseñador, curador, educador y gestor cultural, ¿cuál es la huella personal que más te interesa dejar en la historia del diseño nacional?

Mi huella es haber abierto un camino para que el diseño existiera, se entendiera y fuera valorado por la sociedad, las empresas y el Estado. Me siento un verdadero evangelizador de esta disciplina, alguien que dedicó su vida entera a darle al diseño el lugar que merece. Me gustaría que me recuerden como un profesional que no solo diseñó, enseñó o curó exposiciones, sino como alguien que logró instalar la convicción de que el diseño es un motor cultural, identitario y patrimonio de todos los chilenos.

El Museo del Diseño y la Arquitectura sería el broche de oro que termine de sellar todo este esfuerzo. Personalmente, me lo he propuesto como un compromiso vital: no me voy a morir sin ver ese museo inaugurado y en pleno funcionamiento. Es el cierre natural y la gran meta de toda una vida dedicada a evangelizar por el diseño en Chile.

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