Escondida en la copa de árboles nativos, esta casa de materiales nobles y vistas privilegiadas es el epicentro de los mejores momentos de una familia que disfruta de la naturaleza, las vacaciones en el sur, la vida de lago, las mesas llenas y la parrilla siempre encendida.

Acostumbrados a veranear en el sur –primero en Pucón y luego en la Puntilla de Villarrica– esta familia, junto a un grupo de amigos, decidió clavar su propia bandera en un gran loteo en el lago Panguipulli. Ahí cada uno se hizo su casa con la idea de seguir vacacionando juntos, pero conquistando su propio espacio. Para hacerlo, los dueños de esta casa optaron por el talento del arquitecto Nicolás Arancibia, quien interpretó acertadamente sus requerimientos, que eran principalmente dos: querían un lugar muy luminoso y, segundo, un espacio donde cupieran todos, ahora y en un futuro cuando a la familia se le sumen los nietos. Pero no sólo eso, además este espacio debía ser integrado para que nadie hiciera grupo aparte. “La idea era proyectar un lugar donde pudiéramos estar juntos, pero no revueltos”, explica claramente el dueño de casa.

Y así lo hizo Nicolás. Diseñó una casa de una sola planta de más de 500 metros cuadrados donde el living, comedor, salita, terraza y quincho están comunicados, de manera que se pueden usar los distintos espacios simultáneamente, pero con cierta independencia. Para solucionar el tema de la luz, Arancibia ideó significativos gestos arquitectónicos; el más notable, una especie de lucarna inspirada en el fuselaje de los aviones de la Segunda Guerra Mundial, que recorre el pasillo que acompaña toda la casa. “Son tres caras acristaladas que captan el sol a través de una proyección estereométrica que permite vivir la casa –de día y de noche– de una forma muy particular. La transparencia deja entrar la luz, el lago, los árboles, la luna y las estrellas”, explica el arquitecto.

Escondida entre los árboles y elevada a casi cuatro metros del suelo, su estructura es de madera, negra por fuera y de pino ciprés con una aguada blanca por dentro. Con vigas y hormigón a la vista, pisos de porcelanato (“para simplificarse la vida”, según sus dueños) y doble altura en los recintos comunes, esta casa se pensó y se hizo con un profundo respeto por el entorno. “La idea era adaptarse al lugar, tratar de conservar la mayor cantidad de árboles posibles y sacarle partido al paisaje”, comenta el dueño de casa.

Por dentro, la lucarna que la recorre es la protagonista. Y con ella, también una gran repisa de madera que la escolta. Ahí están los recuerdos, las fotos y los tesoros de esta familia. El resto, muchos muebles en obra, otros mandados a hacer con un maestro local y varios comprados en anticuarios y viajes. “Queríamos una casa espontánea y llena de luz. La hemos ido armando de a poco y hemos disfrutado mucho de todos los procesos”, comentan sus dueños.