Tras jubilar de su vida como matemático, Rodrigo Bamón se volcó a buscar nuevas maneras de pasar el tiempo. Estudió, investigó y, 35 años después de haber recibido su doctorado en matemáticas puras y aplicadas, acaba de inaugurar su primera gran exposición, donde presenta Bamotrix, esculturas cinéticas en papel.

Estudió matemáticas. Hizo un doctorado, docencia e investigación en matemáticas. Pero lo que hoy ocupa los días de Rodrigo Bamón no son las ciencias exactas, sino el arte. O tal vez una combinación de los dos.

Dice que siempre le gustó hacer cosas con las manos. De hecho, mientras conversamos en su casa en La Reina con Beethoven de fondo, sin darse cuenta se pone a doblar un pequeño pedazo de papel, casi en piloto automático. Lo dobla hacia un lado y hacia el otro, sin mirar. Y mientras lo hace, va contando su historia. “Me pude jubilar temprano, di el paso y empecé a buscar qué hacer”, dice. En esa búsqueda aprendió a fabricar papel vegetal, después se metió en el mundo de la encuadernación e incluso aprendió a pintar con tinta china. Tuvo un coqueteo con el pop up –nos muestra un libro precioso, encuadernado por él, con un dragón que va traspasando página tras página, todo en papel–, hasta que descubrió lo que lo ocupa hoy. “La técnica básica para hacer este tipo de cosas es pegar láminas de papel para que quede con efecto acordeón, igual que las guirnaldas”, dice con una humildad sorprendente, como si estuviera hablando de hacer un avioncito o una grulla de origami. Claro que “este tipo de cosas” son sus esculturas cinéticas o, como también le gusta llamarlas, objetos BIS: bonitos, inútiles y superfluos. “Bonitos porque gustan, inútiles porque no sirven para nada y superfluos porque podemos deshacernos de ellos sin que pase mucho”, dice.

La creación de estos objetos empezó el 2005, cuando descubrió el trabajo del artista chino Li Hongbo. Apilando miles de hojas, Hongbo construye bloques de papel que luego “talla” como si fueran un pedazo de piedra, para hacer aparecer bustos que parecen sacados de la antigua Grecia. Después de ver un video en Youtube, Rodrigo decidió crear su propia banda de Möbius con esta técnica. Ante nuestra mirada ignorante, toma una tira de papel y la une, mostrando que así, este círculo tiene dos caras y dos bordes. La despega y la une otra vez, pero dando media vuelta uno de los lados antes de pegarlos. Ahora, el mismo pedazo de papel, sólo tiene una cara y un borde. Esa es la banda de Möbius, un objeto matemático casi mágico.

Con esta idea en mente, cortó 90 piezas de cartulina, que luego pegó siguiendo la técnica de Hongbo y creó su primera escultura cinética. “Cuando llegué a esto, me quedé estacionado y no paré más. Fue un impulso para continuar, para explorar las posibilidades de construir nuevos objetos usando la misma técnica”. De 90 piezas pasó a 180, después a 360 y así… Las esculturas que hace hoy tienen entre 700 y 1.500 piezas iguales (aunque ha hecho hasta de 3 mil), pegadas a mano, en su taller; un proceso que disfruta con una paciencia envidiable. “Me gusta mucho estar trabajando aquí en el taller. Lo más significativo para mí es el tiempo que ocupo haciéndolos, más que el objeto final”, dice.

Además de su trabajo como artista, Rodrigo es experto en la ceremonia del té japonesa y medita 40 minutos diarios. En su casa se pueden ver agitadores de bambú y recipientes para esta infusión, que usa para practicar esta antigua tradición japonesa, junto a sus papeles y esculturas. Igual que en su trabajo, en esta ceremonia lo que más importa es la preparación y la comunidad que se genera entre los asistentes, mucho más que el té.

Con harta intuición (y mucha matemática, por supuesto), ha creado toda una colección de objetos BIS, que con sus formas orgánicas parecen desde desconocidas criaturas marinas, hasta la parte inferior de un champiñón. Para hacer cada una de ellas, primero traza la pieza inicial en su computador, luego manda a cortar el papel o cartulina con láser, y después empieza a pegar, una por una, con cola fría. La última obra que creó le tomó 40 horas, sólo pegando. Y todo eso, sin saber exactamente cuál va a ser el resultado. “Yo imagino un poco lo que va a ocurrir, pero no tengo certeza. En el instante en que pego el último, se cierra la figura y termino de armar… Recién ahí sé lo que pasa”, cuenta.

Esta ecuación perfecta de arte y ciencia, dio como resultado su primera gran exposición en Santiago, más allá de los festivales de matemáticas y encuentros científicos. Bamotrix, en la Corporación Cultural de Las Condes, es un recorrido por estos cinco años y las miles de piezas que ha logrado unir. Papeles, hojas de libros antiguos, cartulinas y cartones, podrán ser visitados por el público. “Estas obras tienen cualidades de movimiento, transformación, cambios de forma, algunas extrañas y sorpresivas. Invitan a la manipulación, atraen la atención, agradan, relajan. A quien las tiene en sus manos y las manipula, le brota la sonrisa y le despierta la imaginación, elaborando asociaciones y posibilidades de nuevos desarrollos, estimulando la creatividad momentánea”, dice. “En estos tiempos de tanta información y puntos de vistas, estos objetos no tienen más realidad que el instante que estamos frente a ellos. Lo que sea que nos produzcan, eso es”.

Corporación Cultural de Las Condes, Apoquindo 6570.

Hasta el 3 de noviembre.

@bamotrix