La idea era respetar su origen y realzarlo. Esta antigua casa en Cachagua cayó en manos de unos propietarios que valoraron su historia y potenciaron su espíritu a través de pequeñas modificaciones que le dieron brillo, luz y comodidad.

 

Esta es la típica casa de Cachagua, esas de madera y coirón que repletaban los balnearios hace 30 o 40 años atrás. Casas playeras y sin pretensiones que sólo buscaban un escape sencillo de Santiago. Fue precisamente eso lo que conquistó a sus actuales dueños, quienes luego de arrendarla un verano, descubrieron que era el lugar donde querían quedarse. Hicieron una oferta y se adjudicaron esta joyita con vista al mar, a pasos de la playa y que despierta la nostalgia de los tiempos en que las cosas eran más simples.

Persiguiendo justamente ese impulso, hicieron algunas remodelaciones que potenciaran sus huesos y renovaran su energía. Con huincha en mano y con la ayuda de un par de maestros de la zona, dirigidos por Rodrigo Rojas, hicieron pocos, pero significativos cambios, y para ellos tomaron como referencia cualquier detalle que les llamara la atención. “Nos pasamos un año midiendo todo lo que nos ponían por delante: escalones, piscinas, mesas de comedor, chimeneas, etc. Como buenos amateurs tuvimos que improvisar y mirar mucho”, cuenta su dueña.

La principal modificación fue levantar todo el techo, lo que le dio más aire y luz a la casa. “El cielo era muy bajo y uno se sentía como atrapado dentro de la casa, así que decidimos subirlo varios centímetros, lo que resultó un acierto, porque aumentó la sensación de amplitud”, agrega su dueña. También agrandaron el living, modernizaron la cocina, los baños y le sumaron una chimenea, la cual dispusieron al más puro estilo club fender, típico inglés y que consiste en una banqueta que rodea el fuego.

La decoración era un tema que la dueña tenía bastante resuelto, pero necesitaba apoyo para ejecutarlo. Con la ayuda de las decoradoras de CCD Interiors –Jocelyn y Caroline Cable y Valesca Sinninghe-Damsté–, concretó la idea que tenía en mente y más, porque estas talentosas mujeres la impulsaron a aventurarse con tonos más allá del clásico beige que siempre escogía. “Ella es muy clásica, tiene muy buen gusto y sabía perfectamente lo que quería. Nosotros la ayudamos a organizar el layout, a atreverse con los colores, a ejecutar el proyecto y a mandar a hacer algunos muebles”, cuenta Valesca.

Así, vistieron el muro de la entrada con un papel naranjo, los de la pieza principal de verde, forraron el living de madera blanca y tiñeron el piso. Los ambientes los armaron con muebles y accesorios especialmente mandados a hacer, otros comprados y el resto reciclados y heredados, lo que le dio un carácter muy especial. Por ejemplo, una larga mesa de comedor que hace también las veces de mesa de juego y que mezcla sillas y banquetas; un gran librero pintado azul y hecho a la medida que alberga fotos, libros y recuerdos de viajes y jarrones convertidos en lámparas.

El jardín fue completamente intervenido, de hecho fue lo que más cambió de la casa original. Con la ayuda del paisajista Nicolás Sánchez, aterrazaron el terreno y proyectaron un espacio fácil de mantener, suelto, con muchas flores y una rica piscina ubicada en un deck de madera en la parte más baja y protegida.

La amplia terraza, que mira al mar, es el corazón de la casa y el lugar más usado por esta familia y sus amigos. Aquí almuerzan y disfrutan de las tardes y noches de verano. “Esta casa es el testimonio de que pequeñas transformaciones pueden hacer tremendas diferencias. Con sólo algunos toques, logramos hacer de éste, el lugar cómodo, vivible, acogedor y familiar que soñábamos”, concluye su dueña.