Para la decoradora Margarita Morales este departamento es un espacio de transición, un pie a tierra que busca transitar hacia una vida más depurada y sencilla. Mientras tanto, sigue disfrutando de su colección de antiguas piezas europeas que le hacen honor al estilo y cultura de otros tiempos.

Después de 20 años instalada en una gran casa en Lo Curro, con un interminable terreno y rodeada de espacio, por dentro y por fuera, Margarita Morales decidió cambiar radicalmente su estilo de vida e instalarse junto a su marido en un pequeño y encantador departamento. Esta mutación corresponde –según cuenta– a una nueva fase en su vida, una etapa de transición en la que busca depurarse y desprenderse lo más posible de lo accesorio. Pero hay que convenir que la tarea no es del todo fácil, considerando que esta decoradora, dueña de la tienda Orgánica, es una incondicional admiradora del barroco y el rococó francés. De hecho admite que, como parte de esta evolución, ve a lo lejos el minimalismo escandinavo como su inspiración, pero por el momento sigue viviendo entre sus antiguos tesoros europeos.

Su nuevo pied à terre (o cable a tierra, en chileno), como ella le dice a su casa, es un departamento con una preciosa vista a la cordillera y abalconado hacia un jardín diseñado hace varios años por Tere Moller. “La vista y el jardín era lo único lindo cuando llegué aquí, el resto era un desastre”, recuerda. Con buen ojo y sacándole partido a la arquitectura de base, diseñada por Izquierdo Lehmann, Margarita rasgó vanos, pulió mármoles, reemplazó todo el piso por roble (incluida cocina y lavadero), cambió quincallería y pintó paredes en su mayoría gris marengo. “Este lugar es silencioso y muy tranquilo. Mi idea era sumarle paz e intimidad”.

Sólo tardó dos meses en tenerlo listo y entonces comenzó a acomodar sus cosas de siempre, porque aquí prácticamente todo viene de su casa anterior. Quizá la única excepción es un mueble hecho a medida que tiene en el living diseñado por su hija y socia en la tienda, la arquitecta Francisca Godoy. Todo lo demás son reliquias que ha ido encontrando en sus viajes a París, donde aplana calles, ferias y anticuarios en busca de piezas europeas de los siglos XVIII y XX, sobre todo aquellos objetos de la época gustaviana, de la cual es gran admiradora. Como ella misma cuenta, este estilo fue el precursor del nórdico y nació del Rey Gustavo III de Suecia, monarca reconocido por su afinidad a las artes y al pensamiento francés ilustrado.

Viajera, ciudadana del mundo, inquieta y llena de intereses, Margarita vivió más de 20 años en Estados Unidos con su marido y cuatro hijos. Estudió medicina en la Universidad de Chile, carrera que no terminó, sin embargo, a lo largo de su vida se ha cultivado con otros estudios, entre ellos logística, asentamientos humanos y medio ambiente y actualmente, filosofía. Además, es una admiradora de la cultura francesa, de su excelente factura, su educación y civilidad.

Y este pequeño departamento, donde todo esto está puesto con mucho talento y proporción, es un reflejo fiel de sus intereses y convicciones. Cada espacio tiene su encanto y cada antigüedad se luce sin pretensiones, sino más bien, son un homenaje a la cultura de otros tiempos. Cuadros, monumentales espejos, lámparas, ropa de cama bordada a mano, bustos antiguos, cómodas y muebles suman historia, tradición y buen gusto.

Aunque admite que está muy contenta viviendo aquí, tiene claro que es un espacio de transición, porque su intención es, en un futuro no muy lejano, irse a vivir a Zapallar y desprenderse de lo que aún va quedando. “Soy una mujer muy sensible, que se crió en el campo, que disfruta de lo lindo y de la naturaleza. Por eso, a esta altura de mi vida pretendo purgar mi estilo y volver al origen”.