Santiago revisitado

El dueño de este departamento vivió en Buenos Aires por muchos años y hace un par volvió a Santiago para quedarse. Instalado en un edificio del barrio El Golf, este lugar es un reflejo de su ojo cosmopolita y de su buen gusto, a lo que se le suma una espectacular vista a los jardines del Club de Golf Los Leones.

El dueño de este departamento es chileno, pero ha vivido gran parte de su vida en el extranjero. A principios de los 90 se fue a Buenos Aires por trabajo y fue tanto lo que le gustó la ciudad que se quedó por varias décadas. Fue precisamente ahí donde lo conocimos. Primero le hicimos un reportaje a un departamento del siglo XIX que tenía a tres cuadras de la Recoleta y años después a otro más grande, con una linda vista a la Plaza Pellegrini y decorado absolutamente de época.

Ingeniero de profesión y con una contundente carrera en el mundo de los negocios, además de habilidad con los números tiene una pasión indiscutida por la decoración y un ojo infalible para elegir piezas de arte. Desde chico le han fascinado las antigüedades, era de los que salía con sus abuelos a los remates y ya en la universidad vendía muebles con su hermano como hobby. Hoy es todo un conocedor de las mejores tiendas, anticuarios y ferias de reliquias. “Desde siempre he tenido un amor por los objetos. Viene por el lado de mi familia, pero no nos interesa aparentar o andar mostrando las cosas. Las compramos porque nos gustan, para poder disfrutarlas y convivir con ellas, no para sacarlas cuando llegan visitas. Creo que uno no elije los objetos, sino al revés, ellos te escogen a ti. Te encandilan, te guiñan un ojo. Y a su vez, uno tiene la responsabilidad de cuidarlos, gozarlos, vivirlos”, dice.

Radicado nuevamente en Santiago hace tres años, hoy vive en un departamento en el barrio El Golf, a dos pasos de su oficina, del metro, de restoranes y tiendas, y con una gran vista al Club de Golf Los Leones y al cerro Manquehue. “Este lugar lo había comprado hace un tiempo como inversión. En un momento pensé en irme a vivir a otro edificio, pero al final me quedé porque me enamoré de la luz que tiene, además es central y muy fácil de mantener, algo importante, porque sigo viajando por trabajo”.

Son cerca de 180 metros cuadrados muy bien distribuidos, con living y comedor separados, dos dormitorios –uno de alojados y el principal–, grandes ventanales y una exquisita terraza con barandas de vidrio que dan la sensación de estar flotando sobre los árboles de las canchas de golf. “La ciudad de Buenos Aires y sus edificios antiguos inspiran a una decoración más de época, teatral. Uno se siente como en un escenario, donde se ven muy bien las cortinas de terciopelo, los biombos Coromandel y las porcelanas. Santiago en cambio, motiva a la modernidad, a ambientar los espacios de forma más despojada, más simple. Sentía que este departamento se iba a ver disfrazado con las cosas del de Buenos Aires. Los objetos antiguos no perdonan, necesitan de techos altos y de espacios muy amplios, no es posible ponerlos en espacios chicos. Así que aquí opté por la decoración moderna. Además siento que es divertido, porque cuando voy a Buenos Aires –ya que sigo manteniendo el departamento allá– me pongo un traje más antiguo y cuando llego acá cambio el switch y me pongo uno más contemporáneo, de mucha tecnología”.

La mayoría de los muebles son italianos, los compró en Buenos Aires, pero son importados. Esto, porque tal como explica, llevaba tanto tiempo viviendo allá que conocía las tiendas al revés y al derecho y quería irse a la segura. Pero cuando llegó a Santiago se dio cuenta que aquí había incluso más variedad de objetos. Además, su vuelta a nuestro país le ha ayudado a aprender de arte nacional. Comenzó a ir a las galerías locales y “a adentrarme en este mundo que ha evolucionado muchísimo desde los 90, cuando partí a Argentina”, dice. Entre las obras que hoy tiene se cuentan piezas de Roberto Matta, Jorge Tacla, Matilde Pérez, Francisco Gazitúa y Vicente Gajardo, a lo que se suman otras internacionales de Manolo Valdés, Francis Bacon, Julio Le Parc, Eduardo Chillida y Nicola Costantino. “Me dejo llevar mucho por la intuición. Conocí la obra de Le Parc en Buenos Aires y no sabía si era bueno o malo, pero me enamoré de un cuadro y me lo compré. A Jorge Tacla, por ejemplo, lo conocí cuando llegué a Argentina y siempre dije que cuando volviera a Chile iba a tener una obra suya en mi casa. Y así lo hice”.

Gozador, este empresario confiesa que ha disfrutado muchísimo de su departamento desde que llegó. “He aprovechado de hacer cosas que jamás se me hubiesen ocurrido en Buenos Aires. Allá se sale mucho más, se come afuera y uno va constantemente a espectáculos. En Santiago, en cambio, se hace mucha vida dentro de las casas”. Cuenta que se compró una colección de películas antiguas que ve cada vez que puede, también lee, se sienta a oír música y cada cierto tiempo invita a sus amigos. “Me gusta usar todos los objetos siempre, aunque sean valiosos. Siento que las cosas hay que aprovecharlas. Antiguamente las guardaban para las grandes ocasiones, se les tenía respeto. Yo en cambio creo que hay que sacarles el jugo y, si se rompe algo, se arregla o se reemplaza. Esa fue una enseñanza implícita de mis papás. Ellos me aleccionaron a que la casa no es un lugar intocable sino un espacio para compartir”. Sin lugar a dudas que este hombre ha seguido al pie de la letra esta idea.