La fotógrafa Ana María López salió a recorrer diferentes calles de Santiago para retratar durante la cuarentena total con su lente (y dron), algo que no habíamos visto: Santiago sin autos ni personas. Un lindo reportaje acompañado por una interesante reflexión del urbanista Pablo Allard, sobre los cambios que estamos viviendo en la ciudad y lo que vendrá.

“Es tan agotador amar a personas que huyen de nosotros”, le dice Cassiel (Otto Sander) a Raphaella (Nastassja Kisnki) en la película “Tan lejos, tan cerca” (1993) de Wim Wenders. Se trataba de ángeles frustrados ante la prohibición divina de no intervenir en las vidas de los humanos en una Alemania recientemente unificada. Casi tres décadas más tarde, las palabras del ángel hacen eco en el corazón de cada uno de nosotros, cada familia y comunidad; luego de extensas y extenuantes cuarentenas, y el ya odioso pero indispensable “distanciamiento social”. Mantengo la distancia para protegerte y protegernos puede sin duda convertirse en el acto de amor más grande que ha vivido la humanidad en lo que va del presente siglo.

Si bien no sabemos cuánto durará la pandemia del COVID-19, lo que está claro es que nosotros y el mundo ya no seremos los mismos, y que muchos hábitos, estilos de vida, modelos de negocios, paradigmas e industrias cambiarán para siempre. Aunque aún es temprano para dimensionar la magnitud de esos cambios, es tiempo de empezar a pensar cómo viviremos juntos una vez que podamos romper la distancia social, o peor aún, aprendamos a vivir con ella.

En términos de la vida urbana, sin duda el COVID-19 viene a alterar cuatro dinámicas virtuosas que emergían con fuerza en las principales ciudades del mundo:

1.- La lucha contra el Cambio Climático: donde las ciudades al consumir el 75% de la energía y generar el 80% de las emisiones de gases efecto invernadero, se convertían en el atajo para reducir emisiones de CO2 fomentando la eficiencia energética e hídrica y la descarbonización de nuestra matriz.

2.- Las demandas globales por justicia social: Representadas por estallidos sociales como el 18-O, el reconocimiento de la segregación espacial como uno de los principales impedimentos para contar con ciudades más integradas, las demandas por mayor participación y donde lo colectivo (como el transporte público) debía anteponerse a los intereses personales para que las oportunidades estén al alcance de todos.

3.- La Transformación Tecnológica: de manos de la revolución digital, el surgimiento de Apps y servicios, abriendo el espacio al concepto de Ciudad Compartida.

4.- El cambio de foco hacia una ciudad pensada para las personas; donde el barrio, la plaza, el comercio local y la puesta en valor de las identidades abría espacios para celebrar la civilidad y vida en comunidad.

Antes de la llegada del virus estas cuatro fuerzas convergían de forma promisoria, y se podía palpar en el aire una nueva era de ciudades más sustentables, inteligentes, integradas y resilientes…. hasta que el virus dijo lo contrario, ya que todas ellas dependían de algo que hoy perdimos: el sentido de lo colectivo y lo compartido. Esto es, un cambio radical a los estilos de vida, consumo y propiedad privada como respuesta al creciente aumento de los valores de suelo; reduciendo al mínimo los espacios de vida doméstica más íntima, liberando aquellos recintos, bienes y experiencias que podrían compartirse a un uso colectivo.

Es así como gracias a la tecnología surgieron los espacios de cowork, las aplicaciones de vehículos y ciclos compartidos, arriendo temporal de hogares, despacho de encomiendas y alimentos. Tan potente era la idea de Ciudad Compartida que metrópolis como Seúl lo hicieron política pública, poniendo a disposición de emprendedores y vecinos todas las salas de reuniones, estacionamientos e infraestructura municipal ociosa para ser reservada y utilizada de manera compartida. Los surcoreanos fueron más allá creando bancos de ropa y accesorios para infantes, y un maravilloso programa de co-habitación en que cerca de 500 estudiantes universitarios podían vivir cerca del campus en hogares de adultos mayores a cambio de darles compañía.  Hoy el COVID-19 ha puesto en jaque este modelo, y todavía es muy temprano para evaluar las consecuencias de haber compartido tanto.

Sin embargo no todo está perdido; en los últimos años también surgió otro modelo alternativo de ciudad, la Ciudad de 15 Minutos, promovido entre otros por la Alcaldesa de París Anne Hidalgo. Su idea es que la mayoría de los hogares, servicios y fuentes laborales se encuentren a menos de 15 minutos de viaje a pie o en transporte público. Este modelo, si bien está enfocado a fomentar la vida de barrio, romper con los estigmas de la segregación socioespacial y promover modos de vida más sostenibles podría eventualmente verse fortalecido post pandemia. Una ciudad constituida por barrios de 15 minutos reduciría en gran parte la necesidad de grandes desplazamientos, bajando los viajes en transporte privado y la demanda de transporte público. También reduciría las grandes aglomeraciones en centros urbanos y servicios, reduciendo la exposición a contagio, ya que gran parte de las necesidades se resolverían a escala local, lo que potenciaría a las pymes e instituciones comunitarias; y tal vez lo más importante en estos momentos: fortalecería la cohesión social, el sentido de comunidad y autocuidado.

¿Cuál será el estilo de vida doméstica y urbana que surgirá post pandemia? ¿Cómo volveremos a vivir juntos? Todavía no lo sabemos. Pero una cosa es cierta, más que individualista o compartido, tendrá que apoyarse fuertemente en lo comunitario… donde yo me cuido para cuidar al otro, y donde el bien común estará siempre antes que el individuo: tan lejos, tan cerca.