La magia del sur

Cuando llegan visitas a este campo en Panguipulli, muchas veces, al ver el galpón a lo lejos, se devuelven por el camino y llaman a los propietarios para preguntar donde es la casa. Y esa era justamente la idea del arquitecto Jorge Swinburn: levantar una construcción que se fundiera con el entorno, para que el paisaje fuera el protagonista absoluto del lugar.

La primera vez que el arquitecto Jorge Swinburn vio la lomita rodeada de pasto brillante y bosques en medio del campo, visualizó la construcción que debía ir ahí: una fortaleza tipo galpón donde el paisaje sería la continuación inmediata de la casa. Sus propietarios, una pareja con seis hijos y once nietos, le hicieron sólo dos requerimientos: que cupieran todos y que la construcción no llamara la atención. Hace 10 años que esta familia tiene este campo lechero en Panguipulli y quisieron construirse una casa para pasar el mayor tiempo posible allá. “Me encanta el campo, yo viviría ahí. No hay nada que me guste más que el olor a madera, a pasto, a caballo”, cuenta su dueña.

A Jorge Swinburn le bastó esa primera visita para entusiasmarse con el proyecto y empezar a desarrollar su idea: una construcción que se fundiera con el entorno y que tuviera que ver con la tipología de los galpones de los fundos del sur. “No quería intervenir el paisaje ni que la arquitectura compitiera con él”, comenta Swinburn.

El proyecto se centró en un zócalo cuadrado de concreto armado de 52,5 x 52,5 metros donde la casa en “ele” forma un patio de 40 x 40 metros. “A los arquitectos nos gusta ordenar las cosas. Yo trabajo con módulos. Me basé en una cuadrícula de once módulos de 2,5 metros, que corresponde al ancho de la galería y del corredor, y toda la casa se proyectó buscando una gran variedad dentro del orden. Este galpón podría haber tenido cerchas todas iguales, pero la gracia fue que se hizo con una estructura de mayor riqueza”, cuenta el arquitecto. La construcción está compuesta por el living, el comedor, la cocina, la terraza techada y el dormitorio principal con nueve metros de altura de piso a cumbrera; cuatro piezas con baños con acceso a la galería y al corredor, en cuyos entretechos se habilitaron dos grandes dormitorios con varias camas para que cupieran todos los nietos; y un sector con el estacionamiento y los servicios. «Se dio en este caso una conjunción entre los propietarios –fuera de algunas pequeñas sugerencias– y el equipo que trabajó en desarrollar los planos. Este último fue de muy buen nivel arquitectónico, incluyendo también al constructor –oriundo de Valdivia y que hizo la Catedral de esa ciudad–, quien fue fundamental por la calidad de su trabajo», dice el arquitecto.

La elección de los materiales se basó en que la casa necesitara el menor mantenimiento posible: concreto para la base, madera de ciprés para el interior y tablas metálicas pintadas de color café para el exterior. “El constructor Carlos Zarges fue muy importante. Como buen sureño daba soluciones muy inteligentes y prácticas. Todo está hecho con cuidado, supo sacarle partido a cada elemento”, dice la dueña.

Una de las grandes gracias de la casa es que es muy acogedora a pesar de sus grandes dimensiones y altura. “Cuando estoy sola, no se siente vacía, y cuando vamos todos, no se siente llena”. Tanto la madera, las vigas, el piso de laurel así como la decoración aportan calidez. Enrique y Carola Concha trabajaron un interiorismo muy acertado y sureño, con pocos elementos que ocuparan bien el espacio, mucho material noble y colores neutros. Una decoración que, igual que la arquitectura, deja que las vistas se lleven toda la atención. “Vemos el sol desde que sale hasta que se pone” , dice su dueña.

La idea original era que el paisaje fuera la continuación inmediata de la casa. Sin embargo, el ganado llegaba hasta las mismas ventanas y sus dueños optaron por poner una tranquera alrededor. Mas allá de ésta están los bosques, el río, las caballerizas y la lechería, las cientos de vacas pastando, las nubes blancas y el cielo azul intenso, como la mejor postal del sur.