Transformación total

El departamento de Rodrigo Cisternas es digno de un capítulo de Extreme Makeover. Cuando llegó, hace tres años, era un dúplex cualquiera, pero después de una remodelación que no dejó pared de pie, lo transformó en un espacio completamente distinto, luminoso y acogedor.

Es difícil imaginar cómo era este lugar cuando Rodrigo llegó por primera vez. Dice que era un asco, pero ahora todo brilla. Que era muy cerrado, pero ahora es amplio y luminoso. Y es que el trabajo de remodelación de este dúplex en Alonso de Córdova fue total: botaron todas las paredes y dejaron sólo la “cáscara” del departamento. Se deshicieron de la baranda de la escalera, porque era tan ancha y pesada que hacía que se perdiera la gracia de la doble altura; sacaron el hall de distribución y abrieron todo el espacio; ampliaron el comedor a la terraza y lo conectaron con la cocina para que recibiera luz natural. En el segundo piso se deshicieron de una pieza y dejaron sólo el dormitorio principal y una salita llena de revistas entretenidas para leer. Y además, obvio, agregaron más clósets, algo inevitable para uno de los hombres más estilosos que uno puede conocer.

Con el esqueleto listo, empezó la difícil tarea de decorar, que decidieron tomarse con calma. “Sabía perfectamente las cosas que quería y de a poco las fui encontrando. Prefiero tener la casa pelada a ir comprando cosas por obligación o por llenarla”. Fue así como estuvieron casi dos años sin lámpara para el comedor, hasta que en un viaje a Nueva York, Rodrigo encontró la que tanto había imaginado en Restoration Hardware.

La idea era crear una onda bastante urbana, pero bien acogedora, “ni muy moderna, ni muy clásica”, por eso eligió telas cálidas para los sillones, plantas grandes que le dan movimiento y varias cosas heredadas. Tres años después, se nota que lograron la tarea. Acá no hay nada elegido al azar, todo fue pensado y cada cosa tiene su lugar. En un día cualquiera, el departamento se ve igual como se ve en las fotos, aunque no haya cámaras ni un fotógrafo dando vueltas.

El ojo que pusieron en los detalles se ve en todo. Rodrigo eligió desde los tiradores de los clósets –que también trajo de Estados Unidos– hasta el tapiz de los sillones. Incluso él mismo tapizó las sillas del comedor; se compró una engrapadora y puso manos a la obra. Dice que se entretuvo como nunca y logró exactamente lo que quería.

Como a Rodrigo le gusta cocinar, la cocina se convirtió en el corazón del departamento. Acá toman desayuno y comen todos los días, viendo tele o conversando. Y como son buenos para convidar, también la han convertido en el centro de sus reuniones: comen en el comedor, pero usan la isla de la cocina como buffet, y cuando ya está todo muy desordenado, cierran las puertas y se olvidan. Incluso han pensado en convertir el comedor en una especie de family room, con escritorio, sillones y una onda más relajada. Total, si van invitados, no tienen problemas en hacer algo más suelto, sin comedor, sólo platos sobre las piernas y algo rico para comer.

Además de todo el potencial que tenía el departamento, a Rodrigo le mató el barrio. “Es lo mejor que existe, lejos. Es de las ubicaciones más ricas que hay, porque se vive como antes”, dice. Salen a caminar, van al Parque Bicentenario, a los restoranes, los cafés y las tiendas. Tienen todo cerca y lo disfrutan. “Es un barrio con mucho movimiento, mucha vida”.