Brooke y Julian Metcalfe echaron raíces en una histórica mansión inglesa junto a sus siete hijos y No tuvieron ningún complejo a la hora de decorarla: bolas de espejo en la cocina, cabezas de cocodrilos, sofás tapados con telas y un gran jardín verde, sin flores, es la apuesta. Lo que no falta acá es calor de hogar.

En las afueras de Londres, entre encantadoras cabañas con techo de paja, justo al lado de una parroquia, una majestuosa mansión del siglo XVII se cruzó en el camino de la familia Metcalfe, en medio de un viaje improvisado a la aldea de Great Haseley, al sur de Oxfordshire. Muchos años atrás, la abuela de Julian, el padre de esta familia –quien a su vez es bisnieto de George Curzon, ex virrey de la India y en su época todo un rompecorazones en la alta sociedad inglesa–, había tenido una casa de descanso ahí. Julian Metcalfe es además el cofundador de las cadenas de comida rápida Pret a Manger y de Itsu, un éxito en la capital británica, y está casado hace 10 años econ la escritora e interiorista Brooke de Ocampo. Brooke ha decorado innumerables casas y espacios a lo largo de los años en ciudades como Nueva York, Buenos Aires y Londres. Es autora de exitosos libros de interiorismo, como Bright Young Things, y entre los de Julian y los suyos han sumado siete hijos.

Hace tiempo estaban buscando un lugar de escape que no estuviese muy lejos de su casa en Londres ni del colegio de los niños, de hecho, ya habían hecho una oferta por una propiedad. Pero apenas vieron la gran mansión en Great Haseley, se enamoraron. “Nos detuvimos en un muro, nos miramos y pensamos ‘es perfecta, ¿te imaginas si estuviera a la venta?’”. No lo estaba, sin embargo se las arreglaron para que alguien se las mostrara. “Era todo tan hermoso que no podía soportarlo”, recuerda Brooke, considerando que las dimensiones de cada habitación eran perfectas y que la madera de los pisos y los muebles era muy elegante. “De repente Julian me dijo: ‘tenemos que hacer esto’ y de inmediato hicimos una oferta para comprarla”. La casa estaba lista para ser habitada, sólo faltaba ponerle su sello. La principal preocupación de Brooke y Julian no fue restaurar este palacio en ruinas y dejarlo en su estado original, sino que querían que fuese una suerte de santuario familiar; la idea era que sus hijos se sintieran en casa de inmediato.

La tarea les tomó cuatro meses y restauraron los altos techos, las chimeneas y las cornisas. Para la decoración, desecharon todas las reglas. “Los dos tenemos un gusto bastante ecléctico y no había nada que pudiéramos hacer y que saliera mal, sobre todo porque sentíamos que nada tenía que adaptarse a ningún patrón o estado de ánimo en particular”, cuenta la dueña de casa.

Juntaron objetos de arte y muebles de sus casas anteriores, asistieron a subastas y recorrieron cuanto mercado de las pulgas encontraron, además de tiendas carísimas en Londres. La selección fue sin ningún sentido ni razón, de hecho reconocen que el proceso fue muy liberador. “Tenemos bolas de discoteca en la cocina y falsas cabezas de cocodrilos que vienen del set de la película Jumanji”, cuenta Brooke. “Antes todo lo pensaba mucho más; para mi primer departamento en Nueva York compré una mesa de comedor de vidrio y me tomó un año encontrar las sillas adecuadas. No podía sentarme en ninguna parte hasta que las encontré. Juré que nunca más me volvería a pasar algo así”.

Colaboradora en revista Vogue y en la casa de subastas Sotheby’s, el ojo entrenado y el gusto exquisito de Brooke fue el mejor mix para crear un espacio totalmente inusual, con lugares y objetos que, para el estilo de la casa, son una ingeniosa falta de respeto. Tanto Brooke como Julian han puesto el acento en que todo huela, parezca y se sienta tremendamente familiar, un espacio habitado y con calor de hogar. El comedor, donde sucede gran parte de la vida familiar y el lugar donde se reúnen a compartir, está pintado de un rosa muy pálido, y las sillas alrededor de la mesa están cubiertas con fundas de lino color pastel, algunas lisas y otras estampadas. En el living, sofás blandos y una silla otomana de gran tamaño cubierta con una tela vintage de Josef Frank, y en la sala de estar (el lugar perfecto para sentarse alrededor de la chimenea con un libro, a armar legos o un rompecabezas), una pintura de Billy, uno de los hijos, cuelga junto a obras de Tadashi Kawamata y Axel Kulle.

“Los fines de semana organizamos grandes comidas”, cuenta Brooke. La familia se reúne en la cocina, que sirve como laboratorio de pruebas, para experimentar las mezclas culinarias que se ofrecerán en la cadena de locales de comida que preside Julian. “Pasamos mucho tiempo viendo cómo prepara palomitas de maíz, combinaciones distintas de yogures o batidos verdes y probándolo todo”, dice.

El paisajismo lo dejaron en manos del inglés Christopher Bradley-Hole, quien ya había trabajado en la restauración de este espacio para el anterior propietario de la mansión. Él fue el encargado de embellecer el jardín plantando una espectacular colección de tilos. No es casual que uno de los libros de diseño de exteriores publicado por Bradley-Hole lleve el nombre de El jardín minimalista. “Es un jardín bastante sobrio y de líneas más arquitectónicas”, cuenta Brooke, a propósito de la escasez de árboles florecidos. Llama especialmente la atención la escultura de piedra de Antony Gormley al borde de la piscina.

Mientras en su interior la vida pasa de manera muy apacible, allá afuera los niños de la familia Metcalfe se divierten jugando fútbol, andando en bicicleta o jugando a la escondida en medio de los verdes eternos que se extienden hacia el horizonte, hasta donde alcanza la vista.