En medio de los Alpes Suizos, a 2.000 metros de altura, esta casa se camufla con los bosques y la nieve. Su arquitectura está pensada para no desviar la atención del paisaje que la rodea, que parece estar sacado de una pintura. Hecho con materiales nativos, este refugio familiar forma parte de su entorno hace veinte años.

 

St. Moritz es un lugar único: desde hace más de 3 mil años que los europeos llegan a esta localidad ubicada en medio de los Alpes Suizos, en la región de Alta Engadina, para descansar. Fueron sus aguas termales, que nacían debajo del lago St. Moritz, las que atrajeron a los primeros visitantes y lo convirtieron en un lugar de relajación, curación e incluso peregrinación (en 1519 el Papa León X prometió una absolución a quienes visitaran el manantial). Poco a poco se fue llenando de hoteles, primero como un balneario turístico de verano y luego como el lugar de las vacaciones alpinas de invierno (con el centro de esquí más antiguo del mundo).

En medio de sus montañas, camuflada entre los bosques, las piedras y la nieve, está la casa de la holandesa Ester Velo Van Hulst. En donde hace 20 años había un antiguo hotel, ella ha construido un punto de encuentro para disfrutar en familia y con los amigos. Con su marido y sus tres hijos se escapan cada vez que pueden para “esquiar, salir a caminar y hacer vida social”, nos cuenta. Y los cuatro pisos de la casa tienen el espacio suficiente para invitar a los que quieran.

La arquitectura estuvo a cargo de Fabrizio Frisardi, famoso por los refugios que ha hecho en los Alpes. Inspirado con los matices, la energía, la historia y los materiales nativos del lugar, Frisardi quiso plasmar el encanto natural en el diseño. Una casa de madera construida sobre una base de piedra, con una torre octogonal que no sólo rompe el estilo tradicional, sino que también ofrece una vista panorámica de 360°. Adentro, en el salón del último piso, se aloja el lugar favorito de la dueña, “donde nos juntamos después de esquiar”, cuenta.

El interior de la casa está lleno de detalles tallados en el techo, las paredes, el suelo y en los marcos de las puertas y ventanas. Basado en el estilo tradicional y usando técnicas antiguas, el artista local Romano Pedrini diseñó y trabajó la madera, en su mayoría pino, para hacer la decoración y algunos muebles. A esto se le suma el trabajo de Oskar Kleger, quien talló una serie de diseños en tonos grises para adornar las paredes blancas. El artista usó el mismo color de las piedras que hay en espacios como la cocina, los baños y la chimenea, las que pertenecieron a un antiguo monasterio de Borgoña.

La elegancia y el buen gusto de Ester se reflejan en la decoración que ella misma hizo. Al igual que la arquitectura, el diseño interior de la casa es un reflejo de la naturaleza alpina: con sus materiales, sus colores e incluso sus animales. Las lámparas y algunos de los muebles tienen forma de cuernos, las piezas llevan el nombre de ciertas especies y en el techo de la salita de la torre hay medallones con dibujos de la fauna nativa. La dueña tomó la calidez de la leña, las pieles y los textiles naturales para crear un ambiente acogedor y de relajo.

A pesar de que queda en uno de los destinos turísticos más exclusivos de Europa, en donde siempre hay panorama, en este refugio sobran los motivos para quedarse encerrado. Con un buen libro en la mano, la naturaleza se puede disfrutar puertas adentro: con la espectacular vista que recorre desde la cima del Piz Corvatsch hasta el lago St. Moritz. Aunque los generosos días soleados –que en este lugar superan al promedio– son una invitación para salir a aprovechar al aire libre, la tentación de volver a refugiarse en la comodidad y la tranquilidad de la casa es inevitable.