Junto a la arquitecta Cecilia Kramer, el chef Carlo Von Mühlenbrock acaba de remodelar su cocina de pies a cabeza. Botaron paredes, cambiaron los muebles, y usaron la última tecnología para lograr un espacio digno de uno de los mejores cocineros de nuestro país.

Carlo von Mühlenbrock dice que lo que más le gustó de esta casa, cuando la encontró hace 15 años, es que era realmente como un oasis en Santiago. Entre su movida vida como chef y su trabajo en televisión, necesitaba un espacio para escaparse y desconectarse, y aquí, en Peñalolén, lo encontró. Claro que de lunes a viernes esta parcela tiene poco de desconexión: lo más normal es llegar y que esté todo el equipo de su programa Carlo Cocina (que se emite por el canal 13C) grabando algo para el siguiente capítulo; cuando nos juntamos, tuvimos que posar frente a las cámaras también.

Pero en todos estos años, Carlo siempre había tenido un tema pendiente: la cocina.  Como buen chef, soñaba con tener una espectacular, donde realmente pudiera disfrutar de su pasión. “Me pasaba que la cocina nunca fue un lugar favorito, porque me parecía poco funcional. Quería tener una con isla central, con un escritorio para mí, y donde pudiera tener mis cosas a la mano, no guardadas en una bodega”, cuenta. Finalmente este año decidió remodelar por completo la cocina de su casa, convirtiéndola en un espacio donde dan ganas de quedarse. De hecho, reconoce que ahora cuando invita amigos, casi siempre terminan todos ahí.

A cargo del proyecto estuvo la arquitecta Cecilia Kramer, que le propuso agrandar el espacio y trabajar con la última tecnología, además de lograr un gran espacio integrado, donde se pudiera combinar la cocina, el comedor, el living y hasta la terraza. Para no perderse nada de lo que pasa en esta casa.

Como todos sus proyectos, la remodelación fue también parte de su programa. Capítulo a capítulo, fueron mostrando los avances: cómo caían las paredes y aparecía una isla de cocina que es un sueño, y cómo los antiguos muebles se transformaban en unas vitrinas súper modernas, retroiluminadas y con espacio para guardar hasta el implemento más pequeño.

Esta modernidad contrasta con las antigüedades que Carlo colecciona hace años, y que se pueden ver en toda su casa. De hecho, cuenta que apenas Cecilia Kramer se fue a Italia, donde vive, él instaló una gran repisa de estilo industrial, que llenó con sus hallazgos, a un lado de la isla. “Casi se murió cuando la vio”, cuenta muerto de la risa. Para hacerle espacio a sus objetos, Cecilia proyectó algunas repisas abiertas y nichos en color gris, negro y café, donde se lucen desde antiguas latas de galletas, hasta los libros que lo inspiran. Ahí está también el Premio Fuego 2018, que se acaba de ganar por su aporte a la gastronomía desde los medios. Justo en el rincón donde está ese premio, es donde se siente más cómodo. Ahí se instala con su computador a escribir y a pensar en nuevas recetas.

Para integrar también su amor por las antigüedades, que cuenta que heredó de una tía abuela, decidieron poner puertas correderas de demolición para separar la cocina del comedor. Y en vez de vidrios, le pusieron espejos, para dar una sensación de mayor amplitud y profundidad.

Aunque la cocina es claramente la protagonista de esta casa, el resto es también fascinante. “La cosa estética me gusta mucho, y en la decoración he sido bastante dictador. Me gusta generar ambiente, que las casas sean vividas. De cada viaje me traigo algo que lo represente, y así la casa ha ido adquiriendo personalidad propia. No son cosas valiosas, pero sí son objetos que me recuerdan un momento de mi vida”, cuenta.

Uno de sus espacios favoritos es uno que construyó hace poco, completamente dedicado a los bonsái. Es su lugar de reflexión, donde sólo se puede entrar de espaldas, porque “la idea es que todas las penas o las cosas que te están haciendo sufrir, queden fuera”. De la pérgola de los bonsái se puede ir hasta el gallinero, donde están todos sus animales: los pavos reales –ahí Greco, el macho alfa, se roba la película, paseándose con sus plumas por toda la parcela–, las gallinas y las palomas blancas. Siguiendo el sendero, que fue pensado como una circunvalación que invita a recorrer, se puede ir al huerto, donde no es raro encontrar a Carlo mirando sus plantas y cosechando algo para cocinar. Siempre con una nueva receta en mente.