Esta casa en Providencia tiene 61 años y hace dos, cambió de forma: un nuevo volumen de madera se posó sobre su estructura original, dándole un nuevo aire.
El encargo llegó a los arquitectos María Catalina Picon Meleda y Alberto Browne Cruz con una condición que se da menos de lo que parece: conservar. La familia que eligió Pedro de Valdivia Norte —barrio donde el Cerro San Cristóbal proyecta sombra desde la mañana y los jardines tienen décadas de historia acumulada— no quería empezar de cero. Quería quedarse, pero en algo distinto.


La casa original tenía más potencial del que mostraba. Dos naves paralelas articuladas por un hall de acceso y un patio interior: una estructura clara, con una lógica espacial que valía la pena mantener. El problema era la oscuridad. La cercanía al cerro y la compartimentación de los espacios hacían que entrara poca luz, y la distribución resultaba rígida para una familia con hijos que necesitaba que distintas áreas de la casa se hablaran entre sí.
La intervención actuó en dos frentes. En el primer piso se demolieron muros para conectar la cocina con el comedor y convertir el antiguo dormitorio principal en una sala de estar para los niños, vinculada al jardín y con cierta autonomía respecto al resto de la casa. El patio interior —el corazón de la vivienda— se mantuvo intacto y pasó a organizar las nuevas conexiones igual que organizaba las antiguas.
En el segundo piso está la novedad. La ampliación se construyó en madera, dispuesta de forma transversal sobre las dos naves existentes para no interrumpir el asoleamiento ni quitarle protagonismo a los patios. La diferencia entre la albañilería de abajo y la madera de arriba es deliberada: el proyecto no intenta disimular los dos tiempos de la casa, sino hacerlos convivir a la vista.


Lo que más llama la atención desde afuera —y lo que nadie adivina hasta que lo ve— es la cubierta. El propietario pidió algo inspirado en las escuelas de la Sagrada Familia de Gaudí, esos edificios barceloneses con bóvedas catenarias que el arquitecto diseñó en 1909. Los arquitectos reinterpretaron esa referencia en una estructura ondulada de madera que define tanto la silueta exterior de la ampliación como la atmósfera de sus interiores: cálida, curva, con la estructura expuesta y la luz filtrándose entre los módulos.


Traducir esa geometría a maderas convencionales fue el desafío técnico más exigente del proyecto. Cada curva tenía que cuadrar con el cálculo estructural, con la modulación y con el revestimiento, para que la continuidad de la onda fuera real y no solo aparente.
Hay un detalle que merece su propia historia. Cuando se retiraron los techos a dos aguas de los volúmenes originales, necesario para incorporar la ampliación, la madera de las antiguas cerchas no fue a la basura. Los arquitectos la recuperaron entera y la hicieron trabajar de nuevo: hoy es la mesa del comedor, el mueble de apoyo junto a ella y las estanterías de los dormitorios. La madera que sostenía el techo ahora sostiene los platos.
Las superficies que quedaron expuestas al retirar esos techos tampoco se dejaron al aire. Desde el segundo piso se verían cubiertas construidas, lo que habría sido un desperdicio de vista. Se convirtieron en techos verdes: una capa vegetal que desde arriba parece una extensión del jardín.


Y el jardín es otro capítulo. Catalina Picon, que además de arquitecta dirige la Fundación Cerros Isla, lo diseñó casi íntegramente con vegetación nativa —una decisión que tiene menos que ver con la estética y más con la lógica de un territorio donde el agua escasea. Asesorada por la paisajista Carol Kramer, se conservaron dos árboles con mucho tiempo en el sitio: un pitosporo de forma escultórica junto a la piscina, y una bugambilia que sigue el recorrido y hila los distintos patios.


La piscina, trabajada con la asesoría de Cristóbal Elgueta, tampoco es convencional. Es natural: las plantas acuáticas participan en la depuración del agua y se integran al jardín de tal modo que desde afuera no parece un objeto separado, sino parte del mismo paisaje. Terraza, agua y plantas componen una sola imagen: la de un paisaje continuo que se aprecia, también, desde el segundo piso.
La escalera que une los dos niveles es helicoidal y está envuelta en vidrio, lo que permite que mientras uno sube, el patio interior nunca desaparezca del campo visual. Una decisión pequeña con un efecto grande: subir no corta el lazo con la parte baja de la casa.


El resultado es una vivienda donde conviven sin disculparse dos épocas, dos sistemas constructivos, dos maneras de entender la forma. La albañilería y la madera. La geometría ortogonal de 1963 y las curvas de 2024. Lo que ya estaba y lo que se agregó. Y entre medio, una familia que quería quedarse en el barrio —y lo logró sin quedarse en la misma casa.











