Nómade

*Publicado originalmente en mayo de 2015.

Ese lugar común de que “la casa es el reflejo de su propietario” deja de ser un cliché cuando se trata de Tere López. Esta diseñadora, fotógrafa y exmodelo, conocida por su naturalidad y para muchos una de las mujeres más lindas de Chile, impregnó en su casa en Lo Barnechea su sello: como ella, acá todo es auténtico. Con objetos de buena familia que la han acompañado una vida, materiales nobles y una capacidad de improvisar envidiable, hizo de su casa algo tan único como su historia.

Con varios collares al cuello, el pelo tomado, una camisa de lino calipso a tono con sus ojos, jeans y Crocs, Tere López baja de su jeep, le hace cariño a los cuatro perros de raza malamute que le saltan encima y antes de entrar a su casa se saca los zapatos. “No es necesario que te los saques. Es sólo que yo no los soporto”, dice.

Atraviesa un antiguo portal indio –con un intrincado labrado en madera, un dragón y dos caballos en cada esquina– por el que se accede al comedor y a la cocina. Mientras prepara un té de hibisco y ofrece pomelos confitados, almendras y cranberries, explica: “Este portal es mi bandera, soy yo: me gustan los caballos (tiene uno tatuado en toda la espalda), soy un dragón en el calendario chino, y es el lugar más importante de mi casa. Yo decido quién puede entrar a través de él”.

Así de clara es. Siempre supo que apenas pudiera se iría a vivir arriba de los cerros. La montaña y la naturaleza la han determinado desde chica: creció en Arauco, lugar del que tiene sus primeros recuerdos de infancia cabalgando por el campo al lado de su papá. Del sur pasó a la cordillera santiaguina y se reconoce fanática de la nieve y enamorada del snowboard. Pasa temporadas enteras entre La Parva y Valle Nevado y durante un tiempo fue coach de sus dos hijos menores, Iñaki y Roberta Irarrázaval, ambos campeones sudamericanos en ese deporte. “Desde que mis hijos eran chicos que quería que mi casa definitiva fuera en el cerro”. Aunque hablar de cosas “definitivas” no está en sus planes. “Me muero con la monotonía, necesito moverme, cambiar lo que merece ser cambiado y estoy siempre inventando cosas”. Este principio lo ha aplicado a cabalidad en su casa.

Llegó a este sitio hace cuatro años y construyó una bodega donde guardar los materiales para levantar la construcción. Pero los permisos municipales para construir se atrasaron y ella, cansada de la lentitud del sistema, decidió dar la pelea. “Me traje todos mis muebles al terreno, metí la cama dentro de la bodega y me instalé acá a hacer patria. Me sentía una colona”, cuenta.

La bodega fue el punto de partida desde donde proyectó el resto de la casa. “Prácticamente estuve dedicada por dos años a levantar esto junto a cuatro maestros excelentes. Aparte de varias cosas, estudié construcción y me gusta estar metida en las obras”.

El look que le quiso dar lo tenía pensado desde siempre: muros de piedra y pisos y cielos de madera, complementados con puertas y ventanas de demolición, además de especiales piezas de la arquitectura, como la viga estructural portal del comedor de 230 años de antigüedad, completamente tallada, y que es pilar angular del ala este de esta casa de campo en la cordillera. “Me gustan los materiales nobles y las cosas de verdad y con historia”. Durante mucho tiempo se dio vueltas por los anticuarios de Mapocho comprando muebles, lámparas y mil adornos. Así encontró hace más de veinte años el sofá victoriano de cinco cuerpos semicurvo que tiene en el living y que acompaña a una enorme montura de elefante que se trajo de Inglaterra y que hace las veces de mesa de centro. En el mismo espacio está su cama, al lado de una antiquísima puerta de madera de un templo indio que derribaron y que un amigo le mandó desde el Oriente. Al abrir dos puertas, se accede al comedor y la cocina, que están en un espacio blanco, cálido y luminoso. Una antigua mesa, también de estilo victoriano y que se puede ampliar hasta cinco metros, se roba el protagonismo.

Casi todo lo que se ve en esta casa tiene una historia: las antiquísimas lámparas del escritorio pertenecieron a Salvador Allende y las heredó de su papá, mientras que los cuadros que adornan las paredes fueron todos pintados por ella, y la preciosa réplica de la iglesia de Los Dominicos hecha por Cuca Burhard.

En el jardín, donde se oye el ruido del río Mapocho y la vista se pierde en la cordillera, se mezclan los objetos antiguos. Hay un escaño y mesa hindú de mármol esculpidos que datan de 1830, también budas, fuentes y vasijas que trajo de Bali, donde estuvo seis meses el año pasado. De esta estadía nació la idea de traer objetos de piedra y otros de madera de teca, y construir en su casa un espacio al aire libre donde exhibirlos; llamó a este sector el Little Bali Jardín Boutique, y aquí los objetos orientales se complementan con las plantas nativas de un vivero que tiene hace un tiempo. “La idea es seguir renovando los objetos y recibir a la gente que viene a comprar, que se tome un café y salga un rato de Santiago”, cuenta Tere.

Inquieta como es, decidió además hacer un hotel en su casa y un lugar de recepciones privadas, matrimonios civiles, lanzamiento de libros, exposiciones… se presta para todo. “Mis dos hijos menores estudian Ingeniería en Hotelería y Turismo y serán mis principales accionistas. Mi hija mayor y su marido tienen el Hostal Puertezion y una escuela de surf en la playa de Puertecillo; la idea es hacer cosas con ellos y con otros hoteles boutique con los que coincidimos en el tipo de huéspedes: normalmente viajeros cultos, de un buen nivel económico y en su mayoría deportistas. Estoy también ligada a Chileheliski, Coa Surf, FLX Parapente&Heliflight y Niche Snowboards de los que, como familia, somos representantes. La idea es recibir a los extranjeros con los que nos toca relacionarnos y ofrecerles un turismo “vivencial”. La experiencia de compartir con gente local, tomar desayuno planeando el día juntos, preparar asados al palo en las tardes, darles buenos datos, acompañarlos al mercado para luego cocinar algo criollo, etcétera, no tiene precio para ellos”.

Mientras el sol del atardecer tiñe los cerros de amarillo, Tere camina por un sendero que atraviesa un jardín que está haciendo Ignacio García, de Vivero Pullally, y llega a una casita que está terminando de construir. La hizo con los materiales reciclados que le sobraron de su casa y en un futuro la unirá con la construcción principal mediante jardines zen de bajo consumo de agua que ella está diseñando. “En este lugar está todo lo que quiero. Mi casa tiene lo que necesito y es grande porque me encanta que esté todo el familión junto, soy una total materfamilias, pero mis guaridas son chiquitas, me gustan los lugares acogedores calentitos… Me despierto creando, me encanta construir, no paro y, por eso, las casas que he tenido terminan siendo siempre “la casa grande” y yo me voy trasladando a un nuevo lugar, en el mismo terreno y que tenga aires de refugio diminuto… Ahí leo, pinto, sueño”.