Con la misma técnica y rigurosidad con la que se entrena un caballo de salto, el arquitecto Matías Zegers diseño estas pesebreras para catorce animales en los faldeos de la Cordillera de Los Andes.

La rutina de un caballo de entrenamiento parte a las 6 am. Los 365 días del año. Bien lo sabe el arquitecto Matías Zegers, quien ha montado desde que era muy chico. Su papá era equitador y con él conoció el complejo mundo que hay detrás del salto perfecto de un caballo. La elegancia de este deporte está dada por la técnica y la precisión con la que se practica.

Cuando recibió este encargo, Matías conocía al derecho y al revés cómo es la rutina dentro de las caballerizas. “A diferencia de lo que uno se imagina de un galpón de pesebreras en el campo, esto tiene dimensiones y cosas muy técnicas”, cuenta el arquitecto, quien lo compara con una especie de laboratorio. “Este proyecto busca diseñar un espacio ideal para que el trabajo que hay que hacer con el caballo dentro de éste sea perfecto”.

Lo primero es saber que la mayor parte del trabajo sucede en el interior. Ahí se forrajea a los caballos, se rasquetean, se bañan, se preparan y se limpian los aperos. “La gran operación fue transformar esto en un espacio iluminado, muy agradable para estar adentro”, dice Matías. El mayor desafío era llenar de luz el lugar, evitando el contraluz. Para lograrlo, se construyó una lucarna gigante que recorre todo el largo del techo y que se ensancha en el centro de las pesebreras, donde está la zona de trabajo. Además, todo el cielo tiene una curvatura calculada y diseñada para distribuir de la mejor manera la luz natural en el interior, sin dejar espacios oscuros.

Tanto la apertura como la curvatura del techo generaron una compleja geometría asimétrica, la que se logró gracias a una tecnología que Matías conoció en una planta en Los Ángeles, al sur de Chile. Cada uno de los 54 tijerales que hay a lo largo de las caballerizas es distinto, algo imposible de crear de manera manual. “Cuando entendí que esto se podía hacer con un sistema computacional, que no había que cortar cada palo a mano sino que lo hacía un robot, complejizamos la geometría por una necesidad arquitectónica”, cuenta. Fue el primer proyecto en madera que hacía la oficina de Matías Zegers, un desafío que les abrió el abanico de posibilidades con las que han seguido trabajando.

Por fuera, estas pesebreras disimulan muy bien la complejidad geométrica y la tecnología de su arquitectura. La deformación del techo queda cubierta por un manto de tejas metálicas que se adapta a la curvatura y la camufla. Su color, bronce satinado, refleja los distintos tonos del entorno a lo largo del día. De la misma manera en que se buscó la perfección en el tejado, para todo el exterior se usó una pintura muy penetrante, casi plástica, que luce siempre impecable y es de fácil mantención. Para Matías, estas caballerizas tienen que lucir siempre tan limpias y elegantes como los aperos de un equitador antes de competir.

Así como la arquitectura se adaptó a la rutina de entrenamiento, los elementos que hay en el interior fueron diseñados según las características propias de los caballos. Por ejemplo, el material de las divisiones está hecho para resistir las patadas de los animales, con un cierto rebote que no los lastima. Esto se suma al sistema de armado, de puertas, de comederos, bebederos y mangueras, que fue pensado cuidadosamente y para el que usaron tecnología de punta, importada desde Holanda.

Para maximizar el rendimiento físico, la empresa Diav hizo un estudio sobre el ciclo circadiano de los caballos y adecuó la luz artificial al comportamiento del cuerpo de los animales. En invierno, cuando afuera todavía está oscuro, en las pesebreras comienza a amanecer con una tenue luz que va desde el violeta hasta el azul. De esta manera los caballos se despiertan naturalmente gracias a una cinta cromática que diseñaron y que pusieron a lo largo de toda la lucarna del techo. Un sistema computacional controla y programa las luces para que la rutina de trabajo sea igual durante todo el año.

El escenario natural del terreno, ubicado en la zona Metropolitana, aporta al romanticismo de este deporte ecuestre. Rodeada de quillayes y espinos, en los faldeos de la Cordillera de Los Andes, esta estructura nos recuerda a las clásicas pesebreras de campo. Adentro se esconden los detalles técnicos y modernos; el secreto para que estos caballos sean capaces de saltar con elegancia y precisión.