A la italiana

Espacios amplios y techos altos: eso es lo que querían la decoradora Macarena de la Maza y su marido para su nueva casa. El encargo se lo hicieron a Max Cummins y el resultado es un espacio que parece sacado de Italia, con mármol en el piso y un jardín con árboles viejos y harto color.

Después de vivir varios años en una casa que se habían hecho en Santa María de Manquehue, la decoradora Macarena de la Maza y su marido decidieron buscar nuevos rumbos y algo más funcional para su vida actual: de sus cinco hijos, tres ya se habían ido, así es que necesitaban menos piezas, pero más espacios comunes, para esperarlos con las puertas abiertas cuando quisieran ir. Decidieron entonces hacerse una nueva casa, junto al arquitecto Max Cummins; un lugar medio escondido, inspirado en Italia. Esta pareja tenía clarísimo lo que quería: algo muy parecido en estilo a lo que tenían antes, con espacios amplios y alturas de techo, pero donde pudieran incorporar tecnología para hacer una casa que, a pesar de ser grande, fuera eficiente. Se asesoraron con varios expertos en el tema y lograron un espacio que ni siquiera en invierno necesita mucha calefacción. Gracias a los vidrios dobles y a otros aspectos que aplicaron en la construcción, conserva la temperatura en el verano y aísla en el invierno. Como dice su dueña: “Es exquisita todo el año”.

Una de las cosas que más llama la atención en esta casa es la facilidad de Macarena para combinar unos sillones ultraclásicos con un cuadro moderno, bien colorido; unas alfombras más tradicionales, con una escultura de Martín Eluchans; y así en cada espacio. “Me encanta el arte y me gusta incorporarlo en todas mis decoraciones. Encuentro que aporta mucho en cuanto a colorido y expresión, creo que te acompaña y produce un equilibrio”, dice ella.

Uno de los desafíos de esta pareja era la cocina y el comedor. “Queríamos poder cocinar en familia, invitar a los amigos… Pero cómo hacer una cocina incorporada sin dejar de lado la estética, esa era la cuestión”, cuenta Macarena. Para lograrlo, siguieron con el mismo piso de mármol que usaron en todo el primer piso de la casa, y con las vigas en el techo, un sello de la arquitectura de Cummins. Además, optaron por muebles de cocina de madera y, en general, terminaciones muy limpias y simples, con detalles entretenidos, como los farolitos que Macarena se trajo de Estados Unidos, o la colección de platos que de a poco está instalando en las paredes de la cocina. “En todo este año que llevamos acá, nunca hemos cerrado la puerta que divide el comedor de la cocina, nos encanta”, cuenta.

El jardín, que se ve desde todos los ventanales del primer piso, fue obra del paisajista Taibi Addi, y el principal requerimiento fue que no querían un lugar de puro pasto. “Quería dejar los árboles que existían, que eran grandes, y además hacer varios niveles, para dar mayor amplitud y profundidad”, cuenta Macarena. Incorporaron entonces los liquidámbar y otros que estaban en el terreno y aprovecharon toda la vegetación que tenían alrededor. A eso se sumaron plantas en los bordes, que florecen en distintas épocas del año, dando color hasta en invierno. Aunque tiene sólo un año, gracias a la incorporación de los árboles más viejos que estaban en el lugar, el jardín se ve mucho más armado, con cuento. Además llevaron la misma piedra de Chacabuco que usaron como recubrimiento para la casa al jardín, en los caminitos y rincones.

Pero uno de los espacios que más han gozado durante todo este tiempo ha sido el quincho. “Lo usamos harto en familia, todos los fines de semana a la hora de almuerzo nos juntamos acá y tratamos de alargarlo lo más posible”, cuenta Macarena. En las tardes prenden algunas luces –el espacio tiene una iluminación bien cálida y poco invasiva– y la chimenea de etanol, para crear un ambiente relajado, del que no dan ganas de moverse. Los sillones los trajeron de la casa anterior, pero igual que casi todo, sufrieron una transformación: los bordes de los cojines, que antes eran negros, cambiaron por un naranja que les da un toque más alegre, y que combina perfecto con el color langosta –como Macarena lo bautizó–, de las sillas del comedor de la terraza, que también pintó para esta nueva casa. Y es que claramente Macarena tiene el clásico síndrome de todo decorador: la obra nunca está lista. “Esta casa es activa y va cambiando constantemente. Cambio las fundas, los cojines, doy vuelta los muebles y logro una cosa diferente. Es una ansiedad por ir arreglando las cosas…”, cuenta, pensando cuál será su próximo proyecto.