El decorador Francisco Silva fue el encargado de darle nueva vida al antiguo esqueleto de esta casona patronal de principios del siglo XX. Sin alterar su espíritu criollo, junto a un equipo de profesionales logro despertar su esencia chilena, sumándole modernidad y frescura.

Así como muchas de las antiguas casas coloniales de la zona central chilena, ésta, ubicada de Pelequén a la costa, ha sido testigo y víctima de los típicos contratiempos de las construcciones patronales criollas: terremotos, paso del tiempo y abandono, sobre todo, por los altos costos de mantención y reparación. Sin embargo, una pareja supo valorar su potencial, se dejó conquistar por su parque y sus huesos veteranos y decidió contratar al decorador Francisco Silva para que liderara un equipo encargado de renovarla y rejuvenecerla.

Tentados por la experiencia que Francisco tenía en este tipo de proyectos, pusieron en sus manos este deteriorado tesoro para darle nueva vida. Sus condiciones eran pocas, pero certeras: cuidar el capital patrimonial y renovarla sin alterar su esencia original, además de detalles como que cada dormitorio tuviera su baño. Francisco también sumó sus propuestas: volver al origen y mejorar las proporciones de los espacios. Ya sentadas las bases, contrataron a las arquitectas Trinidad Martínez y Alejandra Smith y a la paisajista Catalina Jahn, todas residentes de la zona y conocedoras del campo y su idiosincrasia. Este equipo logró en un año revivir un sueño de teja y adobe, galerías y postigos propios de nuestro Chile de principios del siglo XX, pero con toda la innovación, tecnología y funcionalidad contemporáneos.

Para darle más prestancia a las zonas públicas, levantaron algunos cielos, además botaron paredes y agrandaron espacios como living y comedor; cerraron los corredores exteriores convirtiéndolos en amplias galerías que recorren casi toda la casa y revistieron y afirmaron los muros de adobe. Además, unificaron las maderas del piso con un look envejecido y, para las galerías, optaron por un porcelanato blanco con negro dispuesto como el clásico damero de 20 por 20 cm. “La idea era revivir la casa chilena de antaño y su tradición, pero con todas las comodidades actuales, como termopanel, pisos vitrificados, calefacción sectorizada, cerámicas de última generación y una cocina práctica y funcional”, comenta Francisco.

Durante todo el año que duró la remodelación Francisco se dedicó a buscar en Chile y el extranjero las piezas necesarias para cada espacio, un trabajo no menor considerando que son alrededor de 700 metros cuadrados construidos. De sus viajes a la India se trajo la mayoría de los géneros y compró varios muebles en anticuarios en sus escalas en París. El resto en remates locales y otros fabricados especialmente por sus maestros. “Gracias a que tuvimos bastante tiempo pudimos mandar a hacer y replicar varios muebles y buscar con calma todos los elementos. Mi idea era crear espacios tradicionales, pero que no se vieran añejos y, en ese sentido, la opción por colores como el naranja, azulino, verde y turquesa, fueron un gran recurso”.

El resultado es una decoración fresca y acogedora, con guiños franceses muy propios de la época de origen. Para el jardín, dividido en tres sectores, la paisajista Catalina Jahn también puso sus ojos en Europa, referente obligado del Chile de 1900. “Estudiamos jardines ingleses, franceses e italianos, buscando la fuente de inspiración de los parques chilenos antiguos. Así llegamos a especies como romero, lavanda, laurel de comer, naranjos y olivos”.

Cada uno de los sectores –el de la piscina pensado como de paso, el de la Virgen destinado a la contemplación y el más amplio e informal– tiene una identidad propia dada por el color y la estructura, pero son las especies vegetales las que lo integran. El denominador común: el ciprés italiano.