Javier Pinochet hizo esta casa paso a paso, sin dejar ningún detalle al azar. Cuenta que su inspiración fueron ambos países, de los que se enamoró a primera vista. Aquí, ambas culturas conviven perfectamente.

Este lugar es un verdadero oasis para el destacado decorador Javier Pinochet. Es su lugar de escape y su refugio. Tras vivir 10 años en Europa, se instaló en pleno Bellavista, donde la vida de barrio era la tónica. Sin embargo, Javier quería más calma, por eso decidió arrendar un lugar en El Arrayán. Fue amor casi a primera vista. Quedó fascinado con la vida entre árboles, cerros y silencio. “Es algo completamente diferente a Santiago, otra forma de vivir”, afirma.

A mediados de los años 80 compró el terreno de esta casa preciosa y proyectó una construcción mediterránea, moderna y llena de luz. Sin embargo, un viaje a México lo cambiaría todo.  “Fui a México y aluciné, no paré de ir. Me encantó su colorido, su fuerza, la sencillez de su arquitectura. Estaba aburrido de lo convencional”, dice. La casa mediterránea quedó en el olvido y empezó a idear los planos de esta construcción. “Esta casa la hice tal como yo quería. La pensé con un enorme caudal de romanticismo y creo que por eso es que mis amigos dicen que es un lugar mágico”, cuenta Javier. 

Dice que todo fue hecho de manera muy pensada y se demoró dos años en dejar este lugar como él siempre lo había soñado. Más tarde vendría la inspiración marroquí. Javier Pinochet recuerda haber viajado más de 20 veces a Marruecos, lugar que adora por su honestidad, su estética, por su gente. Y porque, además, cree que el estilo de este lugar convive perfecto con la inspiración mexicana. “En esa época estaba muy abierto a recibir impactos de cualquier tipo”, cuenta.

Aunque hoy no vive aquí –lo hizo durante más de 20 años– sigue siendo el oasis al que va cada vez que puede (hoy vive su socio con su familia). Se instala a tomar sol en la piscina, su lugar favorito, o se queda un fin de semana cuando necesita tranquilidad.

“Encontré mi refugio, en invierno y verano. La gente me preguntaba cómo me podía ir tan lejos… pero nada, me acostumbré. Fue una casa donde hice mucha vida social. Me encanta que haya amigos en confianza, eso de juntarse todos y que cada uno haga algo. También hacía unas fiestas increíbles y el punto de encuentro siempre fue la piscina, la que iluminaba de noche con faroles”, recuerda. En esta casa hay parlantes en cada rincón, es una casa llena de música, de sensaciones. “Me di muchos lujos al decorar”, reconoce. A modo de ejemplo, cuenta que el color azul que predomina en la casa fue pintado sólo con tierra de color, que para conseguir el verde profundo de la cocina debió probar varios intentos antes de lograrlo. Con una mente despierta y creativa, Javier fue inventando cosas en el camino, a medida que la inspiración llegaba. Es así como tapizó un sofá con una alfombra, que también sirvió para hacer cortinas.

“Me di muchos gustos, porque hice todo a mi pinta. Después de hacer la casa vino la moda del minimalismo y yo me quedé con esto”, dice riendo. “No me importan las tendencias, si no lo que me gusta a mí”.