*Publicado originalmente en enero de 2017.

Parece una medina marroquí, pero está en Los Vilos, una localidad que marca la “puerta al norte”, como dice el dueño de casa. En este verdadero oasis nortino, donde crecen buganvilias, canelos y un centenario pino, la arquitectura se integra perfectamente al paisajismo. Es que cada detalle, mueble y espacio fue elegido y pensado para lograr un solo concepto: armonía.

Hace años los dueños de esta casa estaban desarrollando un proyecto cultural para la comunidad de Los Vilos y vivían a 15 kilómetros de la ciudad, sobre la costa, en una casa muy solitaria. Entonces decidieron acercarse a su lugar de trabajo y buscaron una propiedad en el sector más antiguo del pueblo, cerca del puerto, fundado hace más de 150 años. “La vida urbana de esta localidad tiene muchas ventajas, como la cercanía a los servicios y comercio local. Se puede caminar por la costanera e ir a la caleta a buscar productos del mar. Además tiene un vecindario tranquilo, con casas de adobe de muro continuo, generalmente de un piso y con esa tranquilidad nocturna de tener sólo el sonido del mar alrededor”, cuenta el dueño de casa. Encontraron una casa en una esquina cerrada, con muros de barro y un gran pino en el patio. Resolvieron desarrollar la entrada en torno al árbol, dejando la construcción original como casa de invitados y haciendo un proyecto nuevo para la casa principal: una fachada de piedra en primer plano, que actualmente es el soporte para un friso realizado por Federico Assler. La pareja formada por un arquitecto y un paisajista, en colaboración con otros profesionales, se encargaron de realizar una construcción de albañilería reforzada de dos pisos y una terraza cubierta H en el tercer piso. Desde ahí hoy se puede ver la bahía entera. Todos los muros exteriores conservan la terminación rústica y el colorido propio de las casas del Norte Chico para no romper con el entorno vecinal. Las terminaciones fueron hechas con materiales nobles, como pisos de parquet y mármol travertino arenado rústico. Las vigas, que están a la vista, junto con las puertas y ventanas fueron recolectadas en demoliciones de Santiago y de construcciones derrumbadas del antiguo puerto de Los Vilos. Los espacios interiores miran al jardín interior o generan terrazas en cualquiera de los tres pisos. Toda la casa está protegida por mucha vegetación. Desde fuera se aísla con el muro de barro, del que se asoman las copas de pimientos, canelos y el pino original. Junto a la buganvilia del patio interior hay un limón de pica. Le pregunto al dueño de casa si con esos limones hace pisco sour y me responde que sí. “Cuando hay tiempo”, agrega riéndose. Es que han trabajado mucho para mantener la casa como está: armónica, perfecta. ¿Su lugar favorito? El dormitorio principal que mira al jardín. Desde ahí se escucha el agua de una pila, donde se bañan los pájaros durante todo el día. “La serenidad de esta casa es tal que podría estar situada en el interior de una medina marroquí”, dice. “Pero en Los Vilos”