Arte

Cómo Yayoi Kusama convirtió una obsesión personal en uno de los lenguajes visuales más reconocibles del mundo

Murió a los 97 años sin dejar de pintar. Detrás de los lunares y las habitaciones de espejos que la hicieron famosa hay algo más que una estética reconocible: la historia de cómo Kusama tomó sus propias alucinaciones —visiones que la aterraban desde niña— y las convirtió en uno de los lenguajes visuales más identificables del mundo.

Yayoi Kusama murió el 14 de agosto en un hospital de Tokio. Tenía 97 años. Su museo y su fundación comunicaron la noticia este jueves, y aclararon que la artista no dejó de pintar hasta el final. Y si queremos hablar de su obra, resumirla en unas pocas imágenes es demasiado fácil. Lunares, calabazas amarillas, espacios tapizados de espejos, luces que no terminan. Pero contar su historia así es demasiado simple y no le hace justicia al trabajo que realizó a lo largo de su vida. Y es que, como artista, no necesitó inventar nuevos recursos: durante más de siete décadas, Kusama tomó unas pocas formas básicas y las repitió hasta convertirlas en un lenguaje propio. Uno reconocible a nivel mundial entre toda las imágenes e información que recibimos día a día.

Kusama pintaba desde niña y desde entonces experimentó visiones: flores, redes, ojos, puntos que se multiplicaban hasta cubrir superficies completas. Comenzó a dibujar esas visiones como una forma de dominarlas y encontró en la repetición un mecanismo para enfrentar el miedo que le producían.

Aquellas experiencias serían el origen de los motivos que atravesaron toda su producción. Kusama llamó “autoborramiento” o self-obliteration al proceso mediante el cual una figura individual se diluye dentro de una superficie repetitiva. Más que un recurso decorativo, los puntos representaban para ella la posibilidad de perder la identidad individual y fundirse con el universo.

Con el tiempo, lo que para otros artistas era un detalle decorativo, en sus manos se convirtió en estructura. Cuando se instaló en Nueva York a fines de los 50, esa búsqueda tomó su forma más radical. Sus primeras Infinity Nets eran superficies construidas a partir de pequeños arcos repetidos sin un centro evidente ni una composición convencional, pensadas para eliminar la idea de principio, final y centro.

Uno de sus Infinity Mirror Rooms.

Pero Kusama no se quedó solo en la pintura. La repetición empezó a ocupar objetos, muebles, espacios enteros. En 1965 presentó Infinity Mirror Room—Phalli’s Field, la primera de sus habitaciones de espejos, y ahí ocurrió algo decisivo: el espectador  pasó a ser parte de la obra. El espejo multiplicaba las formas, pero también multiplicaba a quien entraba. Produciría más de veinte de estas habitaciones a lo largo de su carrera. La idea central nunca cambió: tomar una unidad y repetirla hasta alterar la percepción del conjunto.

Eso explica por qué su obra terminó siendo tan reconocible. No construyó imágenes, sino situaciones visuales: un conjunto de signos que funciona casi como una firma. Los lunares, las redes, las calabazas, los espejos, no aparecieron todos al mismo tiempo ni tienen el mismo significado, pero juntos construyeron un lenguaje visual que puede trasladarse de una pintura a una instalación, de una escultura a un espacio público.

Entre todas las figuras y objetos que atravesaron su obra, la calabaza ocupa un lugar aparte. Kusama las conoció en la infancia, en el entorno agrícola de su familia, y comenzó a representarlas desde fines de los 40. Al igual que con los puntos, sus calabazas dejaron de ser solo recursos artísticos y se volvieron reconocimiento inmediato.

Yayoi Kusama fue una figura activa de la vanguardia neoyorquina desde fines de los 50 con pinturas, esculturas, instalaciones y performances, pero su reconocimiento masivo llegó mucho después. La retrospectiva de sus Infinity Mirror Rooms en Tate Modern entre 2021 y 2024 se convirtió en la exposición más visitada de la historia del museo, según el Financial Times. Kusama había comenzado a trabajar con espejos en 1965, y, décadas después, su obra encontró rápidamente una nueva audiencia con la llegada de las redes sociales.

Su arte tampoco se quedó solo en los museos. Sus colaboraciones con Louis Vuitton llevaron los lunares a bolsos, vitrinas y espacios comerciales. Y es aquí donde Kusama entendió que su propia apariencia era, finalmente, una extensión de su obra.

Lo que construyó no fue una colección de imágenes famosas ni solo una estética. Fue una manera de repetir una forma hasta que deja de ser una forma y se convierte en un lugar, una experiencia o una señal. Una persona. Y eso fue lo que pasó: en algún momento, el punto dejó de ser un punto y se convirtió en ella.

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