Juego de contrastes

Con tenacidad e intuición la francesa Armel Soyer fundó la galería que lleva su nombre y se afirmó como un referente en la escena parisina e internacional. Su casa exhala arte. Pocas piezas, pero todas con carácter, puestas de una manera tan sutil y adecuada que ninguna compite con otra.

Vive en el barrio del Centro Pompidou, área industrial reconvertida en destino de los modernos amantes de la multiculturalidad. De un lado de la calle, se encuentra la galería, del otro, su íntimo hogar. Un espacio de unos doscientos metros cuadrados repartidos en dos niveles de lo que era una antigua fundición hecha con una arquitectura metálica de principios del siglo XX. “La reestructuración se realizó levantando pocas paredes, para poder desplazar fácilmente los objetos. Eso permite una libertad que se adapta a mi vida”, dice. En la planta baja se haya el living y la cocina abierta; en la superior, su pieza y un gran baño.

Cada centímetro del dúplex exhala arte. Pocas piezas, pero todas con carácter, puestas de una manera tan sutil y adecuada que ninguna compite con otra. Entre pisos de cemento pintado de negro, juegos de contrastes, toques de color y piezas de lo más exclusivas, es como para sentarse a contemplar todo lo que hay. De la decoración forman parte creaciones de artistas que Armel cobijó bajo sus alas, de Mathias Kiss a Ifeanyi Oganwu, pasando por Emmanuel Bossuet, Pierre Gonalons y Julian Mayor. Una refinada serie de “coup de cœur”, ligados probablemente a un gusto por lo bello y refinado que lleva en sí desde pequeña. “Desde chica tuve costumbre de seguir a mi madre en sus paseos por los anticuarios”, confiesa Armel. “Ya de adulta, frecuenté la escuela del Louvre y me formé profesionalmente en la famosa casa de subastas de Drouot. El resto probablemente lo debo al carácter que he heredado de mi abuela, una mujer de mucho temperamento y sentido práctico, una de las primeras en invertir en bienes inmobiliarios”.

Guiada por estos ejemplos, Armel Soyer obtuvo un diploma en Economía, luego se radicó en Estados Unidos para trabajar para la empresa de cristales Lalique: “Una experiencia muy importante para mí, ya que pude descubrir que los productos que tienen buena calidad siempre seducen a las personas”. Otro evento muy importante en su vida fue el encuentro con el fotógrafo y director artístico Gilles Pernet, quien luego se convirtió en su marido. “Gracias a él pude concretar mi sueño y dedicarme plenamente a la aventura de abrir una galería, acompañada por el eco creativo de una nueva generación de artistas y artesanos de arte, quienes decidieron acompañarme. Creo que mi gran acierto fue haber sido capaz de reconocer a las personas que poseen un talento excepcional”, asegura.