Remodelación total

José Miguel de la Cerda, el dueño de este departamento en Vespucio, es todo un personaje. Acá, todo tiene cuento, desde la remodelación que logró completar más de diez años después de haberlo comprado, hasta los muebles que le llegaron en el momento preciso. Una historia que vale la pena leer.

Cuando le pregunto cómo armó este lugar donde vive hace sólo un par de meses, José Miguel de la Cerda cuenta muerto de la risa: “Un día una amiga me dijo: ‘oye, se murió una amiga, tiene un sofá, no sé si te interesa’. Lo pasé a ver y vi que había muchos muebles de los años 70 y unos baúles antiguos y le dije que me interesaba todo. ¡Y me regaló todo! Así es que así lo armé, sin ningún esfuerzo. Esa es toda la historia”.

Pero en realidad la historia empieza mucho antes, el año 2003, cuando compró el departamento. Con su buen ojo vio el potencial de este espacio y armó un plan: lo iba a arreglar y después vender. Pero no fue tan simple… “Este fue el primer departamento que hice y lo arreglé pésimo, fue un desastre. Tan mal lo arreglé, que al final no se vendió, así es que lo tuve que arrendar”, cuenta. Y aunque la experiencia fue estresante y el resultado muy poco alentador, José Miguel siguió su instinto y lo intentó otra vez con otro departamento. Y otro más. Y así fue afinando el ojo, encontrando a los maestros perfectos, y entendiendo qué era lo que quería de cada lugar. “Me encanta comprar lugares, arreglarlos y venderlos. Sufro harto por dentro cuando lo estoy haciendo, porque es muy complicado. Digo, ‘¿para qué me metí en esto? ¿qué estoy haciendo?’, pero cuando está listo siento la necesidad de volver a iniciar lo mismo”.

Así, después de más de 10 años, y tras haber vivido cinco en Estados Unidos, volvió a Chile y recuperó ese primer departamento en Vespucio, el de los techos altos y la vista soñada al Club de Golf. Y nuevamente, lo cambió. Originalmente tenía tres dormitorios, más pieza y baño de servicio, todo lleno de recovecos; y él lo que quería era dejarlo limpio y amplio. Eliminó tabiques, para dejar pocos espacios, pero grandes; hizo la cocina entera de nuevo, igual que los baños; cambió todas las ventanas por unas alemanas que lo aíslan completamente del ruido; y potenció la vista. Y esta vez, lo logró con creces.

Después de terminar la remodelación, y con los espacios completamente a su pinta, empezó a armarlo con muebles que se había comprado en Estados Unidos, otros tantos que había heredado y, por supuesto, todos esos muebles de los años 70 que le llegaron en el momento preciso. Como el departamento es muy luminoso, se la jugó con colores oscuros y bien masculinos para las paredes, como el gris verdoso del living, o el azul de su pieza. “Con buena altura, espacios grandes y mucha luz todo el día, el color oscuro es lo que había que poner”, dice con la seguridad de quien a estas alturas es un experto autodidacta.

Y aunque lleva sólo tres meses instalado acá, se ve que es un espacio con historia, donde conviven muebles antiguos con otros más modernos y unas obras de arte de gran formato que le dan vida. “Encuentro que quedó divertida la mezcla, es todo como vintage. Este departamento no tiene nada de estudiado, los muebles cayeron y perfecto. Funcionó, fíjate”, dice. Pero la gran protagonista de esta casa es, sin duda, la vista. En la noche se ven los edificios al fondo, y cuando hay luna llena, se ilumina el Club de Golf como si fuera de día. El atardecer es precioso y el amanecer también. Acá, cada hora del día tiene una vista única, bien increíble. Como está en un piso 12, se oyen los queltehues que se pasean por ahí y hasta un halcón peregrino ha llegado a posarse en la ventana.

La tranquilidad de este lugar sólo se interrumpe cuando hay invitados, que no es poco frecuente. Cuando le pregunto a José Miguel cómo vive el departamento, responde rápido y casi sin pensarlo: “Con mucha fiesta”. Como le gusta convidar y estar rodeado de sus amigos, los panoramas se arman de forma espontánea, bien seguido. “Llevo tres meses y he hecho como dos fiestas por semana; ya me odian los vecinos”, dice sin poder ocultar una pequeña sonrisa. “Me encanta la fiesta y recibir gente. Me cargan esos lugares en que uno no puede hacer nada, porque aparte este es un departamento que tiene un espacio muy grande como para recibir gente, entonces, ¿va a estar solo? ¡No! Tiene que llegar gente. La fiesta en la casa no tiene comparación con estar en un pub”.

Meticuloso como es, dice que sabe que su casa todavía no está lista, que los lugares hay que armarlos de a poco, dejar que las cosas lleguen, vayan calzando. “Antiguamente se hablaba de la pátina del tiempo, que era algo que no se podía imitar. Lo mismo pasa con una casa nueva. A la mía todavía le falta un poco, y no tengo ansiedad en que quede perfecta altiro”, dice. Por mientras, él ya está buscando un nuevo proyecto para remodelar, un espacio con potencial, de esos que conoce tan bien.