La vista está presente en prácticamente todos los espacios comunes de esta casa en Punta Pite. El océano aparece detrás de los ventanales, acompaña las conversaciones en el living y se cuela en cada comida compartida alrededor de la mesa. Por eso, cuando llegó el momento de definir el interiorismo, la idea de que acompañara al paisaje fue el camino natural a seguir.
Ese fue el encargo que recibió Andrea Rodríguez de Studio AR. Los propietarios querían una casa donde desconectarse de la rutina, recibir amigos, reunir a la familia y disfrutar del lugar durante todo el año. Más que una segunda vivienda, buscaban un espacio cómodo, relajado y acogedor, capaz de adaptarse tanto a una tarde tranquila como a una casa llena de invitados.
Cuando la interiorista se incorporó al proyecto, la arquitectura ya estaba completamente terminada. Revestimientos, colores y terminaciones habían sido definidos previamente, por lo que el trabajo consistió en construir la identidad de los espacios a través del mobiliario, la iluminación, los textiles y los objetos.
Y la virtud principal de esta casa era evidente: la vista al mar, que funciona como el argumento central, no como un simple fondo.


Con esa premisa ya establecida, las decisiones se fueron ordenando. Paleta neutra y luminosa, con pequeños acentos de color. Materiales que envejecen bien y se sienten vivos al tacto: lino, cuero, lana, madera. Una atmósfera que no compite con lo que ocurre afuera sino que lo prolonga hacia adentro. «Mi objetivo fue que la casa se sintiera parte del paisaje, generando una transición suave entre el interior y el entorno natural», explica Rodríguez.


El encargo cubría el primer piso completo: hall de acceso, living, comedor y, en una segunda etapa, la terraza-quincho. Los dormitorios los desarrolló la dueña de casa, que, según Andrea, «tiene un gusto increíble y logró crear ambientes preciosos y muy coherentes con el resto de la casa.»
El mayor desafío fue lograr que varios ambientes convivieran sin perder continuidad. Living, comedor, cocina y terraza-quincho debían tener identidad propia pero funcionar, cuando se quisiera, como un gran espacio integrado. La clave estuvo en las ventanas: cuando se abren completas, los límites desaparecen. «Que distintas personas puedan habitar la casa simultáneamente», explica Rodríguez. «Que haya adultos conversando en un sector, niños jugando en otro, amigos juntos en la terraza, pero que todos sigan sintiéndose parte del mismo encuentro.»


Ese es, en el fondo, el sello de Studio AR: diseñar espacios que funcionen bien tanto cuando están llenos de gente como cuando los habita una sola persona. Espacios que, según ella, «invitan a quedarse, a compartir y a disfrutar la vida cotidiana.» Para lograrlo, Rodríguez trabaja siempre desde las personas: cómo vive cada familia, cómo se relaciona, qué espacios usa más durante el día. A partir de eso construye una atmósfera. En este caso, una de paleta tranquila, materiales que envejecen bien y flores y textiles que agregan capas de textura sin recargar.


«Creo que hoy el interiorismo tiene menos que ver con decorar y más con entender cómo queremos vivir», dice. «Cuando un lugar funciona bien, invita a quedarse.»
En Casa Punta Pite, ese lugar son todos sus espacios.





