Simpleza absoluta

Felipe Assadi y Francisca Pulido resolvieron este encargo en la costa con una construcción de concreto que se inclina paralela a la pendiente. Un proyecto lleno de contrastes y sintético al máximo.

Desde la bahía se ven los acantilados, los altos pinos, el mar golpeando las rocas y la moderna casa inclinada, como deslizándose pendiente abajo. Y no es un efecto visual: este paralelepípedo de concreto está deliberadamente caído hacia un lado. Cuando los arquitectos Felipe Assadi y Francisca Pulido se enfrentaron a este proyecto en Bahía Azul, estudiaron distintas opciones de cómo enfrentar la pendiente del terreno hasta llegar a la solución: construir la casa paralela a la gradiente. Esto se tradujo en una cáscara de concreto inclinada, en cuyo interior se desarrolla el programa en cinco niveles planos diferentes, independientes de la fachada. “Hace rato que estoy enfocado en solucionar las complejidades de los encargos con la menor cantidad de movimientos posibles. Y esa reducción de la complejidad termina en una pureza formal”, cuenta Felipe Assadi. Esta honestidad no se limita sólo a la forma sino que también se extiende a la materialidad. El concreto cumple una función estructural y a la vez marca una declaración de principios como único material constructivo: acá las cosas son lo que son. No hay revestimientos, ni cielos falsos, ni accesorios. En esta casa se habita la estructura. La coherencia es total: pureza formal y síntesis de materiales. “Se trata de vivir en una escultura”, agrega el arquitecto.

Al entrar a la casa, luego de bajar por planchas de concreto que se van hundiendo en el terreno, todo es amplitud y claridad. Tanto los ventanales como patios interiores y altas ventanas inundan de luz natural los espacios. La cocina, el comedor, el living y el dormitorio principal están distribuidos en cuatro niveles diferentes con acceso a una terraza que rodea la casa y que genera distintos ambientes para cada sector. Así, por ejemplo, la cocina tiene acceso a un quincho, el comedor a una terraza de corte más rústico donde se lucen las esculturas de bañistas de Ignacio Gana, y el living, a un juego de modernos muebles de polipropileno.

Un piso más abajo, aprovechando el espacio que se generó bajo la casa, se proyectó un sector para invitados con dos dormitorios y una salita de estar.

En la decoración el sello es el minimalismo acentuado con muebles empotrados, sofás y mesas de líneas rectas y puras, y clásicos del diseño moderno como la Lounge chair, la Arch lamp o la lámpara Tolomeo. Una paleta de colores neutra para los tapices, cuadros y alfombras termina de darle la coherencia a cada habitación de esta casa sin distraer de lo realmente importante: el entorno. Así, los vanos rectangulares de la fachada, que enmarcan el paisaje parcelando la vista al mar en cuadros diferentes para cada sector, se llevan toda la atención.

Una de las gracias de este proyecto es la tensión entre las diagonales que establece la estructura inclinada, y las líneas paralelas que fijan tanto el horizonte del mar como los vanos de la fachada, o la piscina que sobresale de las rocas con su marcada horizontalidad. “Elegimos crear este contraste para realzar el ‘trazo chueco’ de la casa en vez de esconderlo”, dice Assadi.

“Hay algo de ruina en esta casa, de esas construcciones abandonadas que pierden sus vidrios, sus detalles, y adornos y donde sólo queda la estructura. Eso me gusta de este proyecto, que tiene esa segunda lectura: la de una casa tirada a la orilla del mar”, dice el arquitecto.