A buen puerto

Hace un año que Felipe Forteza se compró un departamento en Valparaíso y desde entonces se ha encantado con el ambiente. Dice que vive el puerto a su manera, disfrutándolo puertas adentro y recorriéndolo de a poco. El lugar es una mezcla entre arte, antigüedades y diseño, y cada cosa tiene una utilidad.

Felipe Forteza llegó a Valparaíso por esas raras oportunidades que se presentan en la vida, al igual como lo hicieron sus bisabuelos maternos, los Helfmann, hace bastantes años atrás. Ellos fundaron la editorial Universo en 1859, muy famosa en la época y adquirieron después la revista Zig-Zag. Sin embargo, la historia familiar es cuento aparte… Felipe nunca tuvo relación con el puerto, más allá de los paseos que hacía de repente. Esto hasta hace un año, cuando se encantó con un edificio nuevo, moderno, con reminiscencias del estilo de las clásicas construcciones porteñas: hecho de hormigón, revestido con planchas micro-onduladas, con ventanas de forma de ojo de buey y pintado con coloridos tonos celeste. Dice que fue una compra impulsiva, pero que lo hizo enamorarse de Valparaíso, de su cultura, su arquitectura, sus habitantes, su vida bohemia y hasta de su desorden…

Pese a estar inserto en las improvisadas calles de los cerros, muy cerca del plan (como le dicen los locales al centro), el departamento en su interior casi no tiene sello porteño. En él encontramos los tres elementos que no pueden faltar en las casas de Felipe: arte, diseño y antigüedades. No hay pared que esté vacía y cada objeto tiene su historia, que habla sobre viajes, recuerdos familiares y de la vida del fotógrafo.

La puerta principal da al living y comedor, que están juntos pero no revueltos: el primero se apoya en una pared gris oscura y está cargado de obras de arte y de color, mientras que el segundo espacio está al lado de la ventana y es de una simpleza absoluta, completamente transparente –la mesa, las sillas y hasta el candelabro parecen invisibles–. El resultado de esta combinación permite que la luz y la vista se potencien con la translucidez del comedor y la atención se centre en la decoración del living, que pese a ser bastante ecléctico, tiene una cierta tendencia hacia lo japonés.

“A mí en general no me gustan los objetos decorativos, me gustan los utilitarios… Que sean atractivos, de buena calidad, pero útiles”, cuenta Felipe. Se podría decir que acá todo es multifuncional: el sillón del living se transforma en cama, el baúl de madera que compró en un anticuario de Valparaíso sirve de bar y para guardar sábanas y almohadas, una palangana de cobre que se trajo de París contiene el equipo de música y un puff de piel sintética se convirtió en la mesa de centro. Felipe no sólo tiene habilidad para unir cosas bonitas, sino también para encontrarle a cada una alguna función.

Como buen coleccionista, los cuadros dan para punto y aparte y son una extensión de la colección de obras de artistas chilenos que el fotógrafo tiene en sus departamentos de Cachagua y Santiago. Rodrigo Arteaga, Johanna Unzueta, Javiera Infante, Alexis Mandujano, Soledad Pinto, Víctor Castillo, Teresa Pérez, Rosario Carmona, Jorge Cabieses, Totoy Zamudio, Félix Lazo y Malú Stewart, son algunos de los artistas que, junto a obras de su autoría, llenan las paredes de todos los espacios, incluyendo la cocina y el baño.

Al igual que en el resto de la casa, su pieza también tiene su lado ecléctico: sólo en la cama encontramos una colcha peruana, una frazada de lana de Puerto Montt y sábanas francesas.

Felipe trata de ir cada 15 días, algunas veces con amigos y su perro Thai. Durante el verano aprovecha la terraza, que está llena de plantas suculentas y una sofisticada parrilla para asados con forma de macetero.

La cocina es lo único que cambió del departamento, porque prácticamente no existía. Había sólo un mesón de pino oregón y Felipe le incorporó muebles y repisas para que quedaran todas las cosas a la vista y a la mano, incluyendo un carro con ruedas de gran tamaño del mismo material. Para él este lugar es fundamental: “Soy súper sibarita. Tengo muchos libros de cocina, copas y platos de colores. El rito del té me apasiona, por lo que he comprado muchas teteras y tés en diferentes países, además de fuentes y todo tipo de implementación para cocinar… No hay nada que no ocupe”. Le gusta ir al puerto y al mercado, donde compra cosas ricas para cocinar para él y sus amigos.

No es bohemio, pero le encanta ese espíritu. Siente que todavía es un outsider, que prefiere quedarse en su departamento leyendo, cocinando y recorrer Valparaíso lentamente. “Todavía estoy en la etapa de disfrutar más el interior que el exterior”, cuenta. Sin embargo, la responsabilidad social y el patrimonio son fundamentales para Felipe, por lo que dentro de sus planes tiene involucrarse con instituciones locales para ayudar a mejorar la calidad de vida de la ciudad y su conservación.