Arquitectura

En el Cerro El Morro de Zapallar, una casa a la que se llega descendiendo seis metros y se entra caminando por el techo

Para este proyecto, el hormigón se tiñó al color exacto de la arena de la playa de Zapallar. No fue un capricho: en el Cerro El Morro, construir bien significaba hundir la casa en la ladera y dejar que el cerro la absorbiera casi por completo. Desde afuera apenas se ve. Desde adentro, el Pacífico está en todas partes —y la primera terraza desde donde mirarlo resulta ser, justamente, el techo.

El Morro de Zapallar guarda una cualidad rara: la quietud. Protegido de los vientos marinos, seco y austero en su vegetación, el cerro se abre sin embargo con una generosidad inusual hacia la bahía. Desde su parte más alta, el Océano Pacífico aparece completo. Fue esa condición de mirador lo que marcó a los arquitectos Gabriel Bendersky y Richard von Moltke, de Jaime Bendersky Arquitectos, desde la primera visita al terreno, y lo que terminó por definir la idea central del proyecto: no construir simplemente una casa, sino organizar una serie de terrazas habitadas desde las cuales contemplar el paisaje.

El encargo era a la vez sencillo y exigente. Una familia de tres hermanos adultos —cada uno con su propia familia e hijos— necesitaba una casa de vacaciones compartida, de convivencia homogénea, sin jerarquías internas. Se pedía una escala amable, en diálogo con la geografía costera, que hiciera sentirse en un refugio. Tres dormitorios con baño privado idénticos para los adultos, cuatro habitaciones para niños e invitados, sala de juegos, salón, comedor y una cocina noble pero separada de los espacios comunes.

La solución parte de una apuesta de máxima simpleza: un cuerpo principal cuadrado apoyado sobre un nivel inferior parcialmente enterrado en el cerro, que alberga las habitaciones de los niños. El resultado es, en términos de percepción, una casa de un solo piso, cuya presencia tiene un medido impacto en el paisaje.

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El nivel inferior, revestido en piedra, ancla el conjunto al cerro. Sobre él, el cuerpo principal de hormigón sin revestir —teñido al color de la arena de la playa de Zapallar— parece flotar gracias a un sistema de losas de hormigón reforzado. La sensación de liviandad que busca el proyecto no es un efecto decorativo: es una consecuencia directa de cómo fue construido.

En el corazón del nivel principal, un patio cuadrado articula silenciosamente el conjunto. Un Molle —árbol nativo de la zona— habita ese centro con la autoridad de lo que siempre estuvo ahí. El patio ordena los pasillos y circulaciones, ilumina con luz natural el interior, enmarca el cielo y ofrece a los niños un lugar contenido y seguro. Desde sus bordes, el mar se recorta en la distancia.

A esta casa se entra desde una plataforma de estacionamiento que sobresale sobre un vacío excavado en la roca —espacio ganado donde el terreno angosto no lo daba—, y desde allí comienza un descenso de seis metros que transcurre de manera pausada, con sorpresa. Descansos, cambios de dirección, pasarelas y escaleras talladas en el propio volumen construido preparan al visitante antes de cruzar el umbral. Se llega, de hecho, por el techo.

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Esa cubierta es la primera de las terrazas de contemplación: una gran superficie plana con mobiliario de hormigón fijo, desde donde el horizonte marino se abre sin intermediarios. Más abajo, la terraza de la piscina aparece rodeada por un muro circular de piedra que, con su forma precisa, eleva la experiencia del baño al rango de ritual. Cuadrado, círculo, vacío central: las formas geométricas simples operan como un lenguaje constante a lo largo del proyecto.

Los materiales de la casa fueron elegidos según un criterio claro: deben envejecer bien, resistir la humedad y la sal del ambiente costero, y no requerir mantención. Piedra canteada en el nivel inferior, hormigón expuesto en el cuerpo principal y en el mobiliario exterior, madera de Lenga y Pino —ambas blanqueadas— en marcos de ventanas, puertas y revestimientos interiores. Sin pinturas, sin acero expuesto que pudiera oxidarse, sin artificios que el tiempo pudiera delatar.

La fabricación del hormigón exigió una precisión artesanal poco frecuente. Bordes afilados, grandes superficies curvas e inclinadas, todo sin posibilidad de cubrir los errores después con un estuco o pintura, convirtieron cada molde de madera utilizado para darle forma al hormigón en un trabajo de carpintería en sí mismo. Los muros de contención de seis metros en la parte trasera —inevitables dada la pendiente del cerro— se diseñaron en zigzag y con tablas de distintos espesores para crear sombras y texturas que redujeran su presencia.

Habitada, la casa funciona como sus arquitectos imaginaron: compacta, concentrada y fluida. Los espacios del nivel principal se comunican de manera visual y física con la terraza de la piscina y con el techo mirador de forma directa pero no obvia. La posibilidad de que distintos grupos —adultos, niños, primos— habiten simultáneamente distintas terrazas de la casa, sin perderse de vista, es lo que define su carácter. La decoración, resuelta por los propios arquitectos junto a un familiar artista plástico, mantiene la austeridad del conjunto sin austeridad emocional. La casa es un refugio. Y como todo buen refugio, su generosidad no reside en lo que tiene, sino en lo que deja ver.

 

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