El terreno donde se emplaza esta casa, en la ribera surponiente del lago Ranco, no se lo ponía fácil a nadie: un bosque de arrayanes y helechos sobre un hualve —un suelo pantanoso permanente— donde construir sin dañar el lugar parecía casi imposible.
A la condición del suelo se sumaban tres vertientes activas y una pendiente pronunciada. Frente a eso, para el arquitecto Cristóbal Noguera –a cargo del proyecto–, la única salida era «elevar la casa y dejar la máxima cantidad de suelo con condiciones de absorción». Así, un volumen de madera extendido, paralelo a la pendiente, se monta sobre un muro de contención y eleva la vivienda hasta el nivel de las copas de los árboles. En vez de pelear con el agua, la casa simplemente se despegó del suelo. Las vertientes que inundaban el sitio fueron canalizadas y hoy son protagonistas del paisajismo de Bárbara Said: el agua que antes era un problema se transformó en la banda sonora de cada estadía.




Todo en esta casa nace del clima. En esta zona de la Región de Los Ríos pueden caer más de 2.500 milímetros de lluvia al año, y la arquitectura debía hacerse cargo de aquello. «La propuesta se asocia mucho al cubrirse, al protegerse, pero a la vez estar muy conectado con el exterior», cuenta Noguera. De ahí los aleros generosos que invitan a mirar llover, y los grandes ventanales que se abren entre la estructura de madera hasta producir la sensación de estar mezclado con el bosque, con el lago apareciendo entre los árboles.


Las vistas mandaron a la hora de organizar el programa. Las mejores apuntan al oriente, hacia un cordón de picos de granito al fondo del lago, y hacia allá se volcaron los espacios comunes —living, terrazas, fogones y una cocina generosa— que además reciben el sol de la mañana. Los dormitorios, agrupados y de igual jerarquía, con el principal en el extremo de la casa, se abren al norte, donde una cortina de arrayanes filtra la luz.
Un sistema de patios va separando las distintas zonas, y en la unión de ambas áreas está el acceso: tras traspasar una gran chiflonera, la casa recibe con una vista directa al lago. Un pasillo bañado por la luz natural de las lucarnas del techo estructura el recorrido completo. Y frente al living, la terraza quincho, que se ha consolidado como el corazón de la casa.


Para acortar los tiempos de obra, se optó tempranamente por una vivienda prefabricada en madera, lista en nueve meses. La casa, 100% de madera, se fabricó con tecnologías de mecanizado y panelizado a cargo de Timber Ingeniería y llegó en camiones.
La prefabricación impuso, eso sí, una regla de oro: nada puede cambiar en obra. «Llega todo en un kit para armar. Esto hizo que el trabajo previo fuese súper consciente y conversado», recuerda el arquitecto. La disciplina rindió frutos en el momento más improbable: la construcción partió tres meses antes de la pandemia y gran parte se ejecutó en plena cuarentena, sin materiales disponibles y sin poder visitar la obra. Aun así, la casa se terminó dentro del plazo y del presupuesto.


En los interiores, el mañío lo envuelve todo y aporta esa calidez inconfundible del sur de Chile. Los pisos grises contrastan con la madera y entregan una base neutra que recibe el mobiliario y la decoración, a cargo de Sara Molfino, quien trabajó junto a los dueños los muebles y la ambientación de cada espacio.
Habitada con frecuencia durante todo el año —es la segunda vivienda de la familia—, la casa reveló con el uso un espacio que nadie imaginó tan protagonista: el nivel inferior, entre los pilares de madera que la elevan. «Se ha convertido en un área cubierta de la lluvia donde entra el paisajismo, el sonido del agua, además de ser un área de juegos donde se puede pasar la tarde», cuenta Noguera.
Ahí abajo, protegidos de la lluvia pero rodeados de helechos, arrayanes y agua corriendo, se entiende mejor que en ninguna otra parte de qué se trata este proyecto: de habitar el bosque del sur con los pies secos.






