Consuelo Pérez lleva 20 años en el rubro de la decoración y hace uno dejó su tienda de muebles para dedicarse a sus proyectos a tiempo completo. El uso del negro en los espacios y la combinación de objetos atemporales con otros más modernos son su sello. Su casa es el mejor ejemplo de todo lo que es como decoradora.

Cuando Consuelo Pérez todavía estaba en la universidad se le ocurrió hacer muebles de pino oregón con los restos de una antigua bodega de su campo. De eso, a tener su propio taller y tienda, pasó muy poco tiempo; muy luego empezó a decorar desde hoteles hasta restoranes (el último, el comentado Margó). Su casa es el cúlmine de todo: con la libertad para hacer lo que quiso, es para ella uno de sus mejores logros.

Cuesta imaginar lo que hay detrás de la puerta de tres metros de alto de la entrada: un patio interior, un muro curvo hecho de piedra y una vista despejada al valle del Mapocho. Consuelo estuvo tres años buscando una casa antes de dar con ésta. Estaba feliz en su Ley Pereira en Vitacura y no tenía ningún apuro, hubiera esperado lo necesario hasta encontrar lo que quería: una casa en un lugar seguro, cerca del colegio de sus hijas, amplia, contemporánea y de buena arquitectura. Y esta construcción de Osvaldo Fuenzalida cumplía con sus expectativas, y con creces. “Era todo lo que estaba buscando, hecha de piedra, con buenas terminaciones, harta vista, hasta tenía la piscina de mosaicos que era mi sueño. No había que cambiarle nada”, cuenta. Su marido estaba de viaje el día que la vio y cuando llegó lo llevó directo del aeropuerto a ver la casa. Ya llevan cuatro años en ella.

A la hora de decorarla Consuelo tenía las cosas bien claras. “Me fue muy fácil amoblarla, sé lo que me gusta y lo que no”. Adecuó y retapizó los muebles que tenía, mandó a hacer a su taller las mesas, sillas y estanterías, compró antigüedades y piezas bien exclusivas y le puso mucho arte. El hilo conductor: el negro. Lo usa sin miedo. “El negro aparece en todo lo que hago. Lo encuentro elegante y potente”.

En el comedor tiene una enorme mesa con 14 sillas, que hacen juego con los candelabros dorados de bronce Eichholtz, marca que descubrió este año en la feria de Milán y que está importando. Le gusta llenar la mesa de invitados.

En el living, todos los muebles fueron diseñados por ella. Además de los cuadros de Alfredo Echazarreta y Jorge Tacla, hay varios objetos étnicos que adornan el lugar, como máscaras tribales y budas. Pero, sin duda, la máxima chochera de Consuelo es la entrada ambientada con un gobelino de Bruselas con dos columnas de madera compradas en un remate de Enrique Concha y una alfombra de cebra.

En los dormitorios optó por tonos más sutiles y atmósferas más tranquilas. Para las piezas de las niñitas, los lilas y rosados y las gigantografías de María José Donoso. El suyo tiene un estilo más clásico, colores neutros y una salita incorporada donde trabaja y almuerza cuando no hay nadie más en la casa. “Mi idea es que los dormitorios sean para dormir y los espacios comunes, para estar”. Lejos lo que más se usa en esta casa es el subterráneo ambientado con fotos de París y una torre Eiffel, y la salita, con dos sillones de cuero Holz, los baúles de Ralph Lauren, los grabados de Matta y las sillas de Patricia Vargas. “Mis decoraciones son como yo, como me visto. No soy muy de modas. Me gustan lo bueno, la madera, las obras de arte, lo atemporal”, concluye la decoradora.

 

*Este reportaje fue publicado originalmente en octubre de 2013.