Aquí los cuadros cuelgan hasta de las ventanas y las alfombras están unas sobre otras. La decoradora Valentina García Mekis no escatima en detalles, ni en color, ni en adornos y su casa es testimonio de eso: una explosión de color, de maximalismo y de un talento esencial para mezclar todo con todo.

Sólo como dato, Valentina vive en esta casa hace poco más de siete años y en este tiempo el tono, el papel mural y el engenerado de las paredes han cambiado al menos tres veces; ha retapizado sofás y sillones otras tantas y transformado cortinas, piezas, baños y cocina. Ha movilizado de aquí para allá cuadros, alfombras y adornos, siempre bajo una consigna dorada: nada se bota, todo se aprovecha y se reutiliza.

Así las cosas, si a esto le sumamos una energía e intensidad inagotable, un ojo entrenado para encontrar cosas lindas y combinar magistralmente lo antiguo, lo nuevo, lo bueno y lo más o menos y una irremediable incontinencia por cargar con lámparas, platos y recuerdos de sus frecuentes viajes, el resultado es uno sólo: en esta casa los cuadros cuelgan hasta de las ventanas. Literalmente. Las alfombras están unas sobre otras, no hay espacio sin sorpresas y más que decoración, aquí hay colecciones: docenas de velas, cojines, jarrones chinos, cajas, ceniceros, canastos, etcétera, etcétera, etcétera.

Valentina tiene una explicación muy clara para esto: “Está en mi ADN, lo heredé de mi mamá, aquí todo cabe y siempre hay espacio para algo más”. Y su vínculo con las cosas es puramente emocional, una necesidad de atesorar historias y recuerdos que revive cada vez que los mira. “Creo que es parte de la esencia del ser humano, cada objeto relata algo del pasado y siempre le digo a mis clientes que entre más historias, más propios y acogedores son los espacios”.

El punto es que, además de una imprescindible cuota de valentía, hay que tener talento y muy buen gusto para mezclar tanta cosa y tan bien. Y esta decoradora tiene ambas, arrojo y una agudeza muy propia para lograr espacios lindos y armónicos.  De hecho, esta casa hay que recorrerla varias veces para terminar de descubrirla. Sin miedo, Valentina mezcla con total osadía el naranjo con el verde; el terciopelo con rayas, batik y toile de jouy; una alfombra persa con una comprada en el supermercado y un cuadro heredado con uno pintado por ella en un desvelo nocturno. Todo es así, excéntrico, sin reglas ni estructuras; aquí lo único que mueve a su dueña es la estética: “Fino, barato, viejo, da lo mismo, lo único importante es que sea lindo”, resume.

Inquieta y creativa, esta mujer se define como arquitecta de profesión, decoradora de oficio y cocinera por pasión, y nunca pierde la oportunidad de sacarle partido a esta tesis. Por ejemplo, jamás permite que alguien envuelva algún regalo por ella, para eso tiene cientos de cintas y papeles; cocina diariamente para sus tres hijos y su marido; la hora del desayuno siempre es alrededor de una mesa maravillosamente bien puesta y evento familiar que haya (o inventen), es en su casa. Para eso tiene un sector especialmente habilitado donde almacena las más variadas y preciosas copas, fuentes, platos y cubiertos, todo para 60 personas.

Así como abundan los detalles, en esta casa tampoco faltan la música fuerte (cada niño toca un instrumento), las flores y algún maestro rondando por ahí, porque siempre hay algo en proceso de arreglo o modificación. Esta casa es y será siempre una permanente y sistemática sorpresa. Eso es un hecho.