Devoto de las remodelaciones, el dueño de esta casa en Aguas Claras aprovechó toda su experiencia y se embarcó en cuerpo y alma en este proyecto familiar. El resultado, un manifiesto de su buen gusto, su afición por el arte y de lo aprendido tras años rediseñando casas.

El dueño de esta casa es un aficionado a remodelar espacios, un hobby que le ha afinado el ojo y lo ha convertido en un pseudo experto en arquitectura y paisajismo, aunque lo suyo es la ingeniería. Estudioso, prolijo y metódico, elige con pinzas los materiales y los accesorios y, si es necesario, viaja kilómetros hasta dar con el adecuado. Lo mismo con el estilo de la casa, el cual decide luego de un largo período de estudio. Y en este caso fue aún más acucioso, porque era un lugar para él y su familia.

Como en todos sus proyectos (que son muchos), esta construcción en Cachagua, específicamente en Aguas Claras, partió con un master plan, que no sólo abarcaba la arquitectura, el interiorismo y los materiales, sino también el entorno, el jardín en general y también en lo más particular: desde el cerco pintado con carbolineo que rodea los 11 mil metros cuadrados de terreno, hasta las especies cercanas a la casa. Para hacer realidad la idea que tenía en mente, además de investigar, mirar y volver a mirar libros y revistas, le pidió ayuda al arquitecto Matías Cienfuegos y a la paisajista Tere Pollarolo, con quienes había trabajado anteriormente.

Esta vez quería una casa de estilo nórdico, minimalista, luminosa, de techos empinados y altos, con varias terrazas en desnivel y mucha madera. Anhelaba un lugar familiar en medio de un gran bosque de eucaliptus que perfeccionó –podando y limpiando– hasta lograr verdaderas esculturas. Un espacio que albergara sus obras de arte: cuadros, fotos y esculturas. Porque también es coleccionista de arte, tanto contemporáneo como de artistas consagrados.

Fueron 15 meses de trabajo a cargo de una cuadrilla de maestros capitalinos y un jefe de obra de confianza del dueño de casa, que se instalaron en Cachagua. Ellos supieron interpretar y ejecutar a la perfección su idea y la del arquitecto, trabajando meticulosamente el ladrillo pintado con cal de la fachada, el ciprés de los cielos, cerchas y vigas; instalando los pisos de roble en el interior y los de bolones y adoquines en los patios del exterior. Todo bajo la atenta supervisión de este ingeniero que durante más de un año se levantó todos los viernes a las 5 de la madrugada para ir a las reuniones de obra con todo el equipo en Cachagua. “Me encanta el proceso de creación y participar de la realización también”, admite.

De la casa original, en la cual vivió una señora a cargo de un vivero vecino por 30 años, quedaron sólo los pilares exteriores. El resto es todo nuevo, incluida la decoración, la cual, como él mismo admite, se fue haciendo de a poco y sin apuro. “Hay cosas que teníamos guardadas hace mucho tiempo y otras que compramos especialmente. Además hay muchas obras de arte que encontraron su lugar preciso aquí”. Como las esculturas de Francisco Gazitúa, Sergio Castillo, Juan Luis Dorr y Federico Assler que están en el exterior. Por dentro, predominan la madera, los tonos grises y obras de arte contemporáneas, como retratos de Felipe Achondo, fotos de Mati Allendes, cajas de luz de Tomás Rodríguez y un dibujo familiar bordado de Cristián Velasco.