Poco más de 21 años vivió la arquitecta y decoradora Paula Gutiérrez en esta casa, que fotografiamos en 1998, cuando recién se había instalado junto a su familia. Ahora, justo antes de dejarla para cambiarse a un departamento, la recorrimos nuevamente. El broche de oro para una casa que hoy empieza un nuevo ciclo.

Estaba haciendo la práctica de arquitectura en la oficina de Christian de Groote, esperando su segunda guagua, y no sabe si fue el entusiasmo, lo mucho que le gustó o el embarazo, pero cuando le tocó ver el conjunto de tres casas redondas que estaba haciendo el arquitecto en Lo Curro, casi físicamente sintió algo: “Fue una certeza de que yo iba a vivir aquí”, cuenta la arquitecta y decoradora Paula Gutiérrez, directora del estudio de interiorismo que lleva su nombre.

Diez años después, con tres hijos y tras una larga búsqueda, un día junto a su marido vieron el cartel “Se Vende” en una de las tres casas. Cuando volvió a entrar en ella, y dado que la situación lo permitía, sintió la misma certeza que la primera vez: esa era la casa que quería para vivir.

Paula cuenta que la construcción era más conceptual que vivible para una familia como la suya, así es que decidió hacer varias intervenciones. Abrió ventanas y patinó los cielos con blanco para dar luz, y construyó espacios para tener más piezas en el tercer piso.

Para decorarla, empezaron de a poco. “Se armó con lo que teníamos, que tampoco era mucho, porque habíamos vivido siempre en departamentos y casas chicas, pero nos fueron llegando cosas, gran parte herencias de la familia de mi marido, y entonces mi idea fue reforzar ese contrapunto entre la arquitectura contemporánea, de hormigón a la vista, fuerte y dura, con estos elementos más enriquecidos, que dan calidez a los ambientes”, cuenta.

En agosto de 1998 publicamos un artículo con las fotos de la casa en esa época. Veinte años después, justo antes de que la decoradora y su marido la vendieran para cambiarse a un departamento, volvimos a fotografiarla para ver cómo había evolucionado. “Prácticamente toda nuestra vida de familia con los niños fue en esta casa. La aprovechamos y la vivimos intensamente. Fue una casa muy marcadora, una casa especial, llena de lugares, mucho de andar subiendo y bajando escaleras… Fue centro de reunión, de celebraciones y fiestas. Es una casa fácil y en verano es muy rica, porque tiene mucha sombra de árboles, como las casas de campo”, dice.

La construcción de 330 m2 está proyectada en tres pisos: se entra por un túnel que llega a un patio interior absolutamente escultórico, luego, en el primer piso, de más de cuatro metros de altura, está el living, comedor, cocina y pieza principal, y en el tercer piso hay más dormitorios y una salita. “El contrapunto también lo marqué en los distintos espacios: la entrada de la casa, el patio interior y la terraza, eran muy limpios, muy depurados y minimalistas. En el living, en cambio, estaban todos esos objetos que son parte y dan cuenta de nuestra vida, de nuestra personalidad. Muchas cosas eran herencias familiares, y otras las busqué a lo largo de los años en remates y anticuarios”. Ahora que sus hijos están grandes y viven por su cuenta, el matrimonio decidió vender la casa e irse a un departamento, “pero mi casa-casa, la de toda la vida y con mis niños, fue mi casa redonda”, remata.