Clásico revisitado

La Casa Esmeralda lleva ese nombre por el color de ojos de su dueña, la mama de Cazu Zegers. La arquitecta proyecto esta casa, que partió como una clásica planta romana, con esta piedra como inspiración y se convirtió rápidamente en un hito dentro de su carrera.

La arquitecta Cazú Zegers cuenta que nunca había pensado hacerse una casa, hasta que un día, mientras estaba en la de su hermana, se dio cuenta que al lado había un terreno vacío… Y así nació la Casa Soplo, uno de los hitos de su carrera. Tiempo después, lo mismo le pasó a su mamá. Las vio ahí, viviendo una al lado de la otra, y quiso sumarse a ese proyecto de familia, arriba del cerro, con una vista increíble. La encargada de proyectar esta casa fue, por supuesto, su hija Cazú.

Tras recibir el encargo, un día la arquitecta iba caminando con su hija Clara, cuando tuvieron una conversación que marcó el desenlace de este proyecto.
– “Mamá, ya sé cuál va a ser el nombre de la casa de la abuela… Casa Esmeralda”, dijo Clara.
– “¿Por qué?”, le preguntó Cazú.
– “Por el color de sus ojos”, remató.

“Y tenía toda la razón”, dice. Esta idea simple fue toda una revelación para la arquitecta y el punto de partida para la Casa Esmeralda, que proyectó como una clásica planta romana –un cuadrado con un patio interior– cuyo techo se gira siguiendo el crecimiento del cristal de la esmeralda. “El patio cuadrado girado es para mí el giro a lo contemporáneo; de alguna manera es como revisitar un clásico, pero desde una nueva mirada”, cuenta. Y el techo es realmente un espectáculo. Formado por tres rectángulos áureos que se intersectan entre sí, generando un icosaedro, es uno de los detalles más impresionantes de la casa, y a estas alturas un sello de la obra de Cazú. “La construcción de la quinta fachada (el techo) es uno de los inventos que hice en mi casa, porque me parece que cuando uno está en el cerro hay que tener respeto por los vecinos, hacer una fachada para ellos. Acá, todos los edificios de arriba están mirando esta cubierta”, cuenta.

En una entrevista en La Tercera, la arquitecta comentaba: “La Casa Esmeralda es la síntesis de mi obra en madera y hormigón, y al mismo tiempo, la bisagra a todo lo nuevo que estoy haciendo”. Y es que en la casa que le construyó a su madre, Cazú pudo aplicar muchos de los inventos que había hecho en la suya, con mejores soluciones. Uno de esos es la idea de no llegar con los muros hasta las ventanas que rodean esta planta, para poder tener el paisaje como un continuo. Así, todas las piezas están conectadas a través de correderas, generando un espacio que se puede usar de muchas maneras. “Me parece  que inventé una idea de habitar contemporáneo, que tiene que ver con un espacio democrático. Acá la pieza de servicio es exactamente igual a la pieza principal, no hay categorías. Son todos territorios por los que uno va circulando”, cuenta.
La casa se eleva, casi flotando, sobre un bosque de pilares de hormigón, que Cazú proyectó para aprovechar el paisaje al máximo. La idea era que todo el jardín pasara por debajo y que la casa quedara suspendida, generando un espacio intermedio, que se pudiera aprovechar todo el año. Para darle vida al jardín, contrataron a la paisajista Teresa Moller, quien trabaja con Cazú hace años. “La Tere hizo un trabajo magistral. Entendió perfectamente este espacio entre místico, sagrado, metafísico, de contemplación que yo hice abajo”, dice la arquitecta. El resultado es un jardín bajo, húmedo, que es casi como un escape al sur de nuestro país, con banquitos que acentúan esta idea de contemplación planteada por Cazú, además de algunos árboles perimetrales para proteger la casa.

Y aunque dice que su mamá es una mujer “híper contemporánea”, se preocupó de entregarle una casa lo más parecida a la anterior. Midió todo el departamento en el que vivía y generó los mismos espacios para que pudiera trasladarse con los muebles, para que no fuera un cambio violento.
La decoración de la casa estuvo a cargo de otra de sus hijas, María Luisa Zegers, quien pudo trabajar con muchas de las cosas que tenía su mamá. Además hizo algunos muebles incorporados, para formalizar un poco más los ambientes, sin pasar a llevar esta idea de gran espacio abierto que había planteado Cazú. “Trabajé con una paleta neutra que se mantiene a lo largo de toda la casa, con algunos toques de color. La idea fue siempre cerrar sin cerrar; separar los recintos, pero que se mantuviera esta noción de apertura hacia el paisaje”, cuenta María Luisa.

Cuando le preguntó a Cazú cómo fue la reacción de su mamá al ver la casa, me dice feliz: “Hay que verla hoy día”. Y ahí me cuenta que acaban de llegar de un viaje y que su mamá lo único que quería era volver a su casa, a su territorio. “Ella partió como más apretada y ahora está como despojada, radiante. Yo realmente creo que la arquitectura tiene un poder profundo de transformación espiritual. Siempre lo he visto y siempre lo he creído”, remata.