Arquitectura

Loreto Lyon y Cristóbal Molina: Las lecciones de la XXII Bienal de Arquitectura

«Pudimos mostrar que a través de la arquitectura sí podemos transformar nuestros hábitats», dice Loreto Lyon sobre la XXII Bienal de Arquitectura de Chile. A menos de una semana del cierre de esta edición, conversamos con sus directores, los arquitectos Loreto Lyon y Cristóbal Molina, para descubrir las lecciones que dejó esta bienal.

Hace pocos días terminó la XXII Bienal de Arquitectura de Chile, que por primera vez fue organizada en conjunto por el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio y el Colegio de Arquitectos de Chile. Bajo el título Hábitats Vulnerables, este encuentro permitió abarcar cuatro grandes temáticas: el déficit habitacional, el espacio público, el patrimonio y la vulnerabilidad de los territorios. Dirigida por Loreto Lyon, arquitecta y directora nacional del Colegio de Arquitectos de Chile y Cristóbal Molina, arquitecto y coordinador del Área de Arquitectura del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, e instalada en los alrededores de La Moneda, por primera vez la Bienal se transformó en un hito ciudadano, que logró abrir la discusión más allá de los arquitectos. 

Esta semana, conversamos con Loreto Lyon y Cristóbal Molina, sobre los aprendizajes, las críticas y lo que podemos esperar de la próxima bienal.

 

Ha pasado menos de una semana desde que terminó la XXII Bienal de Arquitectura de Chile, ¿cómo evalúan ustedes esta versión que por primera vez fue organizada por el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio y el Colegio de Arquitectos?

Loreto Lyon (LL): Realmente la evalúo como muy exitosa. Fue una versión que apostó por algo diferente: no solamente pudimos ocupar espacios públicos importantes de la ciudad con pabellones o espacios de arquitectura que transformaron el espacio público, sino también entablar conversaciones respecto a las temáticas que nosotros creíamos que eran importantes en este minuto. Y en ese sentido yo creo que logramos una bienal que juntara a muchas personas. 

Antiguamente las bienales eran casi solo de arquitectos y esta fue una bienal múltiple: te diría que el 50% de quienes la visitaron no eran arquitectos, eran ciudadanos que fueron a escuchar, a proponer, a ser parte de esos conversatorios. Pudimos mostrar que a través de buena arquitectura sí podemos transformar nuestros hábitats.

 

Cristóbal Molina (CM): Creo que esta fue una bienal diferente a todas las anteriores y no solo por su puesta en escena, sino porque tiene un aspecto fundamental: es la primera bienal que tiene una estructura de organización diferente, donde toma un liderazgo el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, representado por mí, y el Colegio de Arquitectos de Chile, representado por Loreto. Eso hizo que fuera un cambio radical en cómo se estructuraban todas las bienales anteriores y pudimos llevar la bienal a los espacios públicos de un lugar tan simbólico como es el entorno del palacio de La Moneda. Nos parece que es el resultado de una gestión que intentó innovar, que centró los esfuerzos en pocas intervenciones, pero que tuvieran el mayor impacto público. Estamos muy contentos con el resultado, no esperábamos tener tanto éxito, tantas visitas. Finalmente, estamos seguros que esta Bienal inaugura un cambio y que va a trascender para las futuras ediciones.

 

No recordaba una bienal de arquitectura que hubiera tenido la repercusión mediática que tuvo esta. Y con eso, vienen críticas también. ¿Cómo se las toman? 

CM: Lo que mencionaste antes, que esto se haya instalado en una discusión pública, que no haya pasado desapercibido y que se haya incorporado en un debate, una discusión cultural sobre lo que estaba sucediendo en el país en esos días, ya es un éxito rotundo. Me parece que todas estas críticas que pueden haber surgido, especialmente en relación a la estructura inflable, son parte de un debate sano, que hay que mirar con perspectiva. Por supuesto que una acción tan provocadora como ésta va a generar reacciones distintas y eso convierte a la bienal en algo más ciudadano, porque la gente se apropia, cuando bautiza, le pone nombre a los espacios, a las estructuras, y se interesa por ir solo porque se lo han comentado. Me parece que todo eso es bueno para la bienal. 

Hay otras críticas que me parecen menos fundadas, que tienen que ver con un supuesto hermetismo que puede haber tenido este espacio cuando en realidad era un lugar interior muy acogedor, perfectamente acondicionado para generar una discusión y un debate público sobre todas estas ideas. Quien no entienda eso es porque definitivamente no está entendiendo la bienal o no la visitó, porque tuvimos un debate continuo de más de 45 encuentros en los que se tocaron temas interesantísimos, donde estuvieron todas las voces representadas, que dieron paso a una discusión que realmente nos ha parecido muy interesante, que ha contribuido a un debate sobre los desafíos que tenemos como sociedad. 

 

LL: Lo único que me gustaría agregar es que la crítica siempre es bienvenida. Siempre hay cosas que pueden ser distintas, pero lo que se pensó para esta bienal, que era transformar los espacios públicos, volverlos a ocupar (que era algo que no se había hecho nunca antes en una bienal), se cumplió. Para nosotros era crucial intervenir el espacio público, dar cuenta de que la gente quiere volver a ocuparlos y los cuida. 

Hicimos la intervención en el espacio público, frente a La Moneda, como una especie de statement, diciéndole al Estado que hay que preocuparse. Pero una vez que tú estabas dentro de la instalación inflable podías transportarte con todos los conversatorios… Era tan abstracto el espacio que te transportabas directamente al lugar de esos conversatorios: a Alto Hospicio, a Lo Hermida. Era un lugar no lugar, y en ese sentido cumplía también esos dos objetivos que tenía esta bienal.

 

Hablando de los conversatorios, ¿qué temas interesantes se levantaron en estos encuentros?

CM: Yo creo que todavía estamos tratando de asimilar toda la información, fue muchísima, y todo eso se va a trabajar en una publicación. En lo personal lo que más me llamó la atención fue constatar que ciertos esfuerzos, iniciativas, orientaciones, eran compartidas por diferentes grupos de personas, instituciones públicas, organizaciones, en temáticas diversas. Se plantearon temas de distintos encuentros que impulsan una ciudad más justa. Por ejemplo, soluciones para el tema de la vulnerabilidad en torno a la vivienda, las soluciones que se requieren para los campamentos, la urgente recuperación y reactivación de los espacios públicos, la vulnerabilidad que hoy tienen el patrimonio, los temas ambientales… Fueron todas temáticas que nosotros quisimos poner sobre la mesa, pero que en estas conversaciones surgieron análisis y diagnósticos que complementaron nuestras ideas y muchas propuestas para imaginar soluciones para estos problemas.

 

LL: A mí me gustaría destacar algunos, pero principalmente hacer énfasis en que la arquitectura y el urbanismo de calidad sí pueden transformar la vida de las personas, y eso lo vimos transversalmente. Cuando se proponen viviendas de calidad, que es lo que mostró Alejandro Aravena con el alcalde Mauricio Soria de Iquique, cuando hay una solución que viene con diseño, creo que de todas maneras la vida de las personas mejora. En ese mismo sentido, este rol transformador de la arquitectura de calidad para mejorar la vida de las personas tiene que ir respaldado por políticas públicas. Ese para mí es el resumen. En ese sentido me gustaría destacar un par de conversatorios muy importantes: como en el que el Minvu entregó el Premio Nacional de urbanismo a Joan McDonald y aprovechó de lanzar un plan de ciudad justa, que logra entender la importancia de no solamente crear viviendas frente a este déficit habitacional, sino la necesidad de crear ciudades. Ahí hay un gran avance con este plan.

También me gustaría destacar un conversatorio que hubo sobre la vulnerabilidad de los territorios, en el cual Iñaki Alday, arquitecto invitado, contó cómo, a través de la arquitectura y el urbanismo, ha hecho un paisajismo de infraestructura verde donde trabaja en quebradas o lugares que reciben grandes evacuaciones de agua y ha logrado generar nuevos parques para las ciudades. Ver cómo estos espacios que hoy son territorios vulnerables para las personas, y que incluso en Chile muchos de ellos son ocupados con campamentos, finalmente, a través de la arquitectura, en otros países han ido convirtiéndose en espacios públicos de calidad, fue muy interesante. 

 

CM: Lo que no quisiera olvidar es que tuvimos un gran cierre con la conferencia del Premio Nacional de Arquitectura, Fernando Pérez Oyarzún, que fue uno de los puntos altos de la Bienal, para hacer una suerte de recuento y vincular la importancia de esta Bienal con lo que estamos hoy viviendo. 

 

Estamos muy encima del cierre aún, pero ¿cuáles son los desafíos para la próxima Bienal?

CM: Yo creo que los esfuerzos tienen que ir en fortalecer la institucionalidad de la bienal; esta fue una bienal distinta, la hemos llamado como una bienal de transición. En ese sentido, la alianza entre el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio y el Colegio de Arquitectos de Chile es algo que le da sostenibilidad en el tiempo a una iniciativa de gran envergadura como es la Bienal.

 

LL: Yo creo que dentro de ese rol nuevo, también marca un hito que la Bienal se convierta en un evento cultural ciudadano. Deja de ser una bienal de arquitectura para arquitectos donde se muestran proyectos de arquitectura y se transforma en un evento cultural ciudadano que interviene los espacios públicos.

 

CM: Esta fue una bienal no solo más ciudadana en la participación de públicos, sino también en la conformación de los encuentros. Todo lo pensamos en una lógica paritaria, interdisciplinaria, donde no solo estaba la visión de los arquitectos y arquitectas sobre determinados temas, sino que tuvimos la participación de ministros, ministras, subsecretarias y subsecretarios, alcaldes, alcaldesas, actores importantes de la sociedad civil, entonces fue muy interesante consolidar esa discusión en un plano en que la arquitectura se relaciona con las personas que están tomando decisiones en el país, con las personas que pueden aportar desde la academia y eso es algo que también se debería consolidar. Me atrevería a adelantar que el esquema actual de la bienal se debería fortalecer no solo por la ocupación temporal del espacio público, sino también porque el centro de la bienal sea esa discusión pública y que eso se complemente con una exposición donde se pueda medir el impacto de diferentes iniciativas.

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