Vuelta a la tierra

El arquitecto Hernán Edwards cuenta que desde que se construyó esta casa, hace un par de meses, usa cada vez menos el auto. Esta en un barrio como los de antes, a pasos de Providencia y del cerro San Cristóbal; el lugar perfecto para vivir, trabajar y disfrutar junto a su hija Julieta.

Durante varios años el arquitecto Hernán Edwards miró el barrio Pedro de Valdivia Norte con ganas de instalarse ahí. Su cercanía con el cerro San Cristóbal –que sube siempre en bicicleta– y el estar al lado de Providencia eran dos de los grandes atractivos de esta zona, además de esa vida de barrio que todavía se respira a pesar de las grandes carreteras que pasan a pocos metros de ahí.

La oportunidad apareció el año pasado, cuando se puso a la venta una construcción de los años 40 que no estaba en el mejor estado, pero cuyo terreno era perfecto. Así es que se puso manos a la obra: la compró y empezó la demolición. La casa era muy distinta a lo que él buscaba: estaba llena de piezas y sólo una recibía sol durante la mañana. “La casa entera tiene que ser como esa pieza”, dijo Hernán cuando la vio. “Ese fue el punto de partida para el resto de la construcción”, cuenta. Además, ocupaba casi todo el terreno y no dejaba espacio para el patio. “La parte más importante del proyecto, y el por qué elegí una casa y no un departamento, era recuperar el suelo orgánico, la tierra. Por eso, me achiqué lo más posible al ocupar el suelo y le hice un segundo piso para ganar la relación con el cerro”, cuenta el arquitecto.

La casa, que proyectó junto a su socia Colombina Parra, es el lugar perfecto para vivir junto a su hija Julieta. En el primer piso están todos los espacios comunes: una cocina abierta, el comedor y el living, que se conecta con el jardín a través de un gran ventanal que se abre completamente. “Algo que siempre he perseguido es la no frontera entre interior y exterior”, explica Hernán. “Que se fundan estos dos espacios es lo máximo”. Para el jardín, trabajó con la paisajista Francisca Saelzer, que lo ayudó a convertir este gran espacio en el refugio que estaba buscando. Aunque todavía no se nota mucho, la idea es que la casa quede casi escondida entremedio de un bosque; por eso eligió árboles grandes, como robles, coigües y quillayes. “El punto de partida en el primer piso fue abrirse hacia un mundo interior creado, que es este proyecto de paisajismo, y que yo creo que inaugura una nueva etapa en mis proyectos, una en que el exterior gana importancia y se transforma en la envolvente”. En algún momento de la construcción Hernán nombró esta obra como Proyecto Vida en Bicicleta, porque eso es exactamente lo que persigue: una conexión con el barrio y el vivir en un lugar donde se puede ser peatón.

Cuando llegó a esta casa, los pocos espacios exteriores que tenía estaban cubiertos con baldosas. No había ni siquiera un centímetro de pasto. “Me puse a demoler todo y fue una locura. Era parte del origen del proyecto recuperar el suelo orgánico, que cayera agua, se evaporara, que hubiera chanchitos… Fue casi un proyecto arqueológico”, cuenta. Ahora, además de los árboles, hay una pequeña piscina con una cascada –que al prenderse por primera vez mientras hacemos la entrevista, Julieta contempla encantada– y una fuente que pronto estará llena de plantas de agua. Al fondo, un parrón promete convertirse en el mejor escenario para las juntas veraniegas, y las plantas ya empiezan a encumbrarse como uno de los mayores atractivos del lugar.

Y así como en el primer piso todo gira en torno al jardín y la vida social, con espacios amplios que invitan a vivir todos juntos, el segundo piso concentra la parte más íntima de esta casa: la pieza de Hernán y de Julieta, además de una tercera habitación, todas con buena vista. Como la casa está inserta en un entorno muy urbanizado, las ventanas fueron pensadas casi como postales que capturan muy selectivamente los paisajes que muestran. Desde la ventana del pasillo, un rectángulo largo que recorre todo el espacio, se ve solamente la cordillera y corta justo la casa que está al lado. Lo mismo pasa en las piezas: desde una se ven las primeras ramas del roble que plantó en el patio y desde otra, un gran pedazo de cerro. En la pieza del arquitecto se hizo un espacio muy parecido al living, gracias a un gran ventanal que se abre completamente y que conecta el interior con el exterior, convirtiendo este lugar en una terraza para el verano.