Rocas de Santo Domingo es un lugar de viento. Sopla fuerte entre septiembre y marzo, justo los meses en que más se usan las casas de playa, y condiciona cualquier decisión de diseño. El terreno de esta casa, además, tenía el Pacífico entero enfrente: pendiente media, primera línea y 180 grados de vista hacia el poniente.
Había otro dato del sitio, y fue el que más le llamó la atención al arquitecto Nicolás Joannon, a cargo del proyecto, en la primera visita al lugar: un pequeño bosque de árboles nativos en muy mal estado. «Vi ahí una oportunidad: sacarle el mayor partido posible y hacerlo parte del proyecto», cuenta. Los clientes tenían claro lo mismo. Las vistas al poniente y ese bosque eran lo único que no se negociaba.
De ahí sale una casa que se descubre de a poco. El estacionamiento queda en la parte alta y, al bajar por una escalera pausada, el océano se va abriendo al otro lado, con una vista a través del primer piso. Joannon la resume en cinco palabras: «una casa que no interrumpe».
Lo que pedían los dueños era una casa de playa de verdad, «no una casa de Santiago»: con pocos límites, fluida, hecha para reunir gente. Al mismo tiempo querían un sector íntimo que pudieran abrir por separado cuando llegaran solos.


La respuesta fue levantar la casa. El primer piso es de hormigón tableado a la vista, con una losa también de hormigón, y se resolvió con tanto cristal como fue posible. Encima va un segundo piso de tabiquería de madera, revestido por fuera en ciprés, una madera que resiste bien la humedad y la intemperie. El contraste está buscado: abajo algo más rocoso y firme, arriba un volumen liviano que parece flotar.
La transparencia también ordena la luz. Como el primer piso se abre hacia el oriente además de hacerlo al mar, el deslumbramiento que provocarían aberturas solo hacia el poniente queda controlado. El volumen completo responde a tres cosas: la luz, las vistas y el viento.


Todo el primer piso es público y funciona como un tren de programas: cocina, comedor, un primer living y un segundo living, que se abren casi por completo entre sí, y después, afuera, el quincho. En el extremo oriente está la salita donde se instalan los nietos y los niños por las mañanas, cuando la luz del este la vuelve el mejor lugar para estar. Esa salita da a un patio contenido que la propia casa protege del viento. Arriba están los dormitorios, incluido el principal, que tiene su propia salita.


Hacia el oriente, la casa se abre a un jardín francés que baja y recibe a quien llega. Hacia el poniente, a una zona de pasto, la piscina y el mar. Entre la cocina y el segundo living, el único apoyo es la chimenea central de hormigón a la vista, que sostiene toda la losa volada y es lo que permite que el primer piso sea tan despejado.
La obra estuvo a cargo de la propia oficina, y el hormigón tableado fue lo más exigente. «No admite errores: tiene que quedar bien a la primera, porque cualquier corrección posterior es un maquillaje que se nota y nunca queda bien», explica el arquitecto.
El quincho llegó en 2024, como ampliación de la casa de 2017, y se desarrolló junto a FIKA Quinchos. Se pensó como un volumen conectado y a la vez separado, y es de cristal completo, techo incluido. La razón es uno de los árboles nativos rescatados del bosque, cuya copa se monta sobre la construcción. Desde dentro se ven pasar pájaros y gaviotas, y el follaje da sombra y protege del calor.


Los cristales plegables lo abren por completo cuando no hay viento y lo cierran cuando lo hay. Se une a la casa por un pasillo abierto, un «espacio de aire», que además permite circular alrededor de toda la vivienda sin interrupciones. Aunque pasó a ser el epicentro social de la casa, el quincho está y no está en ella: se ve como parte del conjunto, pero la música y el ruido quedan de su lado, y el interior conserva su calma.


En esta segunda vivienda, de la decoración y el paisajismo se encargó la clienta, de quien Joannon dice que tiene «un tremendo ojo» y que fue un gran aporte durante todo el proceso.




