A 10 pasos de la playa

La nueva casa de Francisca Urrejola tiene todo de ella: originalidad, frescura, sencillez e ingenio. Su particular modo de vivir lo disfruta con la soltura de estar a corta distancia de la playa de Zapallar.

Sabe bien lo que le gusta y en este nuevo capítulo de su vida era casi obvio que iba a decidirse por aterrizar en Zapallar. Este balneario ha sido parte de su historia desde que era chica, es el lugar donde siempre ha veraneado. Su madre se arraigó por dos décadas en este territorio bendecido por el mar y la tierra. La conmueve pensar todos los recuerdos que le trae a la mente. Muy cerca viven sus hermanos y también esos entrañables amigos de toda la vida. Adora esa familiaridad y ese clima benévolo que esta caleta de pescadores le da.

Lleva un año y medio instalada en la playa, y casi otro entero sin tener la necesidad de ir a Santiago; recalca que aún no la siente. Queda claro que este viaje es sin retorno, y se nota aún más cuando se visita su particular casa, su reducto, un refugio que alberga a cabalidad su manera de ver la vida, llena de luz y color, y por qué no decir, con su cuota de poesía.

Está claro que su buen gusto y ese sentido estético le sale por los poros. Es una cosa de familia. Su padre, Manuel Urrejola, era arquitecto. Fue quien proyectó el Club de Polo y Equitación San Cristóbal. Su madre, Ximena Echaurren, fue diseñadora de ropa y tuvo las primeras tiendas de moda en Providencia en los años 60: Roberts y Shok; fueron un boom en la época. Y ella misma terminó siendo productora en la Revista Paula en los 80 y 90, y junto a sus hermanas siguieron el mismo camino haciendo catálogos para marcas de decoración. Lo que se lleva en la sangre no se puede negar. La genética mandó y vaya que lo hizo.

Esta casa es como Francisca, pero no siempre fue así. En un principio era un sitio eriazo, con una pendiente pronunciada y de difícil construcción por la normativa. El terreno apenas tiene 240 metros cuadrados y 12 de ancho. Para esbozar lo que ella tenía en la mente llamó a su sobrina, la arquitecta Catalina Edwards. Es la segunda vez que la ayuda a diseñar una de las casas donde ha vivido. Confía plenamente en ella, sabe que conoce muy bien sus gustos.

Cuenta que quería una casa chica, fácil de llevar, pero que pudiera recibir a sus tres hijos y tres nietos –de 9, 5 y 2 años–, con mucha vista al mar y una fuerte conexión entre los espacios. Catalina no sólo resolvió la problemática de la normativa, sino que le agregó la fluidez. Son 140 metros cuadrados construidos, donde el living, comedor y cocina están integrados, y con tres dormitorios, cada uno con su respectivo baño. Depositó en el terreno dos volúmenes desfasados y enterró una planta por completo. A simple vista es una construcción de cuatro niveles, no obstante este recurso genera una serie de modulaciones y una particular forma de enlazar cada piso corrido y de generar ese diálogo permanente que tanto anhelaba Francisca para este refugio.

La plasticidad del lugar tiene que ver con la arquitectura, un lienzo blanco donde la dueña de casa comenzó a pincelear. La espacialidad perfecta, los tres metros de altura, la modulación de los recintos, la luz que entra por las ventanas –en cuarterones, de raulí y bodegas de demolición– y que baña con su calidez cada silueta y objeto puesto. En esta casa se puede ver claramente el gusto de Francisca por los muebles y objetos con historia. Son cosas que expresan su belleza, su materialidad y color, piezas muy especiales y muy únicas que ha ido encontrando, le han heredado o han sido un regalo. En la casa cada detalle se ha ido embelleciendo con los años, son objetos con una noble vejez.

Los días pasan, el viento corre, el mar se siente, el pueblo sigue pequeño y muy familiar, y ni se ha dado cuenta de cómo el tiempo transcurre. Sigue tan activa como siempre, a veces cree que más. Por la mañana nada y a cualquier hora va a caminar por la playa, de preferencia no en los días de verano, que es la época que menos le gusta de este balneario. “¡Tanta gente!”, dice. Son cosas que la conectan profundamente. También asiste al taller de pintura de la artista Carola Landea y en la época invernal teje, aunque admite que sólo teje puntos simples y con coloridas madejas de lana. Lee como siempre; mucho. El último libro que leyó fue Diario de invierno –de Paul Auster–, el que por supuesto ya prestó, un hábito que siempre ha tenido. Los juegos de cartas son otra de sus actividades cotidianas. “Un buen juego de canasta siempre es bienvenido”.

También hay muchas comidas. La cocina es un punto neurálgico de su hogar. Un lugar abierto donde recibe a su familia y amigos. Le encanta el arte de cocinar y qué mejor que vivir a unos cuantos pasos de la caleta de pescadores y comprar productos fresquísimos. El comedor, no en vano, es para 10 personas. Siempre con la mesa bien puesta. Se podría decir que tiene un centenar de platos y fuentes, de las más variadas formas, tamaños y colores, y hasta un poco más, porque las terrazas se convierten también en la extensión para compartir la buena mesa, la buena compañía y la buena vista…